Cine de barrio

20140331_CineJaime colocó en el vaso de loza el cepillo de dientes que acababa de comprar. Lo colocó junto al que usaba cada día y junto al tubo de pasta que le recomendó su dentista. Antes de volver a poner el recipiente sobre el lavabo de cristal, prefirió limpiarlo con un poco de amoniaco y un trozo de papel absorbente. Ahora sí, pensó, ahora la casa sí que está completa. La sensación de no parecer un tipo solitario obsesionaba a Jaime más de lo normal. Eso le decían sus amigos cuando le visitaban en casa y advertían detalles como el del cepillo de dientes o el de las decenas de marcos que decoraban sus muebles y sus paredes, y en los que siempre aparecía en pareja. Él era consciente de ese empeño que se había instalado en su vida. En alguna ocasión, se había sorprendido a sí mismo colocando sobre la mesa dos tenedores y dos copas a la hora de la cena. Cuando por la noche se sentaba a ver una película –el cine era su principal afición– solía dejar en el sofá el hueco justo en el que cupiera otra persona. No soportaba el vacío, pero tampoco soportaba la idea de que alguien llegara a hacerle compañía durante el visionado y que no encontrara asiento junto a él. Algo parecido le ocurría cuando iba al cine del barrio, del que era cliente fiel. Poco le importaban el IVA y la piratería. Él era de pantalla grande. Siempre compraba dos entradas, aunque fuera solo. Rara vez “Boni”, el acomodador, le vio acompañado. Ni él ni la taquillera se atrevieron nunca a preguntarle. Jugaron con muchas hipótesis, pero nunca osaron comprobarlo. Y eso que Jaime no era un tipo introvertido, solía ser bastante amable en el trato, en ocasiones resultaba bastante dicharachero. El caso es que entraba solo, con sus dos entradas y sus dos bolsas de regaliz – una manía como otra cualquiera – y se sentaba a ver la película.

Fue en una de esas sesiones de tarde, un jueves, creo recordar, cuando Jaime se topó en la sala con Rocío. No la conocía de nada, pero el destino quiso que compartieran asientos seguidos en la penúltima fila, muy cerca del pasillo. Ciento cincuenta butacas y solo dos espectadores, uno junto al otro. Aquella tarde, el cine proyectaba una de Clint Eastwood y las andanzas de los actores, los planos, la luz y la banda sonora generaban en ambos las mismas reacciones: sonreían a la vez y a la vez también se sobresaltaban y daban un respingo en el asiento. A la vez soltaron un suspiro final y ninguno de los dos se movió del asiento hasta que no cruzó la pantalla el último rótulo de los títulos de crédito y hasta que no acabaron el último regaliz, un detalle de Jaime con su partenaire. Cuando “Boni” encendió las luces de la sala, Jaime y Rocío rompieron a reír. Al cabo de unos segundos se levantaron del asiento, él se puso la americana gris del último cumpleaños y ella una cazadora de cuero negro abrochada con una cremallera. Uno junto al otro cruzaron el pasillo, desfilaron bajo la pantalla y salieron a la escalera que daba a la calle. Y justo cuando estaban apunto de separar sus pasos, Jaime se adelantó y decidió invitarla a algo en el bar de al lado. Ella dudó un instante, no sé si debo, tengo algo de prisa, ya sabes, mañana, el trabajo, el despertador… Pero terminó aceptando.

Dos tercios de Mahou y luego otros dos. Y a la tercera ronda sus manos empezaron a rozarse, y después a tocarse sin disimulo. Cuando aún se estaban dando el primer beso, las llaves de Jaime ya estaban girando en la puerta de su casa. Tras el portazo y un nuevo arrebato, Rocío pidió tiempo muerto. A la izquierda, a la izquierda tienes el baño, dijo él. Después de cinco minutos, Jaime comenzó a impacientarse. La impaciencia la calmó sacando otras dos cervezas de la nevera, y fue al salir de la cocina cuando se topó con Rocío en el salón. El intentó agarrarla de nuevo por la cintura, pero apenas llegó a rozarla. El bofetón que le plantó Rocío en la mejilla fue más rápido que todo. Más rápido que las risas y que las caricias, que los suspiros y que el revólver del Clint Eastwood. Jaime no había reaccionado cuando un sonoro portazo le volvió a sobrecoger. Tras unos segundos, recogió las dos cervezas y las guardó en la nevera. Después se metió en el baño, cerró la puerta y con las manos apoyadas en los extremos del lavabo clavó sus ojos en el espejo. La sensación era un tanto extraña. Su leve sonrisa solo evidenciaba el nerviosismo de quién aún no ha sido capaz de descubrir la trampa. Luego abrió el grifo del agua fría, y cuando agachó la cabeza se topó con los dos cepillos de dientes colocados uno junto al otro en aquel vaso de loza. Quizás no fue una buena idea, pensó mientras el agua sacudía su cara, roja y escocida por el bofetón. Ni en las mejores películas de amor.

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