La sangre de Caín

20150211_La sangre de Caín¿Estás solo?/ ¿Alguien lee a tu lado,/ en la otra butaca de la noche?/ ¿Esperas a que suene el portero automático/ para dejar el libro/ y compartir las horas/ con el amor que
manda en los relojes,/ para sentirte libre y excitado,/ por un momento libre,/ sin ambición ni deuda.

 Vista Cansada. Luis García Montero

 

 

Salir a la calle, en estos días, es morir de frío. De poco sirve el chambergo con que guardas el cuerpo, consumido por la rutina, la ratería y el maldito tabaco. Las corrientes de aire helado se cuelan por las rendijas de una prenda que ya no te ampara ni el alma. Se contrae aterida, por el mercurio, sí, y por la mala baba congelada que se desgasta sobre los adoquines y resbala en tus zapatos. Los pasos se vuelven inseguros –las rodillas se doblan demasiado, los pies avanzan asustados– como si el siguiente fuera el que termina en el abismo. Cruzar el puente te revela la calaña del que quiere pescar en un río moribundo, de aguas apelmazadas en magnos bloques de hielo verdoso. Y entrar en un café ya no es alivio de nada: el frío se convierte en ruido, en máscaras de un carnaval eterno, en palabras envueltas de embuste y barbarie, intencionada muchas veces, construida en despachos opacos de tipos trasvasados con la sangre de Caín, tan caliente que es capaz de derretir la mejor de las corazas.

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