La página en blanco

20140703_Página en blancoY te enfrentas a la página en blanco como aquel cirujano que agarra el bisturí y que, protegido por una mascarilla que casi siempre suele ser verde, se asoma a un abdomen terso y rasurado en el que tiene que intervenir. Sí o sí. Es el mismo proceso, aunque en este caso, en el del folio, cabe el error sin más, caben el borrón y el tachón, caben hasta las faltas de ortografía antes de la última revisión, la definitiva, sobre la que no habrá vuelta atrás y sobre la que recaerá tanta responsabilidad como la que se encierra tras el último costurón del cirujano, que irá poco a poco virando en cicatriz. Tanta responsabilidad o más, claro. Porque el cirujano, al que le secan el sudor, le visten las manos de látex y le van pasando las herramientas con cautela y precisión, sabe de antemano por donde tiene que abrir. Sabe de antemano si su novela es una apendicitis, un asunto de coronarias o un bultito de grasa (lo que viene siendo un relato breve, vamos). Pero la página en blanco no ofrece tantas pistas. Y al escritor nadie le seca el sudor, ni nada de eso. La página en blanco se abre en la pantalla y te dice: aquí estoy yo, empieza por donde quieras. A los viejos galenos que reniegan de la tecnología, la hoja se les muestra desnuda y extendida sobre el escritorio a la espera de que la pluma, el lapicero o un simple bolígrafo que te regalaron en la óptica al comprar las lentillas que te encargó Elena, le meta mano. Sea como sea, en el caso del escritor, el inicio es tan incierto como puede serlo el final. En él tienen cabida los cuentos que nos leyeron de niños y también aquellos versos de amor que escribimos en la adolescencia. Esos que ahora solo provocan rasguños que requieren de poca química. Quizás un poco de aséptico aplicado con un spray. Caben también las novelas interminables, que son como una operación a corazón abierto y que, después del costurón, también viran en cicatriz. Las hay que repasan la historia de reyes y reinas, de herejes, papas y otros cuentos chinos, de guerras y de asedios a castillos que resultan inexpugnables, y también las hay de piratas y galeones, de niños que juegan a ser mayores y de mayores que juegan a ser niños. De pueblos por los que nunca pasó el tren de la esperanza, de grandes ciudades en las que no brilla el sol y que dejan como final el cadáver del malo malísimo. En esas hojas en blanco caben personajes grises como esta tarde de jueves (¿qué le pasa al mes de julio?) y otros que irradian el color y la alegría, camuflando en sus entrañas historias truculentas que han estado siempre teñidas de sangre. En las hojas en blanco de Millás, por ejemplo, caben zapatos que hablan cada noche debajo de la cama. Las de Lorca fueron tan grandes –las páginas, digo– que en ellas cupo hasta la misma aurora de Nueva York, una ciudad que encontró acomodo en los párrafos trazados por el teclado de Paul Auster. Es lo mínimo que puede pasar cuando uno se aventura en una operación como ésta, la de escribir sobre una página en blanco. Puede que al principio te genere inquietud, y hasta nervios cuando se acerca el momento de la anestesia… Puede hasta que te duelan todas las vísceras, que se revuelven inquietas hasta que has salido del quirófano. En principio, todo ha salido bien, un poco de reposo y a seguir viviendo. ¿Os ha dolido mucho?

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