Ariel y la vieja máquina de escribir

20141116_ajedrez

Ariel era incapaz de escribir más allá de las tres de la tarde. Era el tres el número clave del viejo reloj de esfera que coronaba su escritorio. Cuando daban las tres, Ariel recogía y ordenaba sus folios, colocaba una funda negra sobre el teclado de su vieja Olivetti y salía de su estudio para comer y disfrutar de la tarde en familia, para ver alguna de esas películas clásicas del viejo oeste o gastar el tiempo en compañía de su amigo Beltrán, con el que los jueves jugaba largas partidas de ajedrez. Hasta ese momento, hasta las tres de la tarde, durante aquella mañana, de las teclas de la máquina de escribir salieron algunos párrafos que le resultaron soporíferos tras una primera lectura rápida. Resultaban incomprensibles en la novela que llevaba escribiendo desde 1982 y que, tres años después, seguía compuesta de cinco capítulos de doce páginas cada uno, a los que, según el propio autor, les siguen faltando alma. Es una buena historia, sí, pero sin alma. Es como si los personajes que se agolpaban en esa gavilla de hojas tintadas hubieran nacido muertos. Se decidió entonces a escribir algún cuento con el que alimentar su ego de escritor. Resulta frustrante escribir sin emoción, sin encontrar el ritmo adecuado en las teclas de la Olivetti, sin disfrutar de cada palabra porque las que salen de los dedos, lentos y abotargados, no son las que se cruzan por el cerebro de forma tan fugaz que apenas si uno es capaz de captarlas y retenerlas.

Así comenzó Ariel a escribir la breve historia (apenas cuatro o cinco folios a doble espacio) del aprendiz de escritor que buscaba la inspiración en un tablero de ajedrez. La estrategia de este juego milenario era similar a las tramas que el escritor traza a lapicero sobre una cuartilla a la hora de plantear una novela. Este breve cuento comenzó por tanto por ser localizado en la sala anexa a aquel café al que Ariel y Beltrán iban los jueves a jugar su partida de ajedrez, aderezadas siempre por un silencio sepulcral y dos copas de ron. La sala no era un espacio exclusivo para estos dos ajedrecistas aficionados, uno de ellos representante de recambios para el automóvil y el otro novelista vocacional. En ella también jugaban los miembros de un club selecto que tenía su sede en un espacio repleto de cajas de refrescos, barriles de cerveza, bidones llenos de botellas vacías y varias pilas de sillas de plástico. En una de las mesas que ocupaban el centro del almacén, la más esquinada a la derecha según se accedía por la puerta corredera, se sentaron Ariel y Beltrán, o A y B, como les conocían en el selecto club de ajedrez de la ciudad. Las fichas blancas, las albas, eran las de Ariel, mientras que las negras o brunas eran las de Beltrán.

Y así iniciaron una partida que, en palabras del escritor, resultó tensa y vibrante, hasta el punto de confundir el sonido amortiguado de las fichas sobre el tablero con el de las teclas de la vieja máquina de escribir. Tac tac tac. Las miradas de los jugadores se asemejaban a las de los asesinos que se niegan a confesar y que mantienen el tipo ante los policías más duros del cuartel. Apenas si se movían del tablero. Tan solo se apartaban de él para agarrar el vaso y remojarse los labios. Los movimientos eran precisos y muy estudiados, evitaban riesgos en la apertura y siempre procuraban guardarse las espaldas. Era un duelo de esos en los que se van dando pasos en una cuenta atrás que siempre termina en el disparo de un revólver humeante y cruel. Un duelo fingido que terminó en tragedia sobre el tablero y sobre la amistad de ambos contrincantes. Un despiste en A, el enroque imposible que B aprendió de René Mayer, un rey que avanza a la vez que una torre, una duda sobre lo conveniente del movimiento, tac tac tac, sigue la Olivetti, las teclas se aceleran al ritmo de las pulsaciones de A, un reproche a la partida de hace tres días, otro folio sobre la mesa, un trago largo a la copa de ron y una patada a la mesa, las fichas volando y el tablero partido, otro cartucho de tinta, B que agarra una botella vacía del bidón y un botellazo que se estampa en la cabeza de A. El crimen perfecto, el que extiende su estrategia sobre un tablero a cuadros y retoma la violencia de las viejas cantinas del oeste.

Es un final redondo, el que le llevó a la muerte sobre las teclas, pensó Ariel frente a la máquina. Limpió el escritorio de sangre, recogió y ordenó los folios, apenas cuatro o cinco, puso la funda negra a la Olivetti y salió por la puerta. A comer, que son las tres, y después a la partida de los jueves, guardando las espaldas en la apertura y con un enroque imposible en la cabeza.

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