Otro café, por favor

“Por la cafetería cruza el buitre/ de los horizontes laborales,/ entre tazas, tostadas y periódicos/ se discuten las últimas noticias/ y el hombre del secreto/ se sumerge en el túnel de una nueva semana”.

Hombre de lunes con secreto.

Completamente Viernes. Luis García Montero

Café

En 1980, las cafeteras en las casas eran de esas que se desenroscaban por la mitad, más o menos, para cargarlas con el filtro, el café y el agua. Eran de cintura muy fina y de aroma intenso, como las mujeres que tanto le gustaban a Leo, de esas que te abrasaban si no las agarrabas bien por el asa. Cada mañana, cuando se levantaba, descalzo, con las legañas pegadas al párpado y el pijama arrugado y mal abrochado, con más de la mitad de la vitalidad que encierra un cuerpo de treinta años buscándole por el pasillo, que nadie se ha atrevido a iluminar todavía, Leo marchaba a la cocina, encendía la lumbre y ponía una cafetera que le devolviera a la vida. Era tomarse el café, muy cargado y con poco azúcar, y la vida lo encontraba por fin y comenzaba a entrarle por los pies, cargándole de energía. Su padre decía que la que entra por los pies es la muerte, pero nada de eso. La muerte entrará una noche, con la guadaña y el sayo negro con que la pintan en los cuadros, padre, déjese de rollos. Entre los dichos de su padre y el café de cada mañana, no había color. Así que, con el cuerpo entonado y el alma ardiendo, Leo se estiraba el pijama, estiraba las sábanas y volvía a por otra taza de café. Nunca viene mal una dosis extra de vitaminas, se decía, para meterse luego en la ducha con el ánimo no solo de asearse, sino también con el de rebajar la temperatura corporal. Ya fuera de la ducha, se secaba todo el cuerpo de forma meticulosa con una toalla limpia: la cara y el pelo, con especial dedicación en las orejas, algo a lo que le enseñó su madre desde pequeño, las axilas y los brazos, las piernas, las ingles y los genitales, el culo, los tobillos y los pies. Tras este proceso, rutinario y metódico, salía desnudo hacia su cuarto –daba igual que fuera verano o invierno– y allí se vestía. Era habitual que Leo se vistiera con traje. Mejor dicho, con el único traje que tenía –lo estrenó en la boda de un primo, un par de años atrás– y con el que salía cada mañana, con la carpeta bajo el brazo, a buscar trabajo, eso sí, después de tomarse la tercera taza de café del día que acababa de amanecer y del que apenas habían transcurrido cuarenta minutos.

Eran tiempos duros, muy duros, en los que no había tajo para casi nadie, aunque la ciudad bullía bajo los pies del personal, que bailaba de un sitio a otro buscándose el rancho. En ese juego, a veces tan perverso, apostaba cada mañana Leo toda su energía. De casa a la parada del bus, y de allí al centro entre codazos, restregones, frenazos y olor tabaco y a sobaquillo. Cuando se apeaba del autobús, esperaba de pie junto a la parada al menos un minuto. Dejaba que cada uno de los que viajaban junto a él corriera a su destino. Necesitaba respirar, ordenar las ideas sobre su cabeza y, luego, empezar a caminar con tranquilidad. A veces le costaba demasiado y se dejaba llevar por el vértigo y las prisas con que se movía el personal por el asfalto. Parecían ratas huyendo del barco que naufraga, solía pensar antes de alcanzar su primer destino: una cafetería. Otro café, sí, otro café. Pareciera que Leo tuviera cierta adicción al café. Pues sí. Es posible. Otro café, sí, –“cortado por favor”– con el que acompañar la lectura detenida la sección de clasificados de los diarios de la mañana. En esto, Leo era tan meticuloso como cuando se secaba en la ducha. Seguía el orden alfabético de los títulos de cabecera: primero el Abc, y después Diario 16, El País y el Ya. Con un bolígrafo rojo rodeaba cada una de las ofertas que pudieran interesarle, aunque cada vez gastaba menos tinta. Después, con mucho disimulo, sacaba del pliego las hojas que había marcado, las doblaba en cuatro y se las guardaba en el bolsillo de la chaqueta. Y otra vez a caminar. Por las calles, por las plazas y por los corredores y por los grandes pasillos de las grandes empresas, por los andenes del metro, de vagón en vagón, como esos que van tocando una guitarrita o un acordeón y se cambian de coche después de pasar la gorra, subiendo y bajando de autobuses de líneas que terminaban tras el horizonte, en alguno de esos polígonos de talleres y almacenes de tejados de uralita y portones de chapa que no sucumbieron a la reconversión y que agonizaban entre la grasa y los rodamientos, amontonando albaranes en un pequeño cubículo con ventanas acristaladas y marcos de madera carcomida por el tiempo. Entre tanto, algún bocadillo y más café, “esta vez solo, por favor”, que las pilas flojean.

Leo regresaba a casa con la batería tan baja de carga como las que se apilaban en los talleres recorridos momentos antes. Con la cabeza embotada y el corazón latiendo sin compás, trabajando por impulsos, sin orden ni concierto, se quitaba el traje. Lo colocaba sobre el galán de noche y lo dejaba listo para el día siguiente. Entonces, daba igual que fuera verano o invierno, porque un intenso frío le invadía el cuerpo empezando por los pies. Al final va a tener razón mi padre, pensaba Leo, que, desnudo ante el espejo, sentía como su esperanza se esfumaba traspasando su piel, desteñida y demacrada cuando el día, daba igual que fuera lunes que martes que viernes, tocaba a su fin. Sobre la cama de noventa, encogido como un niño, Leo aguardaba al sueño diseñando la agenda del día siguiente. Más currículos, más pasillos y más corredores, talleres y almacenes agonizando bajo la grasa, vagones de metro y codazos en el autobús. Y café, mucho café.

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