Un auténtico caballero

 “Me resistía a admitir que la vida terminara por parecerse tanto a la mala literatura”

Gabriel García Márquez. Crónica de una muerte anunciada.

20140604_BorsalinoAl levantar la cabeza y verse reflejado en los grandes espejos colgados detrás de la barra, Jaime se decidió a ser de nuevo un perfecto caballero. Unos de esos dandis que salen de casa impecables cada mañana. Con traje de raya diplomática y corbata a juego, camisa bien planchada, zapatos italianos y borsalino, acorde también con el traje. Uno de esos hombres que siempre tienen la palabra justa, que saben agradar cuando abren la boca y también cuando la mantienen cerrada. De esos a los que miran las señoras cuando pasan por la avenida principal, que generan runrún en la cola de los cines y los teatros, de los que nunca duermen solos. Uno de esos hombres de los que sacan su abono en la feria, de los que triunfan solo con plantar el pie en la calle, de los que no pagan en los restaurantes, a los que el aire alimenta hasta cuando no sopla. De los que huelen a perfume y beben en vaso bajo. Era el momento de quitarse ese viejo polo raído en el cuello –pensó Jaime– de tirar las zapatillas, de quitarse ese cinturón al que le sobraban hasta cuatro agujeros y de quemar los vaqueros. Vaya prenda tan horrenda, pensó, antes de volver al ron con cola que resudaba sobre la barra de chapa. Fue en ese instante tan fugaz, el que separa el borde del vaso de la boca reseca y pastosa, en el que Jaime se topó con su cara reflejada en la barra. Mañana me afeito. Sí, de mañana no pasa. Un señor no va con esas barbas. Como mucho un bigote bien recortado, pero no esas barbas de cinco días. Y me corto el pelo, sí, se dijo mientras se intentaba peinar las greñas con la mano izquierda y ayudado por el espejo de la chapa metálica de la barra.

El ruido del bar no logró despertarle de la modorra. Ni los camareros cantando las comandas, ni el hilo musical que subía de volumen según avanzaban las agujas del reloj, ni las cuadrillas de chavales jarreando, ni el enjuague del lavaplatos, ni el silbido de la cafetera, ni el cambio de barril, ni el soniquete infatigable de las tragaperras llamaron la atención de Jaime. Éste solo volvió a su ser cuando sintió que la puerta se abría y que un chorro de aire frío le subía por la espalda. Con un movimiento rápido y certero, giró la cabeza de inmediato para comprobar que ya estaba allí la mujer a la que andaba esperando. Unos tacones altos elevaban un cuerpo bellísimo a los ojos de Jaime. La falda de tubo era una funda perfecta para sus piernas desnudas. Bajo la blusa de seda se escondía el mejor bocado, el más dulce, que jamás probara Jaime. El pelo negro, suelto, le daba un aire agresivo, excitante. Y los labios que una vez mancharon su piel, pintados de rojo. Pero cuando Jaime –borroso como la niebla que se atisbaba tras las cristaleras de la puerta– se quiso acercar para ayudarla a entrar, ella ya estaba colocada en la otra esquina de la barra. Y el camarero ya estaba poniendo hielo en un vaso bajo para rellenarlo después con whisky escocés.

Abriéndose hueco con los codos entre el resto de clientes, Jaime volvió a su lugar en el mostrador. Recuperó su vaso de tubo, lo apuró y ordenó otra copa. Se detuvo en las burbujas de la cocacola al caer sobre el hielo bañado de ron y, después, alzó la vista de nuevo para fijarse en ella. En las volutas de humo del pitillo entre sus dedos y en el licor con el que se remojaba los labios. En la gata de mirada desafiante que soltaba el zarpazo sin cumplir siquiera con el protocolo de la cuenta atrás. En la mujer que posaba el cigarrillo sobre un cenicero, que con una mano aguantaba el vaso y con la otra se abrazaba al cuello de un hombre alto, fuerte, bien vestido y seguro que bien perfumado. De un auténtico caballero. En la mujer que lo forzó a beberse la copa de un trago, a sujetarse las lágrimas con los dedos y a salir por la puerta pensando en los besos que no le dio.

Delante del portal, apoyado en la pared con la mano izquierda, con la derecha rebuscó las llaves en los bolsillos rotos de los vaqueros. Al tercer intento logró abrir la puerta y subió a gatas los cuatro pisos de la escalera. La puerta de casa le resultó más sencilla. Por el pasillo se quitó las zapatillas, el cinturón sobrado de agujeros, los vaqueros –qué prenda tan horrenda– y el polo raído del cuello. Se metió en el baño, se embadurnó la cara de espuma, cambió las cuchillas de la maquinilla y se afeitó. Con unas tijeras viejas se cortó varios mechones de pelo que arrojó al váter. Ya en su cuarto, abrió el armario para sacar el mejor traje que conservaba. Aquél que lució cuando era un auténtico caballero. Se fue colocando las prendas muy despacio, colocado frente al espejo, sin perder detalle del proceso. Impecable. Se puso los zapatos italianos y del perchero de la puerta rescaró el borsalino que lució en sus buenos tiempos. Caminó por el pasillo con la elegancia perdida y en el salón abrió de par en par las puertas del balcón. Ni el frío intenso que horas antes le había helado la espalda, ni la cordura recuperada justo al colocarse frente a la barandilla le frenaron en el salto. Ni el motor de los camiones, ni los gritos, ni las sirenas de las ambulancias llamaron la atención de Jaime, muerto en el suelo.

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