Gloria bendita

Doña María aprieta los dientes y tira de su nieto más pequeño calle arriba, a sabiendas de que por mucho que corran volverán a llegar tarde. La mano izquierda la guarda en el bolsillo de un abrigo viejo y raído por algunas partes que apenas la preserva del frío. Cubre su cuello con una bufanda que ha ido tejiendo con retales y restos de lana que guardaba por casa. Unos calcetines gordos, de color rojo, le asoman por encima de unos zapatos tan frágiles como sus pulmones. El invierno está siendo duro y en casa de doña María apenas si pueden encender el viejo brasero eléctrico. Cuando sus nietos le dicen que tienen frío ella les contesta que luego viene el tío Paco con las rebajas. En los dos últimos meses han tenido ya dos cortes de luz por el impago de la factura. Y no solo hay que pagar la luz, es que sin butano no pueden guisar y los niños, mucho o poco, tienen que comer. Esas son las cábalas que doña María se hace cada día, cuando va hacia el colegio de los niños y cuando acude al almacén del cartonero que le compra lo que recoge al peso. Ayer se dio bien, así que hoy a los garbanzos les añadirá un pedazo de tocino. A ver si así ahorramos diez minutos de brasero, se dice camino del mercado con su viejo carro de la compra. La de hoy es liviana, claro. El trocito de tocino y una botella de leche para el desayuno de mañana. El grueso del carro lo llenan los cartones que doña María recoge en la trasera del mercado, donde se apilan las cajas de cartón que van dejando los camiones que surten de mercancía a los puestos de venta. Con un poco de suerte, entre caja y caja se habrán colado un par de boquerones o de sardinas, quizás alguna pieza de carne que no esté muy allá. A lo mejor, una botella de aceite de oliva que alegre sus viejas sartenes. Aunque con esto de la crisis, cada vez son más los que se citan a la espalda del mercado y los lujos que se extravían tienen demasiados dueños. Con los cartones recogidos, doblados y bien atados, doña María camina despacio hasta el almacén de Genaro, que la invita a un café caliente y la anima a arrimarse un poco a la estufa mientras pesa la mercancía. Genaro le reprocha, una vez más, que le lleve los cartones mojados y doña María ya no busca excusas. Su sonrisa pícara termina por contagiar al bueno del cartonero. Hoy han sido 7 euros, que no llegan ni para la bombona. Con un poco de suerte, habrá gas para el cocido, cavila de nuevo en la calle. Antes de llegar a casa, doña María entra al estanco del barrio. “Si solo paso a saludar”, le dice a su amiga Lucía, una mujer arrugada por los años y vestida de negro, que despacha con rapidez a los clientes que entran y salen del despacho. Pero doña María sabe que tras el saludo caerá alguna propina. “Toma mujer, María, si no nos ayudamos las vecinas…”, le dice la estanquera poniéndole en la mano un paquete de Fortuna del que dará cuenta su yerno, un hombre inválido al que cuida en casa mientras su hija se busca la vida. Ya en casa, en la vieja cocina de formica, doña María enciende la lumbre y pone sobre ella un puchero de agua y sal, al que añade un puñadito de garbanzos. Del carro saca el trocito de tocino, que desenvuelve con cuidado y que se acerca a la nariz para olerlo: “Hoy el cocido, gloria bendita”.

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Un pensamiento en “Gloria bendita

  1. Chechu:
    Muy bueno, muy lírico, muy realista, ¡más aún que Rafael Chirbes! Si no supiera que eres un chaval, si por asomo fueras contemporáneo mío, solo un pequeño detalle me haría dudar si estaba escrito ahora o en los años cuarenta o cincuenta del siglo pasa. El pequeño detalle, el brasero eléctrico.
    Te felicito y espero tocarlo en papel en cualquier momento.
    Un abrazo,
    Cecilio

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