El teatro es otra cosa, amigo, hazme caso

20150129_El teatro es otra cosa

Poner los pies sobre las tablas de un escenario te llevará a ver el mundo desde la distancia, con altura de miras. Y aprenderás, sin duda, a interpretarlo. Quien así me habló lo hacía desde las tarimas de una sala en la que yo aguardaba tranquilo sentado en el patio. Pocas cosas producen más calma que una butaca situada frente a la caja negra, en la que crece la luz para ver crecer la vida. Era un actor de corte clásico, de mucho teatro. Apenas un par de secundarios en el cine. Julio Antonio Carrión Quiroga: Es que no es igual –me decía modulando la voz– el cine es muy frío y requiere de mucha concentración. En el teatro te concentras sí o sí, porque el que tienes enfrente no está pendiente de los brillos en la frente ni de este o aquel plano. Está pendiente de otra cosa, porque el teatro es otra cosa, amigo, hazme caso.

Entonces giró sus pasos para darme la espalda y caminar hacia el foro. Allí se detuvo un momento. Parecía estar llenando un vaso con hielo y algún líquido imposible de adivinar desde mi cuarta fila. Luego volvió a girar. Yo le miraba atento, como quien atiende las explicaciones que te da el jefe en tu primer día de trabajo. Él también clavó en mí su mirada –qué sensación ésta, única en el teatro– y sacó una corbata negra del bolsillo derecho de su americana. Con gestos muy estudiados se la anudó al cuello. Sus dedos se movían ágiles a la hora de hacer el lazo y de volver a colocar y a estirar bien el cuello de la camisa. Con un gesto muy rápido, lanzó el brazo izquierdo atrás para agarrar el vaso –sí, era un vaso relleno de algún licor mezclado con hielo– y dar un trago largo. Con el derecho agarró la botella. Caminó entonces abriéndose paso a la luz del foco, esplendoroso. Sus pasos eran como él, elegantes y seguros. Sonaban en las tablas y sonaban en mi pecho, que se agitaba ante lo impredecible de aquella función que estaba siendo representada solo para mí.

El actor del vaso, la corbata negra y los pasos calculados se sentó con cuidado al borde del escenario, bajo una de esas luces tan intensas que ciegan cuanto hay a su alrededor. Después sonó una música muy suave, de fondo. Eran los acordes de una guitarra triste. Tan triste como un bolero de madrugada, como una vela apunto de extinguirse. Se descalzó con ayuda de sus dos pies y se desabrochó el nudo de la corbata para comenzar a beber de nuevo. El licor le caía por la comisura de los labios, manchando las solapas de su camisa blanca y cándida. La muerte te embauca poco a poco y, cuando menos te lo esperas, ha logrado hacerse con tu cuerpo y con tu alma, si es que el alma existe tal y como la entendemos, y si es que alguien ha logrado entender lo que es alguna vez. Sus palabras se colaban en la sala desgarradas y cargadas de ironía. Su voz sonaba carrasposa. Manaba de una garganta abrasada por la bebida y por las noches sin dormir. Nunca tuve sueño, por las noches me bebí la vida en vaso largo y con hielo. Daba otro trago al vaso hasta dejarlo vacío y volvía a rellenarlo con la botella aparcada a su derecha. En los clubes me topé con gente de todo pelaje: tipos humillados porque nacieron fruto del desprecio, mujeres de muslos hermosos y secretos deshonestos, macarras, maricas, insectos que vendían euforia en polvo a la puerta de los lavabos, policías gordos que aparcaban su barrigas en barras de madera y manchurrones resecos de varios días.

De pronto se tumbó sobre las tablas y dejó sus piernas colgando del borde del escenario. Comenzó a respirar agitado. Desde mi posición notaba como su pecho se elevaba al ritmo de sus ventilaciones. Una vez… sí, maldita sea… una vez… me vi metido en una pelea. Él era un tipo bastante siniestro… sí, ya sé… ustedes dirán que no sería muy diferente a mí… –respiraba con mucha dificultad, pero a pesar de todo su voz era audible y conmovedora– pero no… háganme caso… muy siniestro. De esos que van con gabardina y sombrero de ala ancha… buff… con vaqueros ceñidos y una perica en los bolsillos del culo… Estaba increpando a una fulana de falda cortita y arrugas en la cara.

Se volvió a incorporar y volvió a beber del vaso. Lanzó un suspiro que más pareció un gesto sonoro de satisfacción. Cuando le soltó el primer bofetón, intervine yo –dijo recuperando el aliento– para apartarle de un empujón. Trastabillado fue a parar contra una vitrina que cayó hecha retales de cristal. Cuando se recompuso… cuando se recompuso, la puta había huido cobarde y asustada pero yo seguía allí, plantando cara al sujeto, oliendo a sangre y a alcohol, muy excitado por el momento. El tipo sacó entonces la navaja y se echó sobre mí. Aún.. aún no sé… no sé cómo pude esquivar su envite –dio otro trago al vaso casi vacío, rellenó con el culo de la botella– pero cuando estuvo en el suelo comencé a patearle con una fuerza extrema. Aquel chulo de vaqueros ajustados parecía mi peor enemigo. Sin embargo, no era mejor ni peor persona que cualquiera de los que estábamos allí. Le pateé en las costillas, en la espalda y en la cabeza. Nadie… nadie se atrevía a separarme de él. El tipo dejó pronto de moverse. Debía de estar… agonizando. Entonces me agaché y le agarré de las solapas de la gabardina. ¡Dime cómo te llamas! ¡Que me digas tu nombre!

Las palabras iban adquiriendo cada vez más violencia. Las voces eran aterradoras desde la cuarta fila. Yo mismo era capaz de sentir en mi costado las patadas, de sentir clavadas en la espalda las astillas del cristal de la vitrina. En un momento me sorprendí buscando una navaja debajo de mi asiento. Él enmudeció un instante para soltar después un lacónico: Julio Antonio Carrión Quiroga. Volvió el silencio. Era yo. Aquel tipo infame era yo. Aquel putero que agonizaba bajo mis pies era yo. Entonces volví a agarrarlo de la solapa y me pude ver reflejado en su cara, manchada de sangre en el mentón. Era yo. Aquel mierda, aquel… aquel hombre agonizante…, navajero y putero sí, pero… pero un hombre al fin y al cabo… era yo. Era yo. No tuve por más que matarle.

La luz de la escena se apagó de forma gradual, al ritmo al que lo hacía la guitarra española que había estado sonando de fondo. No hubo aplausos ni signo de admiración ni agradecimiento alguno. La luz del patio se encendió y yo me puse de pie. Me puse el abrigo nuevo que me regaló Almudena por mi santo y me marché.

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