Brindis al sol

20120530_En los toros

(Foto: Chele Ortiz)

En aquella mañana de abril, después del café en El Gato y de la loto en el puesto de Rafa, no perdió su costumbre de acudir a la plaza con sus periódicos debajo del brazo, agazapado bajo una gorrilla de paño más fino que la del invierno y acomodando sus pasos, ligeros y delicados, sobre unas zapatillas de lona y de cordones. Su paseíllo empezaba en la puerta de cuadrillas, contemplaba la arena desde las tablas y después desaparecía para asomar por cualquiera de los vomitorios que le escupían a la grada vacía.

Aún a finales de abril huía de la piedra fría de los tendidos de sol y prefería sentarse bajo los frágiles rayos de la mañana, que se colaban traviesos por el graderío de sombra. Y aunque andaba bien de la vista, se protegía con unas gafas oscuras que rescataba del bolsillo interior de la chaquetilla. Entonces respiraba hondo, con su nariz chata, buscando la fragancia de los corrales y del polvo de albero, las esencias de tabaco, el perfume de esa mujer tan elegante que nunca se sienta sola en barrera. Esos destellos, inequívocos en tarde de corrida, se esfumaban a esas horas en que el silencio se adueña del ruedo, de los tendidos y del callejón. Se esfumaban como lo hacían el fililí de los capotes de paseo, las palmas y los timbales, el ruido afilado de los estoques escapando de la funda.

Esos momentos de añoranza –apenas segundos– quedaban aparcados cuando abría el primero de sus tres o cuatro diarios y comenzaba a ojearlo como el mira distraído el catálogo del supermercado. Apenas si se paraba en algún resultado deportivo, en alguna viñeta ingeniosa o en los números premiados de la loto. Pasaba las hojas hasta que la nostalgia regresaba, aquí sí, en las primeras crónicas de la temporada, en el Domingo de Ramos y en la feria de Sevilla, o en la resurrección de Madrid, que en épocas no muy lejanas no fue moco de pavo. Y en cada frase, recitada con la cadencia de la media verónica, a su olfato volvían los aromas de la fiesta y por sus ojos desfilaban los pañuelos, la gloria, el triunfo, la sangre y también la tragedia y la muerte. En los textos de Vidal, de Villán y de Zabala, se topaba cada mañana consigo mismo, pero en un tiempo mejor. En un tiempo de liturgia en los hoteles, desnudo en un vestido verde (botella) y oro, de altares improvisados. Un tiempo en el que el capote bailaba con el toro y en el que la muleta reñía con el pico y con el viento. Eran tiempos en los que el miedo vencía a la muerte, que asomaba por una mirada lánguida cargada de rencor. Era el tiempo de las tardes a hombros, de los vítores, de las palmas y el jaleo, de las dos puertas del Príncipe, del dinero fácil, de los afiches y de la fama, el tiempo que desembocó en el breve lapso que separa al hambre del apetito. El tiempo de los brindis al sol, que cegaban unos ojos bañados ahora de melancolía y que hoy se esconden tras unas gafas oscuras en la cálida piedra del tendido de sombra.

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