Madrid II/ Noche negra como el miedo

Recostado sobre la barra del bar, atento a no mancharse la manga de su vieja gabardina, Leonard Smith enciende un cigarrillo que ha sacado de una pitillera de plata, heredada de su padre. Es el único recuerdo que guarda de él. Ése, y una antología poética del 27 que le acompaña en su nueva visita a España. El profesor se evade de la escena, absorto en las primeras volutas de humo que manan de su boca. Cuando regresa al sórdido mundo que encierran los bares nocturnos, su vista se topa con un camarero de pajarita que está preparando un gintonic. Sus manos se mueven ágiles con los ingredientes: unos cubitos de hielo, la dosis justa de ginebra inglesa, una rodaja de lima y un botellín de agua de tónica que derrama en la copa ayudado por una extraña cucharilla con forma de espiral. A su majestad le encantaría, piensa Sir Leonard Smith, que en su recorrido visual por la sala se topa con una cara que le es conocida. Con movimientos precisos, apaga el cigarrillo en un cenicero próximo. Del bolsillo del gabán saca unas gafas minúsculas que se coloca con cuidado. Efectivamente. Es Larrainzar, el singular guía que se agenció en su último viaje a Madrid y al que perdió la pista en un cajero automático del barrio de Malasaña.

El inglés retorna entonces a su postura anterior y ordena otro whisky al camarero. Recuerde, que sea escocés, por favor. Del mismo gabán del que rescató sus anteojos rescata ahora una pequeña libreta sobre la que hace algunas anotaciones sin importancia. Sir Leonard juguetea con un cigarrillo entre sus dedos cuando una voz femenina –a él le parece sensual, no sabe muy bien si porque en verdad lo es o porque en ello influyen las tres copas que ha consumido esa noche– que le despierta de su letargo. Es una mujer de estatura mediana, pero muy guapa. Lleva un vestido negro, por encima de las rodillas. El profesor inglés intenta ser muy correcto, pero ella le rompe la estrategia con un abrupto “¡déjese de chácharas e invíteme a una copa, hombre!”. A Sir Leonard se le enredan las palabras, pero consigue que el camarero le entienda y que prepare uno de esos gintonics que tanto gustarían a la Reina Isabel. Poco a poco, el profesor se va soltando, hasta alcanzar el momento en el que no para de hablar, en el que encadena palabras sin control, hasta el punto de sorprenderse a sí mismo por su buen manejo del español.

–¿Y usted? ¿A qué se dedica? –pregunta entonces a la mujer.

–Y eso qué más da –responde ella, descarada y provocativa.

Minutos después, Sir Leonard Smith ha arrojado su gabardina sobre la barra, se ha olvidado de su libreta y de sus notas. En una improvisada pista, se sorprende divertido, bailando una ranchera made in Madrid: “…pero el tequila de los solitarios saben mejor contigo, madmoiselle”.

La música se ha detenido y con ella los aspavientos del inglés, en medio de la pista, medio mareado y buscando con avidez el cuerpo de la mujer que le ha acompañado en el baile. Al cabo de unos segundos, logra recomponerse y vuelve a la barra a pedir otra copa. Lo siento, pero cerramos ya, le espeta el de la pajarita con una mueca. El profesor recoge entonces su gabardina y enciende el último pitillo camino de la puerta.

Afuera refresca y además está lloviendo. El inglés se sube el cuello del gabán y comienza a caminar con la cabeza gacha, al refugio de la lluvia y de esta madrugada de abril en Madrid. Va pendiente de sus propios pasos, como si los fuera contando, como si jugara a no pisar las rayas de las baldosas. Al doblar la esquina, alguien le asalta sin más intención que la de saludarle. Es Larrainzar, el mismo al que había advertido horas antes en aquel club nocturno, el mismo al que dejó dormido en un cajero durante su última visita a Madrid, el mismo tipo que parecía perseguirle por las calles de Malasaña, el viejo catedrático de literatura deportado de su plaza y desahuciado de su casa.

–¡Profesor Smith! ¿Cómo está usted? ¡Cuánto tiempo sin saber de usted!

–Lara.. inzar, ¿verdad?

El alcohol que aún arrastraba en su cuerpo y la sorpresiva presencia de Larrainzar rompieron la línea recta que el viejo inglés intentaba mantener camino del hotel.

–¡Eso es! Conserva usted la memoria, profesor.

­–Bueno, sí, claro. ¿Cómo está?

–Bien, bien. Algo mejor que la última vez.

Ya le ocurrió en su última visita a Madrid. A Sir Leonard Smith le turbaba la presencia de Larrainzar. Era un tipo oscuro, muy opaco y de difícil trato, a pesar de su predisposición a la broma. Era un tipo que aparecía y desaparecía, que parecía conocer a la perfección sus movimientos en España, pero que en sí mismo era impredecible.

–¿Mejor? ¿Recuperó su trabajo? –interrogó el inglés.

–El trabajo… ah sí, el trabajo. Sí, bueno, a la universidad no he vuelto, claro. De ahí me echaron y no volví. Ahora escribo, ¿sabe? He publicado una novelita que se está vendiendo bien y que me ha permitido salir del cajero. No me ha dado para mucho, una pensión de mala muerte en Montera, con desayuno y comida. Para cenar, un par de mandarinas que cojo prestadas por ahí.

–Pero la renta no será muy alta, ¿verdad?

–No, para nada. No se crea que me he hecho de oro. Lo que pasa es que también colaboro con un periódico de la cuidad. Una columna costumbrista, como las de Larra, pero peor, claro –Larrainzar se interrumpe a sí mismo con una gran carcajada­–, no me pagan mucho, pero algo es algo. Además, son puntuales a final de mes.

–Ya veo.

El inglés trató de despedirse rápidamente, pero Larrainzar le atosigaba con un discurso que muy pronto empezó a resultarle inteligible. Sus caras se pegaban casi la una a la otra. Tan cerca que el pestilente aliento de Larrainzar entraba de inmediato por la boca y por la nariz de Leonard Smith. Cuando al final logró zafarse de aquel borracho, el viejo profesor inglés echó a correr.

–¡Oiga, vaya prisas! –espetó Larrainzar desde la distancia, dándose la vuelta y tomando el camino opuesto al del inglés.

Sir Leonard Smith alcanzó su hotel tras un paseo que se le hizo más largo de lo que pensó en un primer instante. En esta madrugada de abril, el Paseo del Prado estaba casi desierto de peatones –algún barrendero, poco más–, aunque por las calzadas los taxis circulaban a gran velocidad. Entre ellos se colaba algún coche particular al que le costaba encontrar su carril y que hacía sonar el claxon de forma continuada. Las ráfagas de luz que iluminan una ciudad como Madrid a cualquier hora de la noche eran un poco más tenues. Es difícil encontrar en Madrid una noche oscura, pero aquella madrugada de abril era lo más parecido al abismo que jamás imaginara el viejo profesor inglés.

Smith cayó rendido en la cama de su cuarto. No tuvo fuerzas ni para quitarse la ropa. Apenas pudo arrancarse los zapatos de los pies. Tal era el cansancio que arrastraba que no lograba conciliar el sueño. Del bolsillo sacó sus pequeñas lentes y de la mesilla alcanzó la antología del 27 que le guiaba en su periplo español y la abrió por una página al azar para toparse con el “Insomnio” de Dámaso Alonso: …a veces en la noche yo me revuelco y me incorporo en este nicho en el que hace 45 años que me pudro, y paso largas horas oyendo gemir al huracán, o ladrar los perros, o fluir blandamente la luz de la luna…[1]

Los versos del poeta, quizás también los últimos efectos del whisky, sumieron al inglés en un profundo sueño del que despertó pasadas las nueve de la mañana. Bajo la ducha intentó con mucho esfuerzo recomponer la noche anterior. Smith se sorprendió a sí mismo sonriendo cuando la mujer esbelta del vestido negro circuló por su mente. La misma sonrisa que esbozara hace dos años tras conocer a Pilar Hernández Gascón, quien resultó ser la esposa de Larrainzar. La misma sonrisa que se apagó cuando se vio en la calle, bajo la lluvia de abril, soportando la halitosis del profesor reconvertido en escritor costumbrista, como Larra.

–¡Como Lagga! ¡Ja! –dijo en voz alta Smith, envuelto ya en una toalla que en su cuerpo resultó reconfortante. Quizás esa fue la mejor sensación de la mañana.

En el buffet del hotel, fiel a sus costumbres, Sir Leonard Smith se dispuso a desayunar acompañado de los periódicos del día. Zambullido ya en la lectura, en ningún momento pensó en toparse con la columna de la que presumía Larrainzar la noche anterior. En ningún momento se topó con ella, aunque sí que se detuvo en el hueco que dejó Umbral a Raúl del Pozo y en la fina ironía de Millás. De improviso, una mano le tapó el último párrafo. No dudó un instante en que la sorpresiva visita sería la del amigo Larrainzar. Disipó sus dudas en cuanto giró la cabeza y se topó con la cara del profesor español, que seguía apestando a alcohol y a humo. Estaba sin afeitar y llevaba la misma ropa mojada de la noche anterior.

–¡Vamos amigo! ¡Que tenemos cita en el museo!

Con su habitual flema británica (a Smith cada vez le costaba más sujetarla cuando se encontraba con Larrainzar, el cuerpo le pedía un exabrupto, a veces incluso llegar a la violencia) el viejo inglés se levantó de la mesa sin apurar el té con leche. Ya de pie se limpió el bigote con una servilleta de papel, se colocó el gabán y se puso en marcha. Cuanto antes vayamos, antes me lo quitaré de encima.

Ya en la puerta del hotel, cegado por el sol que amaneció en aquella mañana de abril y que daba continuidad a una noche negra como el miedo, Smith se buscó en los bolsillos del gabán su bolígrafo y su libreta de notas.

–Deben de estar arriba, espéreme un poco que enseguida bajo –dijo el inglés.

–Deje, deje, vamos que llegamos tarde –le apremió Larrainzar, agarrándolo del brazo y tirando de él.

Smith volvió a suspirar, intentando sofocar la ira que le empezaba a producir el imitador de Larra. ¡De Lagga! ¡Ja! Solo la idea de pasar la mañana en el Prado le consolaba, aunque tuviera que ser junto a Larrainzar. El consuelo murió cuando el taxi se detuvo en la Plaza de Colón y el profesor desaliñado lo arrastró hacia el interior de una gran sala repleta de muñecos de cera a tamaño natural y desnuda de visitantes.

–¡Esto sí que es un museo, y no el del jamón! –dijo Larrainzar tras una fuerte risotada.

Recomponiéndose de la angustia inicial que le produjo aquel lugar oscuro y mal iluminado, Sir Leonard Smith comenzó a moverse entre las figuras, leyendo las inscripciones que presentaban a cada personaje. Pasó cierta angustia ante un carrusel en el que giraban sin parar unos payasos de rostro pálido y vestidos con una túnica roja. Paseó entre las estatuas de los toreros, aquel arte milenario que nunca alcanzó a entender y que en España conllevaba una curiosa liturgia. La figura inmóvil de una mujer, detrás de un burladero, le llamó poderosamente la atención. Era una mujer cuyo rostro le resultaba familiar. De ella destacaba su genial acabado, de un realismo excepcional. El pelo negro, el cutis, el brillo de los ojos… Incluso los brazos cruzados sobre las tablas eran casi de carne y hueso.

Cuando estos se separaron del burladero y salieron al pasillo, Sir Leonard Smith ya estaba tirado en el suelo, con la boca abierta y la respiración muy acelerada. La mujer del burladero se agachó para desabrocharle el nudo de la corbata, mientras Larrainzar intentaba reanimar al inglés soplándole el aliento en la cara. El viejo inglés empezó a volver en sí y fue justo en ese momento cuando Larrainzar le soltó tal mamporro que lo devolvió al estado de inconsciencia. La risa del antiguo catedrático se mezcló con la de la mujer estatua, que lucía un vestido negro por encima de las rodillas que le estilizaba mucho la figura. De uno de sus pechos sacó una pequeña liberta, en la que hizo una pequeña anotación. Después arrancó la hoja y la guardó en el bolsillo del gabán del inglés, sobre el que arrojó despacio un botellín de agua que guardaba en el bolso. Después, ella y Larrainzar echaron a correr.

Smith tardó unos minutos aún en reaccionar. Poco a poco fue recuperando la conciencia y la posición. Otros pocos minutos tardó en ponerse de pie y en intentar recomponer su figura. Con mucho esfuerzo alcanzó la salida y no sin menos sacrificio logró detener un taxi al que dirigió al hotel. Sentado ya en el automóvil, Sir Leonard Smith se relajó. El sol del mediodía quemaba a través de los cristales. El viejo inglés se atusó el bigotito, intento peinarse con las manos y después buscó en sus bolsillos. En el izquierdo encontró la libreta que lo acompañaba siempre, y en el derecho una pequeña nota escrita a mano en una hojita de papel:

Pilar Hernández Gascón

Madrid

1955-2012


[1] Alonso, Dámaso. Insomnio. Antología del Grupo Poético de 1927. Ed. C

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s