Obituario: el concejal caído

20150321_El concejal caido

 

Ayer murió Javier Hernández Montero, concejal independiente del Ayuntamiento de Terracén, a los 44 años de edad. Divorciado y padre de dos hijos de 17 y 15 años, al cierre de esta edición se desconocían aún las causas del deceso, aunque los primeros indicios apuntan a una muerte natural. Un conserje encontró el cuerpo de Hernández Montero, que murió mientras trabajaba en su despacho de la segunda planta del edificio principal del ayuntamiento.

Hernández Montero no había pasado nunca de ser uno de esos líderes sociales que surgen entre los vecinos de una ciudad como Terracén. Ser licenciado en Derecho y en Empresariales no impidió que empezara ganándose la vida montando unos billares que fueron creciendo con el tiempo, hasta convertirse en uno de los locales de referencia en la ciudad. Allí se celebraban asambleas de asociaciones vecinales y deportivas, conspiraciones políticas disfrazadas de cerveza casual con amigos, partidas interminables de billar americano que acumulaban apuestas, escandalosas de haberse conocido fuera de aquel salón.

En apenas dos años, Hernández Montero era una referencia en Terracén. Con el dinero –no siempre limpio– ganado en los billares montó un par de inmobiliarias e hizo alguna incursión en el mundo de la construcción, aunque aquello le vino grande y lo dejó enseguida. Eso sí, después de perderlo casi todo. Su popularidad quedó intacta y de la noche a la mañana, surgió como la alternativa a los dos grandes partidos que se disputaban la alcaldía de la ciudad, en la que estaba acomodada la derecha desde principios de los noventa. Sin embargo, tanto él como la gran mayoría de los vecinos eran conscientes de que Hernández Montero no era la alternativa a nada. Eso no supuso ningún obstáculo. Tiró de carisma para rodearse de un grupo de gente leal y trabajadora, empeñó su imagen en la causa y de la noche a la mañana las calles de Terracén aparecieron forradas con carteles con su cara y con las siglas del nuevo partido: SOY TERRACÉN.

La primera campaña electoral de Hernández Montero no dejó indiferente a nadie. La derecha lo obvió bastante, consciente de que le necesitaba para futuros pactos de gobierno, pero la izquierda arremetió duro contra su imagen de hombre trabajador y hecho a sí mismo. En una ciudad como Terracén, en la que casi todos se conocen (nos conocemos), la disputas políticas resultaron tan próximas que Hernández Montero llegó a protagonizar alguna pelea en un par de bares de la ciudad. Peleas de las de salir magullado en el parte de lesiones. Fuera como fuera, aquellas trifulcas, aquel vivir rodeado siempre de polémica, hicieron que la popularidad de Hernández Montero creciera como la espuma. El resultado de aquella campaña fue el que fue: mil quinientos votos y un escaño asegurado en el pleno municipal.

Los días que transcurrieron entre las elecciones y la constitución del nuevo ayuntamiento de Terracén fueron de mucha tensión en los círculos de influencia del municipio. Hernández Montero había cerrado ya su pacto de gobierno con la derecha local (siempre fue más de derechas que el grifo del agua fría), a cambio de un sueldo fijo y la presidencia de un par de comisiones que le garantizarían unas cuantas dietas extraordinarias. Con el tiempo, se sabría también, siempre dentro de los mentideros del municipio, que a cambio de su voto en los plenos se repartiría con el alcalde el 3% de las obras públicas. En aquella primera legislatura fueron dos: la renovación de tres calles del casco urbano, tasada en unos tres millones de euros, y una piscina cubierta que el Gobierno municipal mantiene cerrada y llena de aire y que salió a concurso por millón y medio. Aquel escándalo saltó a los medios de comunicación en abril de 2007, justo un mes antes de las segundas elecciones a las que Hernández Montero acudió como candidato de SOY TERRACÉN. Sin embargo, todo aquello no le supuso ningún rasguño en su imagen de hombre centrado y preocupado por los problemas de la gente. Porque Hernández Montero siguió saliendo a la calle, siguió defendiendo su honor con algún que otro puñetazo, siguió visitando las barriadas más humildes y continuó reuniéndose con las asociaciones vecinales sin esquivar los temas espinosos de su primera legislatura en el ayuntamiento. Eran las mismas asociaciones que celebraban sus primeras asambleas en los billares del concejal caído, las mismas que organizaron manifestaciones de apoyo a Hernández Montero a las puertas de los juzgados, de los que siempre supo salir indemne y con la el cuello de la camisa y la sonrisa bien almidonados. De hecho, en mayo de 2007, Hernández Montero mejoró sus resultados en las urnas y estuvo apunto de meter un segundo concejal en el pleno de Terracines.

En esta legislatura, la que Hernández Montero no verá terminar, las cosas no fueron tan fáciles como la primera. Y no lo fueron porque los acuerdos de la primera eran pocos a los ojos del concejal independiente, incapaz de frenar su ambición. Eso se comentaba, al menos, en los círculos próximos a la alcaldía. Y también en los de la oposición de izquierdas, que carente de argumentos y alternativas asistía divertida a las desavenencias del alcalde y de su principal socio, que dejó de frecuentar las barriadas humildes y de encontrarse con los líderes vecinales que le auparon a su puesto para empezar a trapacear con la principal asociación de empresarios de la ciudad. Aquel invento no dejaba de ser un conjunto de tenderos y comerciantes que encontraron en la asociación la mejor herramienta para cazar subvenciones y camuflar gastos inviables en sus negocios. Fuera como fuera, nadie ha alcanzado aún a conocer el papel real de Hernández Montero en este nuevo ambiente, que no le era ajeno por sus tiempos en la sala de billares. Nadie ha alcanzado a saber y veremos si alguien alcanza a hacerlo, porque Hernández Montero perdió ayer su última partida rodeado de incógnitas. Descanse en paz el concejal caído.

 

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