Camilo

20140912_CamiloFue en el mercado de abastos, mientras acompañaba a Paula en la compra semanal, cuando me topé con la cara de Camilo en el periódico local que hojeaba para matar el aburrimiento. Durante aquella fría tarde de invierno no pude dejar de pensar en nuestra relación, en la de Camilo y la mía. Solo Paula pidiendo dinero o consejo sobre si el pescado era o no fresco consiguió sacarme de mi abstracción. Camilo había sido mi mejor amigo. Sí, se puede decir así. Un muy buen amigo, uno de los mejores, sin duda. Un camarada, casi un hermano. Hubo un tiempo, desde la adolescencia hasta bien entrados ya en los cuarenta, en que Camilo y yo fuimos inseparables. A pesar, incluso, de nuestras diferencias, que eran muchas y evidentes. Camilo ya llamaba la atención en el instituto, con esas camisetas de colores chillones y esos zapatos ortopédicos que apenas si combinaban con las demás prendas del cuerpo. A él eso le daba lo mismo y a mí también, aunque al principio me costaba que me vieran a su lado cuando los otros chicos se reían de él y las chicas se apartaban de su camino. Me daba lo mismo, porque Camilo era mi amigo, mi mejor amigo. Un tipo insuperable, muy inteligente, un bicho raro que en nada se parecía al resto de chicos. Se pasaba los recreos, tan fugaces para el resto de estudiantes, devoradores de besos, bocatas y botellines de cerveza, entre revistas de ciencia y paquetes de negro. A Camilo le encantaba fumar por aquel entonces, aunque cuando cumplió los 35 tuvo uno de esos arrebatos tan propios en él y desterró el tabaco de su dieta diaria. Los propios profesores del instituto, situado en el extrarradio, de fachadas desconchadas y ventanas joviales, no podían dejar de admirar a mi amigo, un tipo tan extravagante como embaucador. Aún guardo por casa alguna de esas revistas, manoseadas por la voracidad de Camilo, y alguno de esos libros de literatura irlandesa que también me regaló y en los que a mí me costó tanto encontrar cierto punto de atracción. Siempre pensé que mi grado de inteligencia y de interés por la cultura o por la ciencia estuvo siempre varios peldaños por debajo del de Camilo, un tipo flaco, muy flaco por aquel entonces, y en cuya cabecita, redonda y pequeña como la de un alfiler, empezaba ya a amenazar el cartón.

Camilo y yo, y otros cuantos amigos que fueron yendo y viniendo a nuestro estrecho núcleo de amistad, quedábamos cada viernes en el Royalties, un local turbio y vago que dejaba bastante que desear en el que pasamos algunos de los momentos más brillantes de nuestra juventud. El tiempo se detenía en el Royalties con los jirones de lucidez de Camilo después de dos o tres cervezas y de algún canuto de maría. Las conversaciones eran tan intensas como el sabor del tequila, que aterrizaba en botellas de cristal sobre las mesas hacia la media noche para no volver nunca a las vitrinas. Sal, limón y Camilo. En las noches del Royalties recuerdo con nosotros a Aramburu, un tipo bastante brillante también, aunque éste tenía mal fondo. Le recuerdo siempre polemizando con Camilo. Daba igual sobre qué: discutían sobre el último Nobel de Física, sobre sus méritos y deméritos para alcanzar tal distinción, sobre la última novela de Milan Kundera o sobre el archivo de los papeles de Salamanca. Yo apenas si intervenía en los debates, a no ser que fueran sobre temas muy actuales y que tuvieran mucha presencia en los medios de comunicación, pero recuero divertido como Camilo me guiñaba un ojo cada vez que dejaba sobe el tapete un argumento contra el que a Aramburu le resultaba imposible rebatir. Entonces éste se levantaba malhumorado, lanzaba al aire alguna excusa sin fuste, reprochaba a Camilo su condición de homosexual, recogía su chaqueta del respaldo de la silla y abandonaba el Royalties con la misma sensación del jugador que acaba de dejarse una fortuna en una timba de póker.

La universidad nos distanció: yo empecé a estudiar Derecho (búscate la vida como un hombre, me decía mi padre los domingos a la hora de comer, cuando al hablar aún arrastraba la lengua, pastosa y teñida del sabor a tequila y ducados del Royalties) y Camilo se matriculó en Física. La terminó en apenas tres años y, sin los alardes de quien se siente superior al resto, se matriculó en Filosofía y Letras. No obstante, las noches del viernes, y las del sábado, claro, las gastábamos en el Royalties con Aramburu y otros tipos similares, que se sentaban a nuestra mesa al calor de un tipo arrollador, que discutía sobre Nietzsche con la misma facilidad con la que los demás discutían sobre fútbol. Hasta Edu, dueño y camarero del Royalties, se sentaba a la mesa cuando la madrugada nos sorprendía rodeados tan solo por el humo del tabaco, los argumentos contrarios y los efluvios del alcohol. Por aquellos tiempos, Camilo empezó a cambiar de estilo. También es cierto que empezó a engordar un poco. Dejó las camisetas anchas, aquellos zapatos tan antipáticos y empezó a vestir con camisa blanca y unos blazers que recordaban a los que lucían los poetas del Gijón al caer la tarde. En ocasiones aparecía por el Royalties con un sombrero de panamá que le cubría la misma cabecita que en tiempos lucía algo de pelo lacio y que, ahora, años después, solo mostraba una calva romana y prominente. Las risas que hubieran despertado sus pintas en el instituto eran más bien mudas. Nadie decía nada sobre Camilo, más bien esperaban el comentario brillante de quien calentaba las noches del bar.

Con un sombrero negro de copa, un chaqué del mismo color y unos zapatos bastante sucios se presentó Camilo en mi boda con Paula, hace ahora diez años. Todas las cosas son imposibles mientras lo parecen, dijo estupendo, para estallar luego en una carcajada tan sonora como enigmática. Dame un abrazo, picapleitos. Aquella noche, mi noche de bodas, fue la primera noche que pasé fuera de la alcoba de matrimonio. Me costó una bronca descomunal de mi mujer y otras tres noches fuera del nicho, es decir, en el sofá. Decidí que mi primera noche de casado debía celebrarla con mi amigo del alma en nuestro bar favorito. Camilo y yo vimos amanecer a través de los cristales translúcidos del Royalties. Edu no pudo resistirse a sacar su cámara para retratarnos de espaldas, abrazados el uno al otro, disfrazados de pingüino y borrachos como cubas. Esa foto presidió nuestra mesa hasta hace tres años, cuando el Royalties cerró sus puertas. Allí quedaron encerrados para siempre nuestra mesa y nuestros vasos, manchados en el borde de saliva y verdad, los ceniceros rebosantes de colillas clandestinas, las vitrinas con sed de tequila y la barra perfumada de Larios.

Desde aquella noche, la del cierre del Royalties, no había vuelto a saber de Camilo. Aramburu, el tipo que huía escopetado de las palabras certeras de mi amigo, me preguntó por él hace unos meses, durante un encuentro fortuito en el colegio de los niños. No supe qué contestar. Si me hubiera preguntado durante aquella tediosa tarde de compras todo habría sido distinto. Le podría haber contado muy poco, bien es verdad, pero sí lo suficiente. Quizás podría haber permanecido mudo. Hubiera bastado con enseñarle aquella página atroz, aquella maldita esquela de aquel maldito periódico local, un cúmulo de hojas tan fieras como inhumanas que dejé sobre el mostrador de la panadería y que me servieron de distracción mientras Paula me pedía dinero o consejo sobre el pescado. O me preguntaba por esas lágrimas que brotaban de espaldas a mis ojos y con sabor a tequila, a sal, limón y a Camilo.

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