Pinturas

20140319_Museo BritánicoAntes de marcharse hacia el museo, cargada con su mochila, su cajón de pinturas y su caballete, Margaret tomaba siempre el desayuno que servían en el pub que tenía bajo su apartamento. De hecho, muchos días, al entrar al local, se lo encontraba sobre su mesa favorita sin necesidad de pedirlo. La chica de la barra procuraba recibirla siempre con una sonrisa y un sonoro ‘buenos días’ al que Margaret jamás respondía. Directamente, se sentaba en la silla más próxima al ventanal –le encantaba mirar el ir y venir de la gente por la calle a esas horas de la mañana– y daba un primer trago al zumo de naranja. Después colocaba la servilleta sobre sus piernas, sacaba el periódico del día y lo colocaba a la izquierda de la mesa. A la derecha colocaba el plato del desayuno, y de forma perpendicular colocaba el café y el vaso de agua. Aquel ritual, que completaba con un chupito de whisky escocés, le llevaba cerca de una hora. Hacia las diez, Margaret colocaba unas monedas sobre la mesa, recogía de nuevo sus cosas y tomaba, ya sí, el camino del museo.

El Museo Británico era el lugar preferido de Margaret en Londres. Llevaba quince años viviendo en la ciudad –en junio se cumplirían los 16, llegó allí procedente de Glossop, un pueblecito próximo a Manchester en el que se criaron sus padres y sus hermanos– y desde entonces no había faltado ni una sola mañana. Al principio, paseaba por sus salas como una visitante más. Circulaba entre las piezas con la curiosidad de quien empieza a descubrir el mundo a través de las vitrinas. Alguna vez se decidió a tomar alguna foto que después intentaba reproducir a carboncillo sobre alguna lámina. Así empezó la afición de Margaret por el dibujo y la pintura, hasta que decidió hacer de ello su profesión. De ahí que cada mañana cargara con sus bártulos y se plantara en el museo, delante de los frisos y motivos que se exhiben en la galería del Partenón. Allí colocaba su sillita de tijera, y allí, sus manos, en las que cada vez se marcaban más sus huesos, con movimientos medidos, daban forma sobre el lienzo a las figuras hercúleas que surgieron de la Grecia clásica.

Una mañana de abril, lluviosa casi como todas las mañanas, y todas las tardes, y todas las noches de Londres, Margaret cruzó aprisa el gran patio enrejado que daba a la monumental entrada del museo. Ya en el recibidor, con un movimiento tan reflejo como inútil, se sacudió intentando secarse el pelo y la ropa. Respiró hondo, comprobó que no le faltaba nada, y se dirigió a la gran galería del Partenón. Como todas las mañanas, ocupó su sitio frente a los frisos y de forma muy meticulosa fue colocando todas sus herramientas: abrió el caballete y la silla de tijera, colocó el lienzo y abrió la caja de los lapiceros, que colocó junto a ella, a la derecha del asiento. Y como cada mañana, comenzó a trazar los cuerpos desnudos que en su día tallaran en piedra algunos de los más grandes artistas de la era clásica. El lapicero de Margaret se deslizaba con destreza sobre el lienzo, lo que en principio parecían líneas curvas sin principio y final se iban convirtiendo en los matices que realzaban los brazos y las piernas de aquellos guerreros, las cinchas de las cuadrigas, los cuellos tensos de los caballos que iban a las guerras de Esparta o del Peloponeso. Sin embargo, a aquellas imágenes que emanaban de los lápices de Margaret, que simulaban a la perfección los claros y las sombras de las piedras labradas, eran imágenes viudas, llenas de vida, sí, pero absolutamente incompletas. Imágenes que parecían mutiladas, como asfixiadas por la falta de aire.

A menudo, Margaret recibía las felicitaciones de los otros visitantes del Museo Británico, que se situaban tras ella y que alzaban la cabeza sobre sus hombros para poder comprobar el resultado de su trabajo. La pintora solía mantenerse al margen de los halagos, ni siquiera agradecía los cumplidos. No solía responder, si acaso un leve movimiento de cabeza que pasaba desapercibido a los espectadores, que disculpaban su actitud hosca en el alto grado de concentración que requería aquel trabajo. Pero aquella mañana, sí que los escuchaba, masticaba esos comentarios que los visitantes hacían a sus espaldas, los valoraba sí, pero seguía pensando en la cojera de sus cuadros. Y en ese pensamiento andaba cuando decidió levantarse para ir al baño. El movimiento repentino hizo que todos los curiosos abandonaran el entorno del caballete, como si aquello no fuera con ellos. La gente se dispersó como si tal cosa. Algunos disimulaban mirando algunos de los frisos de piedra, otros buscaban a sus parejas y otros se limitaban a mirar sus teléfonos móviles, como si acabaran de recibir un mensaje importante. Todos se retiraron menos un hombre, de mediana edad, que vestía uniforme. Era el guarda de seguridad de la sala, al que Margaret miró fijamente antes de dirigirse al aseo.

Apenas fueron cinco minutos los que Margaret permaneció alejada de su obra. Tiempo suficiente para aliviarse y para refrescarse la cara, y para que aquel curioso, que debía trabajar a diario en el museo pero en el que nunca se había fijado, se hubiera marchado ya. Y así fue, cuando Margaret volvió a su silla de tijera, a su caballete y a sus lápices, el guarda de seguridad ya no estaba por allí. Con mucho disimulo, la pintora movió la cabeza de un lado a otro, pero no halló rastro de aquel hombre que minutos antes se había quedado embelesado ante su obra, que delante de su vista otra vez, seguía pareciendo una obra que carecía de algo importante. Y Margaret seguía sin saber de qué.

La artista retomó sus lápices. Ayudada de sus dedos y de sus lápices intentó tomar las medidas adecuadas del friso que intentaba plasmar en su lienzo. Se levantó un par de veces para verlo más de cerca. Llegó a pegar la nariz en las piedras que colgaban de los grandes tabiques de la sala, pero no atinó a descubrir qué le faltaba a su cuadro. De hecho, cuanto más lo miraba más se parecía al motivo original. Pegando sus ojos a los frisos de piedra, retomando en su mente los trazos de sus lápices sobre el tapiz, Margaret había olvidado ya la presencia de aquel curioso, el hombre que no huyó cuando el resto. Sin embargo, cuando Margaret se dio la vuelta para volver a su puesto, el guarda de seguridad estaba allí. De pie, erguido. Justo detrás de su silla. Con una mano en el transmisor y con la otra sujetando un vaso de plástico grande y humeante.

–Le he traído un café. ¿Le apetece? –dijo él, estirando el brazo hacia Margaret.

Ella dudó un instante. Fue apenas un segundo, pero a ambos les pareció una eternidad. Margaret caminó muy despacio hacia él y antes de coger el café dejó bien colocados sus lápices en el cajón de madera.

–Gracias –dijo ella de forma cortante, tanto que el guarda de seguridad se limitó a sonreír y a volver a su puesto, junto a las puertas de acceso a la sala.

Margaret se tomó el café despacio, muy despacio, a pequeños sorbos que tragaba mientras miraba embelesada el lienzo con sus dibujos, sin descubrir aquello que le faltaba al cuadro y que tanto le desconcertaba. El café caliente, que ardía en los primeros tragos, quemaba en el tobogán de su garganta. Sus ojos también eran sensibles al calor de la bebida. Notaba como sus pupilas vibraban y hacían surgir alguna lágrima más bien cobarde, que no se atrevía a deslizarse por sus mejillas. Cuando hubo acabado el café, Margaret recogió sus trastos con la minuciosidad con la que siempre lo hacía y salió del museo. Al cruzar la puerta de la galería del Partenón, la pintora se sorprendió a sí misma sonriendo al guarda de seguridad que minutos antes premió su obra con un café y que ahora permanecía erguido, muy tieso, con las manos a la espalda y la vista pendiente de un grupo de adolescentes franceses que visitaban el museo junto al profesor de Historia de su instituto.

A la mañana siguiente, Margaret siguió su ritual diario. Tomó su desayuno inglés en el pub en que solía hacerlo. Bebió primero su zumo de naranja y observó, desde su asiento, a la gente que caminaba bajo la lluvia de Londres. Pero esta vez no leyó el periódico. Estuvo trasteando con uno de sus lápices y una de las servilletas de papel que reposaban sobre la mesa. Nadie sabe del resultado de aquella acción, pero la servilleta quedó debajo de las monedas que dejó sobre la mesa para pagar su consumición. Después se marchó al museo, hizo el amago de secarse en el gran recibidor y caminó despacio hacia la gran galería de arte clásico. Al cruzar la puerta de acceso, de su boca salió un sonoro ‘buenos días’ que sorprendió a los habituales, sobre todo al guarda del café admirador de su obra. Luego colocó sus cosas frente a la piedra labrada que el día anterior plasmó en sus láminas: abrió el caballete y la silla de tijera, colocó el lienzo y abrió la caja de los lapiceros, que colocó junto a ella, a la derecha del asiento. Pero esta vez de la caja no salió ningún lápiz de carboncillo. No. En esta ocasión, Margaret sacó varios tubos de pintura de colores que extendió y mezcló sobre una paleta, de la que salió el aire que le faltaba a su lienzo, de la que salieron las partes que un día antes habían sido mutiladas del cuadro. A este dibujo le faltaba vitalidad, pensó, le faltaba aire, le faltaba el color. Era frío, muy frío. Tan frío como una piedra.

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2 pensamientos en “Pinturas

  1. Chechu:
    Que hermosa y sensitiva metáfora «quemaba en el tobogán de su garganta» El tobogán de su garganta recorrido por el café que el lector que ha llegado hasta ahí, sin levantar los ojos del texto, espera ahora el inicio de un desenlace, ¿qué falta en el cuadro? Prosigo la lectura. Yo lo sé también yo, a aquel cuadro de Margaret le faltaba el aire, el aire que también le faltaba a ella y que en forma de calor y de color recibió de la amable presencia del guarda del museo.
    Bellísima historia amigo Chechu. El centro de la pasión en forma de mirada quedó bajo las monedas con las que pago su desayuno Margaret. ¡Bonito homenaje a Picasso!
    Ritmo envolvente y de pososidad absorbente.
    Te felicito.
    Un abrazo,
    Cecilio

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