Pequeña bola de nieve (Capítulo II)

José Luis desapareció una mañana de sábado, cuando la mayoría de los inquilinos de la urbanización había emprendido ya camino de la playa. Nadie le echó en falta hasta que Carolina, la divorciada del 24, salió a buscarlo por un problema en la pila de fregar. Carolina era una de esas mujeres que encandilan a los hombres y que al resto de la humanidad, es decir, a las mujeres, le debe parecer una fresca. Eso es, al menos, lo que me dejó entrever Beatriz con alguno de sus comentarios. Debía rondar los 45, pero sabía sacarse provecho. Tanto que a menudo era frecuente verla pasear en bikini por toda la urbanización, quizás buscando un buen bocado para el postre. Buenas caderas, buenos pechos, los labios gruesos de carmesí, y el pelo largo recogido con una goma del mismo color que el traje de baño. Ya le extrañó no toparse con José Luis por cualquiera de los rincones del pequeño residencial: no le vio regando el césped, ni adecentando la piscina, ni cambiando la luz de las barbacoas, ni trazando con su cuerda los huecos reservados al aparcamiento. Así que Carolina, según me contó durante la investigación, decidió acudir al 21, a la casa de José Luis y Loreto, en busca de alguien que le arreglara el desagüe de la cocinita. Estaba frente a la puerta, con su bikini y sus curvas, con su pelo largo recogido en lo alto, cuando una vocecita le sorprendió por detrás.

–¿Quería algo?

Una frase lacónica como la propia Loreto, que se acercaba a la puerta con las llaves en la mano, sorprendió a Carolina. La voz ahogada de la mujer, esa carita mustia de quien se siente agotada por la deriva de su vida y de quien solo desea un final rápido y certero, hizo que la mujer de curvas sinuosas y labios pintados se pensara si debía molestar a aquella mujercilla con su pila de fregar. Pero ya estaba allí, junto a la puerta, y con una pregunta a la que dar respuesta, por estrangulada que pareciera la garganta de quien la ejecutaba.

–Verá, estaba buscando a José Luis. Tengo una fuga de agua en el desagüe de la pila de la cocina, ¿sabe? Me preguntaba si José Luis…

–Salió esta mañana a la tarea. Debe andar por aquí. Vamos, digo yo.

La vocecita atiplada de Loreto dio continuidad al diálogo sin gesto alguno que lo acompañara.

–Pues es que no le he visto por la urbanización y…

–Bueno, cuando vuelva ya le aviso yo. ¿Cuál es su apartamento?

–El 24. Mi nombre es Carolina. Carolina Blanco. Gracias.

–A usted.

–Por cierto –dijo Carolina mientras volvía sobre sus pasos– recuérdele también lo de la ducha. Es peligroso.

Según me explicó Carolina, Loreto se metió en su casa como si tal cosa. La notaba fría, distante, algo normal si tenemos en cuenta el carácter sumiso y apagado del matrimonio que custodiaba el residencial de su hijo. Me inquietó mucho aquella mujer –dijo después, durante las diversas ocasiones en que estuve hablando con ella– con esa carita tan chupada y arrugada, ese saquito de huesos vestido con un camisón tan ancho y tan negro como su piel, llena de arrugas y pliegues. Creo recordar que llevaba también una gorrita que la protegía del sol y bajo la que apenas asomaba pelo. Era tan poca cosa, era un suspirito…

La mañana en el residencial pasó deprisa, como todas las mañanas, y pasó casi en silencio. Solo el ruido de los coches que cruzaban la carretera, que separaba la pequeña bola de nieve del resto del pueblo, rompía la monotonía del lugar, en el que los grados se iban acumulando al ritmo a que solían cada mañana, en el que la calma era tan clara como el blanco de las paredes, en el que el reposo solo se rompió hacia mediodía, cuando Loreto siguió con su costumbre de asomarse al balconcillo para llamar a José Luis a la mesa. Pero como parece evidente ya a estas alturas de la historia, José Luis no respondió. A veces no respondía, pero a los dos o tres minutos ya estaba subiendo por la escalerita que daba acceso a su apartamento. Esta vez tampoco subió, aunque nadie se dio cuenta.

Bueno, casi nadie. Antonio Lobato de Cortázar, un tipo bastante altivo y presuntuoso, que recordaba cada dos por tres que era abogado y que habitaba la casita del número 19, me dijo, días después, que a la hora en que Loreto avisaba a José Luis para comer, él solía estar por la piscina. Me gusta darme un baño antes de comer. Sí, y tomar un poco el sol, ya sabe. Siempre en la misma hamaca. Ésa, justo ésa –dijo señalando desde la verja de piedra–, es en esa hamaca desde donde mejor se ve el frontal de la urbanización, la puerta de entrada y, ¿sabe una cosa?, sobre todo los paseos que se da la del 24. Sabe quién le digo, ¿verdad? Usted también se habrá fijado… Pero a lo que vamos –dijo sin atisbo de duda–, era habitual escuchar la voz de Loreto y, desde mi posición, ver a José Luis tirar el botellín en la papelera de la puerta y subir a casa. Y en la mañana del sábado, juraría que no subió.

–¿Mantuvo usted algún contacto con José Luis antes de su desaparición? –le pregunté días después de que el hombre del polo de lavanda que arrastraba su tristeza en unas chanclas de verano dejara de dar señales de vida, por ahogadas que éstas fueran.

–Supongo que el mismo que todos. Fue el encargado de recibirme y de explicarme las condiciones del residencial. Igual que a usted, ¿no?

–¿Nada más?

–¡Oiga! ¡Con qué derecho…! ¿Sabe que soy abogado?

–Sí, sí, ya me lo ha dicho un par de veces. ¿Nunca más volvió a hablar con José Luis en todo este tiempo?

–Bueno, sí, una vez fui a buscarle porque la ducha del apartamento suelta unas descargas que te deja el brazo muerto. Parece ser que es común en los apartamentos.

–¿Ah, sí? –cuestioné.

–¿A usted no le pasa? Debe ser el único. Carolina, la del 24, ¿sabe quién le digo? –sus ojos brillaban y sus boca parecía salivar pensando en la exuberante Carolina– a ella le pasa lo mismo.

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