Un cuento chino: ¡Feliz Navidad!

20141225_Poesía urbana

Que tengas un buen día,/ que la suerte te busque/ en tu casa pequeña y ordenada,/ que la vida te trate dignamente.

Mujeres. Luis García Montero

 

 

 

 

En esta mañana de finales de diciembre, doña María pasa inadvertida por la calle. El silencio, el reloj y la niebla son sus mejores cómplices cuando sube por Infantas buscando no se sabe muy bien qué. Son las siete y media, aún le queda un rato. Los niños se despertarán en dos horas como poco. Al volver por Almíbar, no puede evitar pararse en los escaparates, abrigados del frío por rejas heladas desprovistas de alma incluso en Navidad. Mira los perfumes y los vestidos, los tocados, las bufandas, los sombreros, para sorprenderse después reflejada en el cristal con su gordo jersey de lana roja y un abrigo de paño raído en los bajos. Suelta entonces una lagrimita que se seca con un pañuelo blanco de tela y sigue calle arriba pendiente de las campanadas de la plaza. Todavía son las ocho, se dice reafirmándose en su propósito. Junto a un gran contenedor de chapa azul, colocado en una esquina desnuda, se detiene entre cajas de colores. Igual alguien se dejó algo. Pero no, ni rastro de las muñecas ni de los coches de Fórmula 1 que pilotan los niños con control remoto. Solo cartón, cajas y cajas de cartón que abre y estira para luego atarlas con un metro del rollo de pita que siempre lleva con ella. Por si acaso, le dice a su hija cuando la riñe. Doña María gira entonces por Abastos, camino de la parte alta de la calle Stuart. Su amigo Ángel le hubiera invitado a un churrito con un café cargado, como cada mañana, pero hoy es Navidad y está todo cerrado. Una tienda de deportes, una joyería con los cristales empañados, un colmado como los de antaño, aunque ahora los llamen delicatesen, una fachada de colores chillones en las que invierten el sentido y anuncian la compra, que no la venta, de oro.

Camuflada en la bruma que se acumula en la ribera del Tajo, maltrecho a navajazos por su cauce, doña María descubre primero el sonido de un coche confuso y después se sorprende por el ruido de una persiana metálica que anuncia la apertura de un comercio. Desde una distancia prudente, doña María asiste a la rutina diaria de quien saca a la calle los cartones y plásticos que le sobran en el establecimiento.

–No le importa, ¿verdad? –dice acercándose con cuidado y con la cuerda ya en la mano.

El comerciante es uno de esos hombres chinos que trabajan y trabajan sin descanso, de lunes a domingo, sin respetar (¿respetar?) las fiestas de guardar. Siquiera un 25 de diciembre. Con una sonrisa que sobrevive al frío y a la niebla, el chino asiente con la cabeza. Doña María le bendice con palabras que al tendero le suenan a chino y empieza a hacer hatillos de cartón que se coloca con maestría bajo el brazo izquierdo. Cuando ha terminado, el reloj de la plaza anuncia las nueve. Otra lágrima se le congela en la mejilla, temerosa de que Papa Noel no pase por casa de sus nietos, que anoche cenaron una sopa caliente con algo de fiambre y una pandereta de latón. Así que decide volver Stuart abajo, cuando escucha la voz atiplada de alguien que reclama su atención. Es el chino del bazar, que se acerca con dos bolsas de plástico cargadas de juguetes made in China. Las lágrimas de doña María son ya un glaciar en su rostro, arrugado por el tiempo y la miseria. El pañuelito de tela blanca lo vuelve a limpiar con cuidado, a la vez que el tendero coloca sobre la cabeza nevada de la mujer un gorrito de paño rojo coronado con una borla blanca.

­–¡Feliz Navidad, hijo! –solloza doña María–. Voy a buscar el trineo, que en media hora los chicos querrán el desayuno.

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