El sol del otoño

El sol del otoño apenas calienta, pero es capaz de provocar guiños cómplices en las mañanas de domingo y de dibujar sombras imposibles sobre el asfalto de las calles. Con el sol del otoño las tardes animan al paseo sobre la alfombra de hojas secas, que se arremolinan cuando arrecian las primeras rachas de viento en los recovecos de las calles y plazas del urbanismo clásico. Unas veces son esquinas de callejones sin salida, otras, soportales. Se amontonan igual que las hojas del calendario, que alarga sus plazos y acorta tus días. Bajo el sol del otoño, abril se convierte en un sueño lejano. Es el sol del otoño el que te devuelve a una rutina que se antoja deliciosa durante las primeras semanas, el que rescata tu sombrero del perchero del recibidor, desnudo, como tú, durante los últimos meses. Bajo el sol del otoño son más calientes los besos, y bajo tu jersey de color púrpura, son más difíciles las caricias. Tus manos rehúyen de las mías y buscan ávidas los bolsillos del gabán en el banco de la plaza. En ese banco te espero, bajo las ramas desnudas de los plátanos, arropado por el sol del otoño.

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