Haciendo la cena

tulipanes, copas, vino 167229

En la sartén el aceite ya está caliente. Martín comienza a freír los huevos, y la verdad, no lo hace mal. Maneja con soltura la espumadera hasta conseguir la puntilla que tan solo su madre era capaz de coserle a los huevos fritos. Atento a la cocina, Martín no advierte la presencia de María, que se acerca por detrás para colocarle un delantal. A ver quién saca luego las manchas de la camisa, le dice con sorna. Él le responde con un beso y sigue a lo suyo. Sin perder de vista los huevos, en una cazuelita de barro cocina unas gulas con unos ajitos en láminas. A falta de guindilla fresca, le añade una cayena. Entre tanto, María rebusca en el primer cajón de la cocina, y cuando ha encontrado el sacacorchos abre una botella de vino. Con una caricia aparta a Martín, estira su cuerpo esbelto hasta el armario de arriba, del que saca dos copas. Las rellena de vino y le invita a brindar. Al beso de las copas le sigue el de sus labios. Martín absorbe las dos lágrimas de vino que se escapan por la comisura de la boca de María, y enseguida vuelve a la sartén. Ella da otro trago a la copa, abre la nevera y empieza a sacar los ingredientes de la ensalada. Abre el grifo de la pila y bajo el chorro corta y enjuaga bien las hojas de la escarola. Hace lo propio con un par de tomates de los que ayer le trajo su padre de la huerta. Los pela y los trocea con precisión. En sus manos, la puntilla es el bisturí del mejor cirujano del mundo. Espárragos blancos recién hervidos, remolacha, crujiente de cebolla, un poco de queso curado, que tan bien va con las anchoas, y unos trocitos de pan frito hacen el resto. Sal, aceite de oliva y muy poco vinagre. De vinagre nada, dice él mirando de reojo, sin perder de vista la lumbre. Ella agarra de nuevo las dos copas y brindan otra vez, ahora entre risas. Martín ya ha colocado los huevos sobre dos platos y se dispone a dar el último golpe de fuego a la guarnición. María ya está poniendo la mesa. Sobre el mantel coloca dos copas limpias, los cubiertos de plata que le regalaron en el banco y un par de servilletas bien dobladas –ella misma les ha dado el último planchado con la palma de su mano– de  color rojo. También le ha buscado posición a la ensalada. Vuelve a la cocina y con la misma precisión con que troceó los tomates corta un poco de pan. Coloca los trozos en un cesto de mimbre cubierto en el fondo con un trozo de papel de cocina. Martín ya está emplatando las gulas y sale con los dos platos al comedor. Ella regresa rápido, con el pan y con el vino que empezaron hace un rato. Ya sentados, uno frente al otro, sus miradas se cruzan. Martín se coloca la servilleta sobre las piernas y llena las copas de vino. Pareces cansada. Ella asiente con la cabeza. Está cansada, sí, pero no ha perdido la sonrisa. A su sonrisa responde él con una caricia alargando el brazo izquierdo. Con el derecho agarra la servilleta y la lanza sobre la mesa. ¡Qué demonios! ¡Esta noche cenamos fuera!

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