La mirilla

20141025_La mirilla

Al otro lado de la mirilla se pueden vivir historias apasionantes. No sé si la que les voy a contar lo es o no, pero a mí me tuvo entretenido durante una noche entera. Vivir en una planta baja tiene cosas que no se tienen cuando se vive en un segundo piso. Ni mucho menos en un cuarto o un quinto, ¡dónde va a parar! Y más en estos edificios de antes, que son como de corcho. Desde una planta baja uno escucha cuando se abre o se cierra la puerta del portal, cuando alguien está pulsando el portero de algún vecino y hasta cuando se pica el interruptor para encender la luz. No les cuento cuando los vecinos son tan ruidosos como los míos, tan amigos del exabrupto facilón, del vocerío y de las carreras por la escalera –esto último cuando se trata de los niños–. Así estaba yo una noche, de lunes si no recuerdo mal, recién terminado de cenar y dispuesto a ver el último capítulo de la segunda temporada de El Ala Oeste de la Casa Blanca, sabiamente aconsejado por mi amigo Juan Carlos, un sabueso del periodismo que siempre ha mostrado veneración por Aaron Sorkin. Otros se la tienen a la Virgen del Rocío, pero creo que, a la hora de hacer milagros, nadie como Sorkin. El Ala Oeste de la Casa Blanca debe ser como el gabinete de alcaldía del Ayuntamiento de Aranjuez pero con un poquito –poco, ¿eh?– más de clase. Pues eso, que estaba yo apunto de sentarme a analizar las andanzas presidenciales de Martin Sheen, el real y no el estanquero, repito, cuando unos tacones por la escalera despertaron en mí cierta curiosidad. El sonido era arrebatador. Ese toc-toc tan pausado, tan bien medido, solo podía ser el de una de esas mujeres de bandera que solo se ven en las películas, casi siempre norteamericanas. Ya me la estaba imaginando: melena negra suelta, un vestido negro ajustado marcando bien los pechos, unas piernas de vértigo, un trasero (igual podría haber dicho culo) perfecto y unos tacones sublimes, capaces de mecer con tanto ritmo un conjunto tan complejo. Tan claro lo vi que, en un momento dado, noté como se me abultaba la entrepierna. Y uno que no es de piedra y al que siempre le perdieron las faldas, no tuvo por más que correr a la mirilla e intentar divisar a la diosa. Pero mi gozo en un pozo. Ni rastro de la mujer bandera. Ni de su escote, ni de sus piernas, ni de su pelo negro de noche y carbón. Ni rastro ya, por cierto, del bulto de mi bragueta. El instinto, y más el sexual, tiene estas cosas. Aquello me llevó a pensar en si la mujer habría subido o se habría marchado ya, después de bajar de casa de alguno de mis vecinos. Imposible, me dije. Ha tenido que subir porque no he escuchado cerrarse la puerta del portal. Así que no lo dudé. Me preparé una copa –las mujeres guapas merecen estar acompañadas de un buen gintonic de esos que prepara mi primo Julián, con sus semillas de cardamomo, sus pétalos de rosa amarilla y todo eso– y me aposté junto a la puerta esperando su retorno. En la tele, Toby Ziegler, ese tipo tan profesional de cabeza despejada y barba tupida, rendía homenaje a un marine de Corea que acababa de morir en la indigencia. En los EEUU, la vida es como una rueda, hoy estás arriba y mañana estás abajo. El sueño americano, lo llaman. Desde la puerta yo intentaba prestar atención a la serie, pero mi mente se evadía de nuevo pensando en el bombón que visitaba a alguno de mis vecinos. Las erecciones iban y venían en función de lo que pasaba por mi cabeza: Sam Seaborn – gatillazo/ morenaza en la escalera – ya saben ustedes. Más allá de eso, la preguntas eran evidentes: ¿A casa de qué vecino iba la mujer bandera? ¿Cuál de los tipos que viven en mi edificio podría tener un affair –el francés, siempre tan elegante y tan recomendable, ¡qué ganas de volver a París!– con semejante bocadito? Tras darle un sorbo a la copa, enseguida descarté a mi vecino de rellano, un hombre que brinca de los setenta y que ya cohabita con una mujer a la que, por lo menos, saca treinta tacos (¡menudo crack!). Tampoco era probable que visitara a doña Angustias, la señora del segundo, también entrada en años y que vive sola desde hace ya un tiempo. En el tercero, los dos pisos están vacíos casi todo el año y en el cuarto viven dos parejas –cada una en su piso, claro está–, jóvenes, guapas, que visten bien y que tienen dos niños, uno cada una, de esas que todavía sienten atracción entre sí cuando se meten en la cama. Imposible pensé. Imposible también que fueran al primero. El ruido de los tacones se prolongó durante más tiempo del que se tarda en subir un piso en el que, por otro lado, vive un matrimonio que tiende la ropa interior cada mes y medio, que chillan como los cerdos en el matadero y que tienen una báscula que pesa en arrobas y no en kilos, y que tiene como vecinos a dos chicos jóvenes, de origen extranjero, que gastan sus noches dando por saco con la videoconsola. Por un momento dejé de pensar en lo que ocurría al otro lado de la mirilla. Estaba en pantalla C.J., mi personaje favorito en El Ala Oeste. Ofrecía la rueda de prensa diaria que mantiene informados a los periodistas norteamericanos de cuando acontece en la agenda, en la vida, en los despachos del jefazo de la Casa Blanca. Igualito que aquí, con nuestros plasmas, nuestras conferencias de prensa sin preguntas y nuestros salivazos presidenciales. Volví a la mirilla enseguida, tras darle otro trago a gintonic y tras quitarme de los labios un par de pétalos de flor huidos del copazo. Me quedaba solo un piso, el segundo izquierda. Un matrimonio entrado ya en años, con apariencia de seguir queriéndose. Claro, que las apariencias engañan, pensé, y a lo mejor él se ha echado una amante que le alarga los días y le acorta las noches. Quién sabe. Él, como hombre, no es un tipo atractivo, que digamos. Suele vestir chándal o pantalón corto, según la temporada, y unas camisetas de tirantes que ya no se estilan ni en el mango de los paraguas. Ya me resultaba raro, pero no lo descarté. Cada uno tiene sus perversiones. Volvía a situar el ojo en la mirilla, pero no parecía que el mujerón fuera a bajar todavía. Al otro lado de la puerta todo estaba a oscuras y en silencio. Apuré la copa y me serví otra, y en vez de volver al sofá y dejar de jugar a ser el detective de mi comunidad de vecinos, me senté en el suelo con la espalda recostada sobre la puerta, a la espera de noticias sobre la morena de piernas largas. No recuerdo cuánto tiempo me duró la copa entre las manos, ni si Martin Sheen había prohibido ya a su hija salir a la calle sin escolta. Solo recuerdo que fueron unos tacones –aposté a que serían los de una mujer bellísima, con falda de tubo y piernas largas, con un culo (¿trasero?) imponente y de escote exuberante– los que me despertaron del profundo sueño que llevaba arrastrando durante horas. Tenía el cuello dolorido. Los pinchazos me iban desde las cervicales a la cabeza, entre aturdida y desubicada. La luz del día entraba ya por las rendijas que quedan al descubierto en las persianas enrollables. Toc – toc – toc. Los tacones, en sentido descendente, seguían su camino. El Ala Oeste de la Casa Blanca estaba ya en su cuarta temporada. Entonces me puse de pie, propinando una patada inconsciente a la copa vacía. Lo que terminó de despertarme, sin necesidad de ducha o de café, fue el timbrazo que sonó en todo el salón. Y en esta ocasión, lejos de sentirme tentado a asomarme por la mirilla, abría deprisa la puerta. Pero ni rastro de la melena negra suelta y ondulante, ni del vestido negro ajustado que tanto me ajustó, durante la noche antes, la goma del pijama, ni de los pechos ni de las piernas de vértigo, ni de esos tacones sublimes, capaces de mecer con tanto ritmo un conjunto tan complejo. Allí estaba la señora Angustias, la señora viuda del segundo, calzada con un tacón menos sexy que el de la mujer de la mirilla, cargada con un ramo de flores y un sobre en la mano. “Esto lo trajo anoche una mujer para usted. Era muy guapa, por cierto. ¡Qué buen gusto tienes, Chechu!”, me dijo. Cuando intenté coger las flores ella reculó. “Estas son para mi marido”, dijo, “para ti solo dejó este sobre, ya me contarás qué te dice”.

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2 pensamientos en “La mirilla

  1. ¡Me ha gustado!, sí, este relato me ha gustado. Hay en él una ligera brisa de Raymond Carver y un viento casi huracanado a lo Juan Carlos Onetti. Me ha enganchado desde la primera frase «Al otro lado de la mirilla se pueden vivir historias apasionantes». La historia, el ritmo, el lenguaje, la incertidumbre que se vislumbra esperando el resultado como en los buenos relatos —”Continuidad de los parques”, Cortázar, por ejemplo—, donde todo es sorpresa y desconcierto para el lector. Tiene además ese pálpito poético que colinda con la magia. ¡Sí, muy hermoso!
    Te espero el sábado en el Laurel de Baco.
    Un abrazo,
    Cecilio

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