Pequeña bola de nieve (Capítulo IV y último)

Tras saludar a Lobato de Cortázar con un fuerte apretón de manos, Manolo hizo un aparte con el sargento de la Guardia Civil que se haría cargo del caso. Días después, durante mi particular investigación, traté de hablar con él, pero me resultó complicado. Hizo pocas confesiones que pudieran o no implicarle en la muerte de José Luis. Se mostraba esquivo, muy altivo, en ocasiones rozando una chulería infame que hubiera despertado los instintos más bajos de cualquiera de mis ex compañeros de la unidad de crímenes sin resolver de la Policía Nacional. Me llamó la atención que siempre apareciera con el abogado del 19. Éste también se mostraba cauto y recordaba siempre su condición de abogado, pero durante una charla posterior, sentados frente a frente en las mesas de piedra situadas en la zona de barbacoas, junto a la piscina que limpiaba José Luis cada mañana, me contó que llevaba varios meses prestando sus servicios a Manolo, que había decidido deshacerse de la urbanización en la que trabajaban sus padres. Lobato de Cortázar era el encargado de explorar con el ayuntamiento todas las opciones posibles para recalificar los terrenos, aumentar su edificabilidad y construir allí un gran hotel, similar a ese adefesio de la costa de Carboneras en el que ondea desde hace años la bandera de Greenpeace. Mucho me temo que esta conversación que mantuvo conmigo tuvo muchas similitudes con la que mantuvo días después con el sargento de la Guardia Civil que se hizo cargo del caso, una vez que le vi salir del residencial esposado junto a Manolo. Dos agentes les introdujeron en sendos coches patrulla, encendieron las sirenas, derraparon en el acceso de tierra y enfilaron hacia el sur por la carretera.

Minutos después ocupé la tumbona en la que el abogado del 19 solía pasar los ratos muertos al acecho de Carolina Blanco, la mujer que coleccionaba mejores curvas que la carretera de Motril y la primera persona que echó en falta a José Luis en la mañana de aquel sábado. Junto a mí, Beatriz ocupó otra hamaca.

–¿No te parece todo muy extraño? –me preguntó.

–No mucho –dije yo– un tipo corrupto que no tiene escrúpulos, capaz de matar a su padre con tal de conseguir sus objetivos, por sucios que sean. Y el otro, el típico esbirro de piel dura, dispuesto a todo a cambio de una buena comisión. He visto más casos como este.

–¿Y por qué matar a su padre?

Beatriz se mostraba reflexiva, nunca la había visto tan interesada en ninguno de mis casos. Este no era un caso propio, pero la proximidad, el descubrimiento de aquel muertecito blanco, de rasgos afilados y de rostro tan triste como cuando de vivo, me hicieron tomar partido enseguida.

–Mira –le dije señalando con el dedo.

Hacia la puerta de entrada, junto a la papelera en la que José Luis tiraba cada día su botellín frío de San Miguel, Loreto y Carolina Blanco, la mujer fatal del 24, parecían confesarse. Ambas mantenían una conversación que, a la distancia, parecía revelar algún tipo de secreto. Pocos movimientos en sus manos y en sus caras, más próximas entre sí a cada momento. Toda aquella escena tenía algo de curioso: poco a poco, Loreto, la viuda de José Luis, mostró por primera vez una faz que no era la de la tristeza, la melancolía que anidaba en sus ojitos negros y anémicos había emigrado a mejor parte; junto a esa circunstancia, la de que Carolina Blanco apareciera vestida por primera vez en toda esta historia. Llevaba puesto un vestidito corto, y muy sensual también, pero por vez primera sus caderas se insinuaban y no se exhibían sin pudor ante el resto de los huéspedes. Días después comprendí lo que estaba dando de sí aquella charla que empezó como una confesión y que se fue animando por momentos. Fue el matrimonio Sánchez Puerta, en una charla definitiva para resolver el misterio de la muerte del bueno de José Luis, quien dio en el clavo de la historia. Consuelo, una mujer que debió ser muy guapa de joven (quien tuvo, retuvo), aficionada a las blusas de seda estampada y muy bien peinada siempre, me confirmó las sucias intenciones de Manolo y de su esbirro Antonio Lobato de Cortázar, el abogado del 19, para con el futuro de la urbanización. Sin embargo, explicó Laureano Sánchez, la muerte de José Luis no tiene que ver con todo este asunto. Bueno, quizás un poco, reconoció. Manolo ya les había dicho a sus padres que, una vez demolida esta pequeña bola de nieve que se derretía por momentos, tendrían que pensar en deshacerse del perro y en buscarse una residencia para la tercera edad. Con su espíritu endeble y su carácter apocado, ambos se resistían a las presiones de su hijo, que no dudó incluso en alojar a su abogado en uno de los apartamentos de la urbanización. A Beatriz le costaba creer una historia tan enrevesada, que tuvo su desenlace, precisamente, con la muerte de José Luis.

Así también me lo confirmó durante la noche la propia Loreto delante de Carolina Blanco, que se había convertido, de pronto, en su mejor amiga y en su íntima confidente. José Luis no murió asesinado, pero fue ella, su seca y mustia mujer, la que trató de esconder el cadáver en un rincón próximo a la urbanización, de forma que no fuera difícil encontrarlo. A José Luis lo mató la ducha, una de esas malditas duchas mal instaladas que dejaban fuertes descargas sobre los brazos de los huéspedes y que tantas quejas estaban despertando.

–Ahí lo vi claro –me confesó– muerto José Luis, mi hijo Manolo se convertiría en el principal sospechoso. Nuestra negativa a marcharnos de aquí, a ingresar en una de esas residencias para viejos que ya no tienen más afán que contar las hojas del calendario, eran el mejor argumento para que Manolo, un tipo sin escrúpulos ni reservas, se decidiera a acabar con nosotros, sobre todo con su padre, que aunque usted lo viera tan sumiso y tan cobarde, empezó a plantarle cara cuando le planteó nuestro futuro en uno de esos complejos que huelen a viejo y a cocinas industriales, en los que se juega al dominó, se hacen manualidades y hay horario fijo para poder ver la tele.

Beatriz se incorporó a la conversación justo para descubrir el misterio. Decidió guardar silencio, siguiendo la estrategia marcada por Carolina Blanco y por los Sánchez Puerta, que seguían la charla un paso por detrás. Loreto se abrazó a mí y estalló en un llanto tan profundo como sentido y también me instó a guardar silencio. Después Beatriz hizo lo propio, pero lo hizo sin palabras. Se limitó a besarme en la mejilla mientras guiñaba un ojo a Carolina Blanco. Los Sánchez Puerta solo interrumpieron para anunciar cena en el balcón de su apartamento. Pepe, el perro flaco y tristón, dio buena cuenta de las sobras de una cena cómplice en la que todos brindamos a la memoria de José Luis.

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