Desde el aire

201008_Leeds (139)

“Nunca supimos qué pájaro era aquél que cantaba…”

(Infame Turba, Pablo García Baena)

Cuando Alba estaba ya en el aire sintió que el viento la despeinaba violento y la desnudaba de sus prejuicios. Desde lo más alto del cielo comprobó que los gigantes no eran más que molinos de viento. Moles de papel de apariencia fuerte y robusta tan frágiles como ella. Tan frágiles como las nubes, blancas y espumosas como el licor de los viernes, como los besos de madrugada. Las ramas de los árboles eran los abrazos a los que jamás renunciaba y los tejados, teñidos de ocre, eran la cama en la que los sueños se esfuman con el ring ring del despertador. Desde las alturas todo era distinto, desde el cielo los amigos eran diminutos, y la familia también, y todos sonreían cuando miran arriba, cegados quizás por el sol o por la belleza de quien está apunto de aterrizar en sus vidas. Cuando Alba se arrojó por la ventana jamás pensó en que el mundo la estaba esperando abajo, con sus prejuicios y sus licores, con sus besos de madrugada. Un mundo que contaba un viernes cada siete días, lleno de abrazos y de sueños. De gente que sonríe cegada quizás por el sol.

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