Pequeña bola de nieve (Capítulo III)

Beatriz me riñó a la caída de la tarde, cuando salí detrás de Pepe –el perro de José Luis y Loreto– que empezó a ladrar y aullar justo detrás del bloque de apartamentos, entre el perfil acentuado del peñasco y la zona reservada a los coches. Pepe se movía inquieto, saltaba de aquí para allá y soltaba auténticos alaridos, reveladores de una pena profunda y de un descubrimiento un tanto macabro. Me acerqué con cuidado, intentando evitar una reacción violenta del perro que, por otro lado, había demostrado ser tan manso y dúctil como sus dueños. Cuando me planté junto a él, se acostó junto a mis pies y ya no volvió a moverse. En el escarpado del peñasco existía un pequeño hueco que no debía ser más que fruto de la erosión del viento. El boquete estaba tapado por alguna madera vieja y por algo de cañizo, similar al que utilizaba José Luis para garantizar la sombra de los bañistas de la piscina. No necesité de mucho esfuerzo para descubrir lo que se escondía tras las cañas y las tablas. Era un cadáver menudo y pálido, como achicado, enrollado en sí mismo. En el suelo, junto al muerto, un destornillador de estrella y un botellín de cerveza. Mi experiencia me dijo que el muerto debía llevar allí cerca de las doce o quince horas. Sí, no le den más vueltas, el cadáver era el de José Luis. Era extraño encontrarlo allí, con su polito de color lavanda y su pantalón corto, descalzo, y sin ningún signo aparente de violencia. Algún rasguño sin importancia, poco más.

–¡Dios mío!

La vocecita atiplada de Loreto, que parecía a aficionada a sorprender a la gente por detrás, me despertó de aquella pesadilla. Cualquier otra mujer se hubiera abrazado al cadáver o quizás al ser humano más próximo –en este caso yo–, pero Loreto prefirió tirarse al suelo y agarrarse al cuello de Pepe, que no dejaba de sollozar. Loreto escondió su cabeza y no dejó de lanzar exclamaciones al cielo, gritos de pena que demostraban que de aquel cuerpecito tan escaso también podía salir algo más que los suspiros de tristeza tan habituales en el matrimonio. Enseguida llamé al teléfono de emergencias y traté que los curiosos que se iban acercando hasta la zona del crimen no tocaran nada. Por allí aparecieron Lobato de Cortazar y Carolina Blanco. Él la cogía por los hombros, intentando aplacar el susto y, por qué no decirlo, rozar un poco ese cuerpo que, según me contaría después, le generaba tantas pasiones. Detrás vino el matrimonio Sánchez Puerta, una adorable pareja de ancianos que pasaban muchas temporadas en la urbanización y que, al parecer, eran los únicos que mantenían una buena relación con el flojo matrimonio que acaba de partirse en dos.

Le pedí a Beatriz que se marchara a casa y que se llevara a Loreto con ella. Alguna infusión le sentará bien, le dije. Sabía también que este tipo de espectáculos no serán del agrado de quien se marea cuando se somete a un simple análisis de sangre. Los servicios de emergencias no tardaron en llegar. Dos patrullas de la Guardia Civil, una de la Policía Local del pueblo y una ambulancia con dos médicos que no pudieron más que certificar la muerte del hombrecillo.

Un sargento de la Guardia Civil se dirigió a mí tras bajar del coche:

–¿Es usted familiar de este hombre?

–No –le dije, explicándole después lo que conocía del entorno y de la familia del difunto.

–Habrá que llamar a su hijo, entonces –dijo el sargento, un hombre corpulento de pelo corto y entrado en canas, que vestía el uniforme de verano del cuerpo.

–Al parecer no vive por aquí ­–dije intentando ser útil.

La conversación fue interrumpida entonces por Antonio Lobato de Cortázar, el abogado del 19, que anunció que Manolo ya estaba avisado y que estaría a punto de llegar.

–Curiosamente, venía camino de Almería.

Quince minutos después, un soberbio Mercedes Clase A negro y brillante entró con rabia en la zona de aparcamientos. Según supe después, esta circunstancia no tenía nada que ver con la muerte de José Luis, sino que era habitual cuando Manolo pasaba por la urbanización de visita. Era su particular forma de marcar paquete, de decir aquí estoy yo, el dueño de todo esto. Un tipo alto y algo entrado en carnes, vestido con una camisa blanca impecable y un pantalón vaquero bastante ceñido, con zapatos náuticos y con unas gafas de sol que se quitó al abrir la puerta, se bajó del coche y caminó despacio hacia el cordón policial.

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