Espera la tarde

La tarde se orilla en demasía y hasta la hora del ocaso baña de sol las calles, las plazas y las copas de los plátanos. Los chicos, incombustibles y enconados por el juego, persiguen una pelota de goma en explanadas terrizas y en patios particulares. Los más mayorcitos ejercen de pipiolos sin complejos e intentan compartir banco, charla y cigarro como si tal cosa, como si el mundo girara sobre sus cuerpos a medio hacer y sobre sus cabecitas huecas, de las que regurgita la nada de lazos y celofán. La tarde se consume entre sus labios y se relaja también entre tres mujeres de las de antes, de las de rebeca al hombro, zapatillas negras, de medias de color carne y de rostro rebosante. De las que cambiaron el tumbillo por la calefacción central, el puchero de barro por la olla exprés, y poco más. De las que lo comentan todo y de las que no olvidan nada, de las que miran de reojo –cataratas y vista cansada– de las que despejan la pelota de goma con algún refunfuño y de las que añoran al marido como el que añora un tiempo mejor. Con rebeca al hombro, sí. Y con medias de cristal y zapatitos de tacón medio.

La tarde se cuela también por las cristaleras del café, llenas de dedazos y de anuncios mutilados. La barra huele a cafetera y a lejía a partes iguales y el tipo que la atiende, espigado y la raya al medio, que viste camisa blanca, lamparones y corbatín granate, se mueve lento por el hueco, como si tuviera que esquivar al hastío y a los charcos de grasa. Los churros, agarrotados, suspiran en las vitrinas, y la plancha, coronada de botellas y de tarritos con especias, prolonga en exceso la siesta. A la derecha palomita de anís, tapete, naipes y mus. A la izquierda, el primer escote de la temporada, un lunar y unas gafas de cerca, un libro de autoayuda y un pajarito que picotea tras la luna de cristal. Y la tele grita muda en el altillo del rincón.

En la oficina la tarde se hace lenta, tanto que cuando el bedel abre la puerta solo parece colarse la noche. Los papeles se apilan en bandejas de metal, las pantallas escupen balances, las teclas suenan repetidas y el nudo se afloja en el gaznate seco y delirante. Las agujas del reloj de esfera, el del tabique enfermizo, viven en el sosiego, la arena se apelmaza en el vientre y la vista nublada busca al cliente que se apoya en la mesa blanca y que mete prisa porque, ahí afuera, le espera la tarde.

Es la misma tarde que te sorprende al caer entre el cuarto y la cocina, en la que rehogan las puntas a fuego lento, aromándolo todo, y en la que baila la lavadora cuando centrifuga. Los viejos muros te miran con ternura, el sillón es un banco de piedra y la radio escupe anuncios entre canciones de Poveda y Ruibal, de Farina y Zenet. El colorín de las revistas, arrugadas ya, muy vistas, no alcanza al de la calle, que hierve todavía bajo el sol valiente y rezagado, que alumbra las últimas carreras con la pelota de goma, el último café y unos ojos de vista cansada que se despiden hasta mañana.

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