Regreso a Peralada

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Regresar a Peralada es regresar a una infancia tan fugaz como lejana en el tiempo. En esta ocasión lo hago de noche, como acechado por la culpa, buscando quizás una excusa para no tener que buscar a la familia de Joaquín Palahí, la misma que me acogió durante un par de veranos de hace ya más de veinte años. Hoy, caminando con Silvia por estas calles angostas, oscuras y empedradas, no puedo evitar buscar alguna referencia en los portalones de madera y en los buzones de correos. Voy y vuelvo repitiendo recorridos imposibles, asomando la vista a cada esquina, buscando aquella casa baja de piedra en la que el aroma del payés que cuidaba de sus vacas se mezclaba con el olor a Channel de las pijas del casino. Son solo las nueve y sin embargo Peralada parece ya un pueblo fantasma, de sombras tras los visillos y casas cerradas a cal y canto. Después de un cuarto de hora caminando de aquí para allá, con Silvia intentando sujetarse sobre sus tacones y queriendo adivinar de qué va este juego, me parece imposible poder encontrarnos con alguien. Pero sí que lo hacemos, en cuanto nos acercamos a los aledaños del castillo, que recibe al visitante con luces en las almenas, apuestas, ruletas y máquinas tragaperras. En una placita cercana, con sus banquitos de madera y sus dos cajeros automáticos, nos topamos con los primeros viandantes, que se sorprenden de mi mirada descarada, que intenta reconocer en algunas de sus caras a la familia de Joaquín Palahí. Entramos en un bar de la misma plaza y ordenamos dos refrescos. Silvia no necesita hablar para hacerme saber que allí no estamos solo haciendo turismo y que necesita una explicación sobre lo que me pasa.

IMG_3670Cuando conocí a Joaquín Palahí ya estaba jubilado de su profesión –le cuento– la de transportista (en los 70, en una serie de Sancho Gracia, se les llamaba por su nombre). Era un tipo campechano y zumbón, un anfitrión extraordinario, el guía perfecto si uno quería conocer el Alto Ampurdá y un culé de carnet que murió con el regusto del ‘dream team’ en la retina. En su coche (creo recordar que era un Talbot), con su mujer y con mi hermana en el asiento trasero, con una cinta de Serrat y otra de música de sardanas, y con mis padres y mis abuelos siguiéndonos a pocos metros, conocí algunos de los más bellos parajes que esconde aquella tierra que parece querer huir del mapa IMG_3672por la frontera. Con Joaquín Palahí paseamos por Camprodon, por La Bisbal y por Cadaqués, probamos las anchoas de L’Escala y los mejores espumosos del Penedés, supimos del famoso festival veraniego de Peralada, conocimos en Ampuries el lujo al que aspiran los del anuncio (¡ay, si me toca!), le vimos los huevos a Dalí y nos remojamos el verano en Playa de Aro y en Roses.

Silvia se empeña en pagar los dos refrescos, me ayuda con la americana y me coge de la mano para salir de nuevo a la calle. Entramos en una farmacia de guardia, en la que me resisto a pedir información sobre la familia de Joaquín Palahí. No son horas de molestar, pienso. Después bajamos a los jardines del castillo, disparamos fotos con el móvil, hacemos cuentas del dinero acumulado en el aparcamiento del casino y cruzamos hacia un pequeño restaurante con tan solo tres mesas ocupadas. Nos recibe un coro de señoras bien peinadas y señores con barretina que cantan canciones típicas del lugar. Apenas si cenamos: una ensalada y algo de pulpo a la brasa. Esta vez pago yo, la espero en la puerta y le indico el lugar donde dejamos el coche al llegar. Bajamos por una calle sin aceras por la que el tráfico rodea Peralada, que queda a nuestra espalda tan callada, apagada y desierta como al principio de la noche. Ya en el coche, tras rodear el castillo y coger la carretera de salida, los faros alumbran una gran valla publicitaria que anuncia para el verano el Festival de Peralada. Entonces regreso a aquella infancia y creo escuchar a mi lado la voz de Joaquín Palahí: “¡Este año traen otra vez al Serrat, tú!”

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