La playa

20140813_la playaAyer llegué de la playa, de la bahía de Cádiz, para más señas. Y una cosa les digo, me han bastado cinco días para poder afirmar hoy aquí, negro sobre blanco, que la playa es un despropósito descomunal. Una auténtica gorrigüeña, que diría mi amigo Cachi. Yo no sé en qué estaría pensando el que inventó la playa como la conocemos hoy, pero se lució el nota. Alguno dirá que fue Dios quien inventó la playa, pero no es así. A Dios, en caso de que tengamos fe en su condición de creador del universo, que no es mi caso, se le ocurriría la invención de la costa. Esto es, el lugar en el que se encuentran la tierra y el agua de los océanos. Pero el concepto de playa va mucho más allá. La playa es levantarse por la mañana (da igual a la hora que lo hagas, cuando llegues ya estará llena de bañistas) y coger la sombrilla, las sillas plegables, las toallas y las esterillas, la nevera con la Cruzcampo y el tinto de verano ese edulcorado que venden en los supermercados, el gazpacho, la tortilla y el fiambre, la mujer, los niños y la suegra y prepararte para pasar el día al solano y bajo el arrullo amenazante de las olas. Eso sí, acuérdate antes de parar en un quiosco para comprar el Marca, que no te falte qué leer. ¿A quién coño se le ocurrió esto? ¿Quién fue el primero? ¿A quién tenemos que incluir en la lista de los peores hombres de la historia de la humanidad al nivel de Hitler, Stalin, Fernando VII o los consejeros de Caja Madrid?

Digo que es un despropósito lo de la playa porque así lo creo y punto. No hay más que acercarse por esos pasos de madera que habilitan para el acceso a la arena para darse cuenta de lo que digo. La playa es un lugar repleto de cuerpos semidesnudos que provocan pocas sensaciones positivas en el que los mira. Porque no nos engañemos, como dice el refrán, no somos nadie y menos desnudos. Lo de los cuerpos de los bañistas en la playa es de una crueldad supina, digna de las peores películas de serie B. Hay señoras renegridas por el sol que dan verdadera grima, otras que hacen topless como si fueran las fruteras del Mercadona, de las que no comprueban el género antes de ofrecerlo al público. En general, una playa es una gran colección de pieles de naranja, culos caídos y sombreros que han debido ser inventados para tapar la cara de vergüenza de los que se animan a “disfrutar” de sus vacaciones frente al mar. Además, el grado de crueldad se eleva a la enésima potencia cuando el cuerpo de mujer con el que uno se cruza en la playa es uno de esos cuerpos esculturales a los que es mejor no acercarse con la intención de untarle crema, no sea que el teléfono fijo te juegue una mala pasada y comience a sonar a través del bañador. No me llame el lector machista, primero porque no lo soy (bueno, a lo mejor un poco) y segundo porque el espectáculo que damos los hombres no es mucho más halagüeño. Junto a las cabezas calvas achicharradas por el sol y esos ridículos bañadores slip que abochornan al que calza bien como al que asemeja a un cacahué, en la playa uno se puede encontrar con una variedad de tripas similar a la variedad de botones que vendían en El Submarino. Las hay con formas geométricas, de mayor o menor tamaño, pero por lo general son redondas y muy grandes. Las hay de todos los tamaños y de todos los colores, pero todas igual de feas, por mucho que se intenten disimular. Porque no nos pongamos de perfil, todos metemos tripa cuando hacemos ese tétrico paseíllo que va de la toalla hasta el agua. Yo lo hago siempre, y usted también, querido lector. Uno se levanta de un respingo que pretende ser atlético o algo así, mete tripa y empieza a caminar algo henchido, intentando alcanzar el porte que llevaba Antoñete cuando entraba al ruedo de Las Ventas con el capote de paseo, hasta que las olas lo van tapando y entonces se relaja. El problema radica en que la relajación se apodera del cuerpo de uno y cuando sale del agua ya se le olvida volver a meter la tripa, por lo que se dedica a pasear los michelines de regreso a la toalla. Por cierto, que lo de meterse en el agua poco a poco también tiene lo suyo. Primero los pies y luego ya nos va cubriendo por las rodillas sin dejar de pensar, joder qué fría, venga, un poco más, que esto no es nada, hasta que una ola un poquito cabrona te moja de cintura para abajo y te deja los huevos pasados por agua. Después te mojas los riñones entre temblores impropios que no impiden que esboces una sonrisa ridícula como diciendo, ¡uy qué rica está!, no sea que haya alguien mirando un espectáculo tan triste. Una vez que estás dentro, como decía, ya te relajas, hasta el punto de que a algunos –yo diría a casi todos– se nos relajan hasta los esfínteres. El que esté libre de pecado que tire la primera piedra.

Después viene lo de las cremas protectoras de la piel. Yo este año he decidido comprar un tarro en la farmacia, de un cincuenta, me dijo la dependienta, que me explicó que venía con un difusor que facilitaba el proceso de aplicación sobre la piel. 15 euros, me costó. Y la verdad es que este año no me he quemado. Bueno, no me he quemado entero. Les cuento. Yo, imagino que como el resto, llegué a la playa, me desnudé, metí tripa y me di un bañito refrescante, y cuando me hube secado, procedí a untarme la crema. Lo hice con dedicación, restregando bien por los brazos y las piernas, por los empeines y por la tripa, ya relajada después del paseíllo inicial, hasta por ese hueco que queda entre los brazos y el costado, que tan peligroso es. Por la espalda hice lo que pude, porque no me gusta pedirle a nadie que me unte nada en la espalda, que siempre me dicen que se parece a la de Alfredo Landa, ya sabrán ustedes por qué. El caso es que, al día siguiente, mi cuerpo parecía un mapa de esos que salen en la tele en el que se señalan en rojo las regiones con alerta por altas temperaturas. Rodales colorados en la espalda y en el pecho que me sumergieron en el ridículo más absoluto. El de la crema es uno de los capítulos más desalmados del novelón playero. No quisiera detenerme en la que se lía cuando, recién untado en crema, empieza a soplar el viento o un niño empieza a salpicarte de arena con su cubito y su pala, no sea que alguno de ustedes esté cenando y les siente mal la ensalada.

Lo de comer en la playa es otro aspecto de esta tesis que bien merece un análisis. Lo habitual es lo que decíamos al principio: cargar con la nevera, el gazpacho, la tortilla, los filetes empanados, la sandía y el agua fresca. Si algo en positivo puedo sacar de estos cinco días de playa es que yo ya no veraneo con mindangos. Uno, que tiene aspiraciones de conocer a doña Letizia cuando me entreguen el Cervantes y de llenar con sus novelas y ensayos los escaparates de El Corte Inglés en el día de su 90 cumpleaños, ha veraneado este año con gente bien y de buen comer, de los de primero, segundo, postre, café y gintonic. Éramos cinco: un cineasta que va ganando prestigio haciendo películas de la Guerra Civil, el director de un periódico que siempre va cargado con una tablet y dos móviles, una actriz de éxito en la televisión y una princesa que, según me explicó, aspiraba a crecer como persona y que se pasaba el día leyendo las obras completas de Henry Miller. En otro momento hubiera comentado también que, en un par de ocasiones, coincidimos con dos senadores del PSOE, pero lo voy a omitir. No quiero ser víctima del fenómeno Podemos ni de la vehemencia de algunos amigos de Facebook, que me acusarían enseguida de ser cómplice de la casta. A lo que iba, a estos amigos les gusta comer en el restaurante que siempre hay a pie de playa, y que suele ser algo más que un chiringuito. Y no está nada mal, la verdad. Muy ricas las doradas y las brecas a la brasa, las frituras de pescado, las lubinas recién pescadas y el atún de almadraba, regado todo con un buen vino blanco. El problema es sentarse a la mesa forrado de arena, con las plantas de los pies quemados y sollados de caminar descalzo. ¿Dónde quedó el sentido del buen gusto? ¿O es que se disfruta igual de una buena comida con el culo mojado y empapado en sudor, con la ropa arrugada y los pies descalzos que bien vestido y perfumado? Eso por no hablar del niño del cubito y la playa, al que los papis (ella en bikini y él con el torso al descubierto) llevan al restaurante para que siga jodiendo entre las mesas, ¡qué razón tenía Serrat!, mientras ellos degluten tranquilamente.

¿Hay algo que apetezca más, después de una buena sobremesa, que una buena siesta? Ya les digo yo que no, pero en la playa la cosa es harto desagradable. Yo lo intenté, pero en vano, claro. Sobre una pequeña pendiente tendí la esterilla y allí me tumbé boca arriba, con mis gafas de sol y mi sombrero de paja cubriéndome la cara. A los diez minutos la breca y el helado de crocanti (los helados de crocanti son los favoritos de mi amigo Emilio Vega, un importante ilustrador de libros de prestigio, y también los míos) empezaron a regurgitar en mi estómago, afectado seguramente por un calor corporal que iba in crescendo según mi tripa modelo botón de El Submarino se postraba bajo los rayos del sol. Mi cara, abrigada del sol bajo el sombrero y las gafas, empezó a sudarlo todo sin remordimiento alguno, así que duré en esa postura lo que duran dos peces de hielo en un whisky onderrós, que dice el flaco, y decidí que era mejor darme otro baño y ponerme a leer un rato. Seguí el protocolo del buen gordito en la playa: me levanté, metí tripa e hice el paseíllo hasta la arena, entrando directo al agua una vez que la primera ola que me vio llegar decidió mojarme la entrepierna sin avisar. El caso es que el paseíllo se me hizo más corto, no era consciente de que había subido la marea. Y he aquí que sucedió una de las pocas cosas buenas que me sucedieron en la playa: ya estaba yo colocado con mis gafas de cerca y mi libro apoyado en las piernas cuando una ola gigante arrasó con todo. Digo que fue positivo porque no sé si hubiera sido capaz de terminar ese bodrio de novela, escrita por el director de cine Álex de la Iglesia. Creo que el título hace justicia con el lector que es capaz de terminarla: Recuérdame que te odie. No suelo leer este tipo de libros (desde que conocí a la princesa soy más de Henry Miller), pero lo hago cuando estoy con mi amigo el cineasta, que no se piense que no respeto ni a su profesión ni a sus líderes de opinión.

Tras este pequeño desastre natural me dispuse a dar un paseo por la playa. Mi amigo Jesús Toledo, que además de un buen podólogo es un excelente conversador cuando se trata de hablar de fútbol y del Atlético de Madrid, siempre me lo recomienda. Y allí que me fui, a la orillita del mar, a pasear como si tal cosa. Ya, ya, como si tal cosa si quitamos los quince pelotazos que recibí de los gañanes que juegan a las palitas entre la marabunta, el esguince que me hice en el tobillo izquierdo tras caer prisionero en el castillo de arena del niño del cubito y la pala y tras ser atacado por un perro lanero de color negro que estaba empapado y que parecía el mocho de la fregona de un after. No sean malpensados los que me conocen y vayan a creer que el perro mordedor fue el perro de uno de los senadores del PSOE, que este es un can muy bien educado y de buena casta que no se movió de la sombrilla en toda la tarde.

Así que tras el incidente con el perro decidí terminar con la jornada de playa, no sin antes llenar de arena y de salitre los asientos y las alfombrillas del coche, sin quemarme las manos con el volante y sin comprobar que el aire acondicionado se había roto junto al motorcito del elevalunas eléctrico. Eso por no hablarles de la ducha en el apartamento (mis amigos esnobs no alquilan chalets a pie de playa, con piscina y barbacoa, que va), donde me resbalé y rompí la barra de las cortinas de la bañera, para después atascar el sumidero con la arena que iba saliendo de todos los rincones de mi cuerpo al paso de la alcachofa y del chorro de agua fría. No, tampoco funcionaba el calentador.

Anuncios

5 pensamientos en “La playa

  1. Chechu:
    Pasee la playa de Cádiz por primera vez en 1963. Era excepcional, maravillosa y en Cádiz se comía un pescado excepcional. No iba de turista sino de asuntos laborales. Así que no solo vi la playa, vi también los Astilleros y quedé tan impresionado que los recuerdo más que la playa. No obstante, la playa que vi yo nada tiene que ver con la playa que ha visto el narrador de tu relato-crónica. Y en mi caso el pudor no me permite enseñar la tripa, que bastante tengo con sufrirla con mi compañera. No obstante, el humor que destila este texto admite la consideración de excelencia y no esos otros que prometen la excelencia en la educación de los ricos, algo que ellos ya tenían o creían tener.
    Saludos y quedo a la espera de la presentación.
    Un abrazo,
    Cecilio

    • Gracias Cecilio, he de reconocer la excelencia de los pescados, el encanto de Cádiz, el duende de San Fernando y todo lo bueno que tiene la costa en aquella zona del mapa, desde Chiclana a Tarifa. Y más si es en buena compañía. Un abrazo.

  2. Nueve de la noche cenando unas alcachofas cocidas de Aranjuez y mi hijo en la cama. Y tela lo que me reido leyendo la playa.Sigo poniendome al día cuando tengo un ratito.Gracias por estos ratito no dejes de escribir.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s