Memoria de la Navidad

20131225_Robinson CrusoeAnoche me fui a la cama con el último librito de cuentos de Benjamín Prado (“Qué escondes en la mano”, Alfaguara) y algunos de los retazos de la historia del niño Iñigo Salvatierra me hicieron recordar con cariño alguno de los regalos que recibí de niño por Navidad. No sé muy bien si aquellos presentes eran los que había pedido, si los deseaba con mucha fuerza o si torcí el gesto cuando abrí el paquete. Sea como sea, anoche a mi mente bajó aquel tablero de ajedrez y aquel cajón de piezas que aún conservo en el fondo de un armario. Recordé aquel tren eléctrico que daba vueltas sobre una vía circular de raíles de plástico amarillo y que montaba en el salón que mi madre tenía reservado solo para las visitas. Y me acordé de los libros ilustrados con las mejores historias de Julio Verne y del Robinson Crusoe de Dafoe. Y a mi mente bajó también la historia de una ambulancia de juguete –era preciosa, recuerda siempre mi madre– de la que yo no guardo memoria alguna pero que sale a relucir cada noche de reyes. Fue un regalo de mi abuelo Joaquín, orgulloso del nieto que daría continuidad a su apellido. Siempre fui su favorito, aunque esté feo decirlo. El caso es que, según me cuentan siempre, abrí el paquete, saqué la ambulancia, la estampé contra el suelo y me puse a jugar con la caja. Cosas de niños que a mi abuelo le procuraron un disgusto y que años después solo nos producían mucha risa. Hoy me acuerdo mucho de mi abuelo, de su carácter recio, de la firmeza de su voz y sobre todo de su cariño. De aquel cochecito negro que heredé de él y con el que le llevaba a comprar fruta y vino a granel donde su amigo Laguna. Me acuerdo de él, de sus últimos años, de los viajes al hospital en ambulancia y de las tardes de pellas en la universidad, que aprovechaba para visitarle y afeitarle cuando se quebró la cadera y su corazón se agrietaba. Hoy mi abuelo se hubiera sentado a presidir el banquete de Navidad en el salón de su casa, aromada con el calor de su preciosa estufa de leña, con su mirada clavada en mi abuela, que perdió la memoria de la tristeza y que anoche se reunió con él en el cielo a celebrar su primera Nochebuena juntos en doce años. Ahí estaría mi abuelo, con su rebeca de lana y su corbata, con su gesto de satisfacción ante una familia que le fue más ingrata que otra cosa. ¡Feliz Navidad!

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2 pensamientos en “Memoria de la Navidad

  1. Chechu:
    Hermosa aventura. Todos permanecemos en la plaza de la infancia hasta que algún acontecimiento inesperado nos anuncia que aquello se acabó. Y es entonces, a partir de ese momento, unas veces felices otras no, que nos damos cuenta de que ya no somos niños, que hemos entrado en otra dimensión y empezamos a recordar y darnos cuenta de que empiezan a faltarnos los abuelos, algún primo, aquel amigo. Sin embargo aún permanecemos en la plaza y, tal vez mañana, el barrendero nos de un escobazo y nos desaloje. No obstante, en mi caso, lo primero que barrió el barrendero fueron aquellos panderos que, para el niño, eran enormes. ¡Feliz Navidad!
    Un fuerte abrazo,
    Cecilio

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