Pequeña bola de nieve (Capítulo I)

Aunque caminaba con cierto ritmo y silbaba mientras trabajaba, José Luis no era un tipo precisamente alegre. La primera vez que lo vi, en aquel bloque de apartamentos que rompían la monotonía de aquel peñasco reseco de la calurosa provincia de Almería, acostumbrada al látigo de fuego y al sudor pegajoso de la humedad marina, estaba asomado al balcón de su piso. Eran tres las cabezas que sobresalían del murete blanco: la de José Luis a la izquierda y la de su mujer, Loreto, a la derecha. Su perro Pepe –un galgo consumido, quizás por el sopor y la modorra– ocupaba el hueco del centro. Eran la viva imagen de la tristeza, de la apatía, del tedio, eran la languidez en carne y hueso. Los tres eran seres enjutos, flacos y muy apocados, de pelo ralo y jaro, capaces tan solo de sacarle a sus labios una sonrisa pírrica cuando, a lo lejos, algún vecino alzaba la mano para saludar. En ese apartamento, ubicado en la mitad del segundo y último piso de aquella pequeña urbanización, consumían sus días como se consumen los cigarrillos que se olvida Beatriz en el cenicero mientras prepara la cena. Su piso hacía el 21 de 28 y era al que acudían el resto de inquilinos cuando se topaban con algún desperfecto en sus moradas. Porque todos eran pisos de alquiler, de esos que se rentan por semanas o quincenas a los que viajan a la playa por vacaciones.

El bloque de apartamentos, encalado, de ventanas enrejadas y de toldos sobre las terrazas del piso superior, era propiedad de Manolo, el único hijo de José Luis y de Loreto, huido de Almería allá por los 90, en sus tiempos de estudiante, en busca de algo mejor. Cuando la vida le empezó a sonreír, Manolo decidió invertir en su tierra y en sus padres, humillados ya por el sudor del invernadero. Así levantó aquella pequeña mole de nieve. José Luis era el encargado de que no se derritiera. Si lo conseguía era a duras penas. José Luis, vestido con un pantaloncito corto, un polo de color lavanda y unas chanclas playeras, madrugaba –quizás dormir también le hastiaba– y se afanaba en adecentar las zonas comunes. Regaba el césped (muy alto y muy duro, tanto que se hacía imposible caminar descalzo sobre él) del jardín delantero y después, con una red, limpiaba de mosquitos y avispas la pequeña piscina en la que los huéspedes se remojaban el sofoco andaluz y que estaba ubicada en el extremo derecho de la pequeña urbanización, cerrada también con un murete blanco y rodeada de tumbonas de plástico y sombrillas de cañizo artificial. El resto de la mañana la ocupaba haciendo que hacía, de aquí para allá: recibía y despedía a los nuevos inquilinos, les enseñaba sus pequeños apartamentos y les explicaba las normas del residencial, que casi nunca eran las mismas, no porque fueran cambiantes según el día. Era más bien que su cabeza no estaba ya para muchas explicaciones. Era habitual encontrarse con las herramientas de José Luis olvidadas en cualquiera de los cuartos: un taladro, una llave inglesa, un destornillador de estrella. Daba igual. A menudo intentaba explicar que la red wifi, existir, existía, pero que los megas no eran suficientes, y que le iban a poner hasta cincuenta, pero que de eso hacía ya seis meses y que el tipo que se lo dijo no había vuelto a dar señales de vida. Eso sí, si ustedes quieren wifi se van a la puerta de mi casa, que allí la cogen seguro, decía, con un botellín frío de San Miguel en la mano, ante el estupor del que le escuchaba. Éste, pronto, decidía despedirle y comprobar por sí mismo que la red wifi no funcionaba y que el apartamento se adaptaba a sus necesidades: dormir, básicamente, tras pasar el día entre la playa y los chiringuitos. Las camas no eran precisamente cómodas, las puertas no cerraban bien, había algún baldosín levantado y el aire acondicionado era más bien a condición: a condición de cómo entrara por las ventanas de dos hojas y mosquitera para los insectos. En la que los inquilinos comprobaban todos esos detalles, José Luis ya estaba en otra parte, con su botellín y su móvil al bolsillo, en el que recibía las instrucciones de Manolo.

–Sí, los del 28 también se han quejado de la ducha. También les da calambre… Sí, sí, se tiene que duchar con chanclas. No, Manolo, yo no… ¿Y yo qué puedo hacer? ¿No lo clausuro entonces?

Era muy difícil entender a José Luis para cualquier madrileño. Al menos a mí me lo pareció el día en que lo conocí, exactamente durante el mismo proceso que repetía con el resto de los inquilinos, ése en el que te explicaba las normas de la urbanización y en el que empezaba a divagar sobre la red wifi y otras historias sin importancia. José Luis hablaba muy rápido y con ese acento propio de su tierra, entre andaluz y murciano, lo que complicaba aún más las cosas. He de reconocer que, a mí, al principio, me producía cierta gracia. Quizás por mi carácter extrovertido, quizás por educación, intenté establecer cierta conversación con José Luis. Quizás tuvo más que ver mi condición de periodista, acrecentada por mi pasado en el Cuerpo Nacional de Policía, en la unidad de crímenes sin resolver. Quizás lo de los interrogatorios era algo que tenía tan asumido como las entradas y las canas que empezaban a definir mi edad y de las que Beatriz no dejaba de mofarse. No me resultó fácil, llegamos a Almería justo después de comer. La resaca estomacal de paella, Marqués de Riscal, helado de vainilla y limoncillo no me permitían seguir muy bien su discurso. Pero no dudé en preguntarle por el supermercado más cercano, por un buen restaurante para cenar con Beatriz y por una cala naturista que me había recomendado un amigo. Con esa apatía general que destilaba su rostro y con esos ojitos acuosos y sumisos, José Luis se mostró correcto y educado en todo momento. Incluso me dibujó un planito de la zona, señalando en rojo el Mercadona más cercano, al que se accedía por un itinerario repleto de “redondas”, un par de restaurantes a los que iba su hijo cuando pasaba por Almería y la playa por la que le había preguntado. Sin embargo, José Luis se mostró más esquivo cuando intenté averiguar más sobre él, cuando le pregunté por el tiempo que llevaba allí trabajando, por el índice de ocupación de la urbanización en agosto y por sus aficiones en sus días libres, si es que los tenía. Entonces le entró la prisa, hizo como que el teléfono móvil sonaba en su bolsillo y salió rápido del apartamento, con su ritmillo habitual, haciendo que hablaba con alguien.

–Sí, Manolo, sí, la 17 ya está ocupada.

Por lo que pude saber después, esta reacción era típica en José Luis, aunque no siempre fingía ese tipo de conversaciones telefónicas. A menudo recibía las llamadas de su hijo, que empleaba un tono bastante elevado con su padre. Algunos de los huéspedes de la urbanización llegaron a escuchar sus gritos por el auricular, que iban creciendo a medida que el tonito de José Luis, apocado ya de por sí, iba menguando. Y es que, como decía al principio de esta historia, José Luis destilaba la sensación de ser un hombre triste, envuelto en su propia melancolía. En su brazo derecho, tostado por el sol y cubierto de pelo, como el izquierdo, acarreaba sus herramientas con resignación, como si las únicas fuerzas que tuviera las gastara silbando esa cancioncita que aprendió de niño y que nunca apartó de su memoria. Con ellas a rastras caminaba por el recinto. De pronto te lo encontrabas paseando por la zona trasera de aparcamiento, intentando poner orden para que cupieran sin problema los coches de los inquilinos. Otras veces estaba vaciando el cubo de fregar en las plantas de aloe vera y otras pintando, con una brochita y una lata de esmalte negro, las rejas de las puertas de acceso al recinto. Y así cada día, interrumpido solo por la voz atiplada de su mujer, que lo llamaba para comer cuando ya había apartado el puchero del fuego. Entonces José Luis dejaba sus herramientas donde primero pillaba, arrojaba el botellín a la papelera de la entrada y aceleraba un poquito, solo un poquito, el ritmo de sus pasos para llegar cuanto antes a la mesa.

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