Fuego

20140927_Fuego

Nunca antes había caminado sobre las brasas del fuego, ni siquiera para purgar mi destino de malos augurios. Ni como un simple juego, empujado por el resto, después de una noche de risas, alcohol y falsas promesas. No. Hoy camino sobre el rescoldo amargo del fuego recordando el pasado que se encerraba en el esqueleto en que se ha convertido la casa que compartimos. ¿Te acuerdas, amor? Hoy las paredes están derruidas. De ellas solo cuelgan el aire caliente y un remolino de ceniza y rencor. Tras esta puerta de madera, convertida en carbón, negra, arrugada y deshecha como la noche, se escondían los besos y los cigarrillos a medias, la nevera vacía y el frío del seco invierno. Hoy se puede pisar sobre ella, aún a riesgo de que mis pasos se hundan como se hundió nuestro pasado, de que la suela de mis zapatos se funda sobre nuestros restos. Caminar por aquí encima es hacerlo sobre las bóvedas del infierno. ¿Sabes? De aquí todavía sale humo. Y sale calor, mucho calor, aunque a mí todo esto me produce frío. A lo mejor es que aún sigo nervioso porque tuve demasiado cerca a la muerte. Dicen de la parca que tiene forma y hasta nombre de mujer, pero yo no lo creo. Las mujeres nunca me helaron la piel, ni siquiera el espíritu. Por esta zona, en la que el humo lo envuelve todo y de la que todavía se escapa alguna llama avergonzada, debía de estar nuestro dormitorio. Las lágrimas y la jactancia del hollín me impiden distinguir bien los restos del banquete con que no ha podido el fuego. No queda rastro de tu ropa interior, ni de tu colección de novela rosa, ni del perfume que todo lo impregnaba en esta estancia. Con todo deshecho y arrasado, soy capaz de verte dormida sobre el colchón, cubierta tan solo por tu propia piel. Entonces me recuerdo espiándote tras la puerta, mientras tú te vestías, te peinabas, te maquillabas solo para mí. Te recuerdo probando el calzado antes de salir, dudando sobre la altura de los tacones. Son estos recuerdos —eso deduzco, no puede ser otra cosa— los que me devuelven cierta sensación de calor. Noto que mis manos empiezan a sudar, quizás porque añoran volverte a coger de la cintura, porque quieren volver a juntarse con las tuyas, porque la piel no concibe el olvido y se rebela de esa manera. Esos muelles que se desangran en una nube tóxica y oscura son los despojos del viejo sofá, el mismo que nos atrapaba cada noche ante el televisor y sobre el que dormíamos abrazados hasta bien entrada la madrugada. Son los recuerdos de nuestra vida en común, hoy arrasada por la lumbre, envidiosa, cruel, lacerante. Son los retazos de una cena para dos, de la bondad del ron, del sabor opaco del tabaco. Son la memoria de los domingos, con zumo recién hecho, café y tostadas, periódicos, revistas y pijama. Y las tardes sobre el escritorio que fue, componiendo retales de palabras sin sentido, contigo al otro lado de las cortinas —¡malditas cortinas!— sobre la barandillas del balcón, viendo como los niños gastaban su tiempo en perseguir a las palomas, hoy convertidas en volutas de humo negro, desalmado, que levantan el vuelo para llevarse nuestro pasado. Se llevan las postales de amor, las huellas del cariño, el olor de tu piel, sucio y violento. Son las brasas de nuestro pasado las que ahora pisan estos pies que arrastran un cuerpo vacuo colgado de tu memoria, del recuerdo del tiempo asolado por el fuego.

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