Animal de compañía

20141208_Animal de compañía

El que me conoce sabe que no me gustan los animales de compañía. Soy de los que piensan que el caniche más manso del planeta debería tener su adosado en el zoo, entre las iguanas, los tigres y los papagayos que montan en bicicleta. Soy de los que no conciben tener que salir a las siete de la mañana a pasear al chucho, de los que no entienden como la gente puede descansar del canto cansino del periquito en la jaula y de los que creen que las tortugas huelen mal, los peces se marean en el acuario y los conejos están mejor al ajillo en la terraza de algún gango y regados de tinto con casera.

Pero como no se puede decir que de este agua no beberé y que este cura no es mi padre –sabio siempre el refranero– una mañana de Dios me topé con un gato en casa. Era un gato pardo, de ojos muy brillantes y bastante independiente. Eran las diez de la mañana cuando llamaron a la puerta. Allí apareció alguien de sexo femenino y de cuyo nombre no quiero acordarme y me dijo:

–Quédate con el gato unos días, que no puedo atenderlo. Ya te contaré.

Allí me vi, con un saquito de pienso, el recipiente en el que comía la fiera y otro similar en el que se remojaba el gaznate. Lo peor no era eso. Junto a todo aquello, aquella persona me dejó una caja de cartón y un saquito de arena.

–Para que cague y eso –me dijo, evidenciando que sus modales habían cambiado poco después de varios meses conmigo.

El gato entró a casa sin pedir permiso y empezó a andorrear por el salón olisqueándolo todo. Tras despedir a la dueña del felino me puse a colocar todo lo que me había entregado en la puerta. Rellené de arena la cajita de cartón y la coloqué junto al bidet. En un rincón de la cocina coloqué el platito del pienso y el recipiente lleno de agua. Estaba aún agachado cuando el bicho, al que su dueña dio en llamar Lolo, estaba ya metiendo el hocico en el asunto.

Después, corrí a lavarme las manos con agua y jabón. Frotándolas bien debajo del chorro pensé en mi puta suerte. En mi odio generalizado hacia cualquier animal de compañía, en mi odio incipiente a la dueña del gato y en la situación tan complicada que se planteaba en mi piso a partir de aquel momento.

Cuando salí del lavabo, el gato estaba despanzurrado en el sofá. Debe ser que después del atracón le dio sueño. Igual que a los humanos, vamos. O a los humanos como yo, para ser más exactos. Me acerqué con cuidado y traté de espantarlo moviendo los brazos en un aspaviento ridículo, pero el gato no se dignó a mirarme. Di un par de palmadas y solté un gritito con el ánimo de alertarlo. Entonces el gato giró la cabeza, abrió los ojos y me soltó una mirada socarrona con la que vino a decir ¡que te crees tú eso! Eso fue lo que entendí cuando lo vi hacer el movimiento inverso: giró la cabeza, la reposó en un cojín y volvió a cerrar los ojos.

O actúo o me come, me dije. Me decidí por tanto a cogerle en brazos para soltarle en el suelo, pero fui incapaz de hacerlo. No me gustan los animales de compañía, les tengo entre asco y miedo, es una sensación difícil de describir. Me fui entonces hasta la cocina y me puse los guantes de goma con los que friego los platos. Pero ni con esas. Me movía a su alrededor, intentaba tocarlo por el lomo, con una caricia en la cabeza, incluso pensé en tirarle del rabo, pero no fui capaz.

Aquella fiera me había ganado la partida de la siesta en el sofá, así que me fui a la cama. A la media hora me despertó una llamada al móvil: era la innombrable.

–¿Qué tal está Lolo?

¡Lolo, Lolo! ¿Por qué le pondrán nombres humanos a las fieras más repulsivas?

–Bien, durmiendo la siesta.

–¿Ah, sí? Pues en casa nunca lo hace –dijo para soltar después una carcajada desconcertante.

–Oye, espero que puedas explicarme…

–Venga, te dejo que tengo prisa.

A tomar por saco la siesta. Me estiré sobre las sábanas, me incorporé y me calcé las zapatillas de felpa con las que a menudo me muevo por casa. Cuando salí al salón el gato había abandonado ya el sofá. Eso sí, detrás dejó una gran bola de pelo que tuve que limpiar con una mascarilla y con dos interrupciones porque tuve que ir al baño a vomitar. Del gato en el sofá, solo su rastro de pelo. Pero ni rastro en el salón ni en la cocina, junto al plato del pienso y el cubito de agua. Busqué en el baño y allí estaba el animalito, aliviándose junto al bidet. Mira, por lo menos es discreto y está bien educado, pensé antes de que me invadiera un olor fétido que me hizo pensar en dos cosas: una, que a lo mejor habría que cambiarle el pienso de la dieta, y dos, que no había caído en el que tendría que limpiar la cajita después de las cagadas de Lolo.

¡Lolo, Lolo! ¿Por qué le pondrán nombres humanos a las fieras más repulsivas?

A ello me dispuse con mis guantes de goma y con la misma mascarilla con la que había limpiado de pelos el sofá, cuando llamaron a la puerta de un timbrazo. Por un momento pensé en la dueña de Lolo, que volvía para llevárselo. Pero nada de eso. Abrí la puerta y me topé con Anselmo, un buen amigo que además es director de cine y que hace películas sobre la guerra civil y la memoria histórica. Su carcajada se oyó por toda la escalera.

–Pero, ¿qué haces con esas pintas?

Así es. No me había quitado ni la mascarilla ni los guantes, manchados de la mierda del felino.

–Es una larga historia, pasa, pasa.

Le invité a ponerse cómodo mientras terminaba de cambiar la arena y de limpiar la dichosa cajita. Cuando hube acabado, me lavé bien las manos, me puse colonia y volví al salón. Allí estaba Anselmo, sentado en un extremo del sofá, clavándose el brazo de mueble en un costado.

–¿Qué pasa, que te faltaba sitio?

–¿Pero tú has visto cómo tienes esto de pelo? ­–me dijo–. ¿Estás mudando de piel o qué?

Volví a pasar un cepillo por la tapicería del tresillo y le conté la historia del gato. Éste debió de encontrar divertida la conversación, porque no dejó de pasearse frente a nosotros para terminar sentado sobre sus patas traseras con la mirada fija en el sofá. Anselmo me habló de la película que iba a empezar a rodar, la de un miliciano que cayó muerto en no sé qué frente y a manos de no sé quién. No puede prestarle mucha atención, porque la mirada del gato se comía todos mis pensamientos. Estaba absorto cuando mi amigo el director de cine estornudó dos veces, se levantó y anunció que se marchaba.

–Oye, tú. Me dan alergia los gatos, me largo de aquí. Si quieres que te siga contando, ya nos vemos por algún bar.

El gato terminaba con mis amistades. Era como una maldición de Cristo, algo así como un castigo divino. Pensé que quizás se debiera a ese odio irracional que tenía a los animales de compañía. El destino me pone a prueba, deduje. En esas estaba cuando Lolo se acercó sigiloso. Entonces me quedé inmóvil, paralizado por la tensión. ¡Ay, que viene! Pasito a pasito se colocó junto a mí y comenzó a restregar su lomo blandito con mi pierna. La piel se me erizó a la vez que a él y en un momento dado me sorprendía dando un maullido. Pensé que lo mejor sería salir a cenar algo y olvidarme de todo aquello. Un poco de aire me vendría bien.

Regresé a casa a las dos horas, con una hamburguesa y tres cervezas en el estómago y con dos canutos en los pulmones. Abrí la puerta, encendí la luz y allí estaba el minino, ocupando otra vez su trono de la casa. Otra vez a limpiar pelos, me dije. Sin embargo, la pereza me sobrevino, alentada quizás por las grasas, el alcohol y el humo nocivo del hachís. Así que le perdí el miedo al tigre, me acomodé en un rincón del sofá y encendí la tele, donde a esas horas emitían un debate en el que salían unos tipos cargados de razones que se chillaban entre sí. Los gritos del televisor debieron despertar a Lolo (¡Lolo, Lolo!), que se estiró y se puso de pie en el sofá, atento a la pantalla. En un momento, las cámaras enfocaron a un tal Alfonso Rojo y el gato reaccionó moviendo el rabo y dando un brinco hacia atrás. El tal Rojo abrió sus fauces, enseñó sus colmillos y empezó a argumentar unas sandeces que a veces producían vergüenza ajena y que al pobre bicho le aumentaban la sensación de miedo. El pelo se le erizó dos veces y de pronto le sorprendí acercándose hacia mí. Primero se restregó contra mi costado como lo había hecho un rato antes y después se encaramó sobre mi barriga. Allí se apostó después de olisquearme un rato. Sentí su calor muy cerca y su respiración agitada se mezclaba con la mía. Entonces me decidí a acariciarlo y el gato se relajó.

El timbre nos sorprendió minutos después. Lolo saltó al suelo y yo corrí a abrir la puerta. Allí estaba la mujer de cuyo nombre no quiero acordarme, de pie, con gesto desabrido y pálido:

–Bueno, ¿dónde está el gato? Vengo a recogerlo.

–Vete un ratito a la mierda, guapa –le respondí, dando después un portazo.

Volví al sofá a seguir los argumentos neocon (a mi amigo el director de cine no le gusta la palabra fascista) de Alfonso Rojo y Lolo se vino conmigo. Restregó su lomo con mi pierna, saltó sobre el sofá y terminó recostado sobre mí, buscando mis caricias. Mañana, ya si eso, limpio de pelos la tapicería.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s