Un candado y una rosa

Cuando el pequeño Ángel, a los cinco años, decidió guardar aquel candado y aquellos pétalos de rosa seca no pensaba en el futuro. Ángel, de niño, solo pensaba en jugar con lo primero que encontraba. En una cajita de madera que robó del cuarto de su hermana guardó aquel tesoro, que custodió durante años y años allá donde fue. Así, el tesoro viajó con el en sus primeras vacaciones a la playa y lo hizo también en su primer campamento de verano. Poco le importaban las preguntas curiosas de sus compañeros de excursión. El candado y la flor seca, bien custodiados, le acompañaron en el instituto y también cuando se instaló en una residencia de estudiantes de Alberto Aguilera, el mismo año en que empezó la universidad. Cuando acabó la carrera, Ángel encontró trabajo –de lo suyo, presumía su madre ante las vecinas– y colocó su cajita de madera en el sitio más noble de su nueva casa, un piso de 50 metros en el centro de Madrid.

Cuando el pequeño Ángel movía aquel valioso cofre en el trasiego de su vida no pensaba en el momento de cumplir 35, ni en que para entonces estaría preso de una flor marchita, pero atractiva y seductora como solo lo son las rosas que más han brillado en sus jardines bajo el sol de mayo. Una de esas flores que se van secando también en el tallo, en el que las espinas también se mueren. Entonces se vuelven más duras y dolorosas al contacto con la piel. Una de esas rosas que pinchan y duelen, y que absorben la sangre que brota de los dedos que las agarran.

¿Qué tendrán las rosas que duelen tanto?, se preguntaba el Ángel adulto en sus noches de insomnio, agarrado a su caja de madera con una mano y a la almohada con la otra. ¿Por qué me duelen las flores?, se decía a sí mismo en el silencio, para abrir después el cofre del tesoro, sentir la suavidad de los pétalos primero y el frío del candado después. Así pasaba las noches el Ángel adulto, abrazado a un tesoro que era suyo y que compartía con otros hombres menos desconsolados que él, que buscaban en su flor el aroma añejo de un antiguo amor o, simplemente, la diversión y el placer.

Esa flor que ataba a Ángel a los 35 entraba cada mañana al cuarto que compartían acompañada de los primeros rayos de sol. Se quitaba los zapatos y arrojaba el bolso sobre la cómoda. Después se despojaba de algunos de los pétalos que la adornaron por la noche y exhibía sus pinchos duros y afilados, los que arañaban y repelían a Ángel cuando se acercaba a besar a su flor. El aroma que ansiaba cada noche se convertía, por la mañana, en un hedor insoportable. El del tabaco y el alcohol, el del perfume que exhalan el vicio y la necesidad. Un hedor que en ella evocaba tan solo el sueño y que a él le expulsaba de la cama como la patada que se le da al perro insolente que quiere dormir entre las sábanas de sus dueños.

El paso siguiente, el de la rutina: una ducha, vaqueros y camisa limpia, un café cargado, vuelta al baño y maletín. Antes de coger la puerta, Ángel regresaba al cuarto sin ganas de respirar y rebuscaba en el bolso de la cómoda. Hoy fueron 400, no está mal. Cogía lo justo para el metro y el menú del día y agarraba su cajita de madera, que horas antes había colocado con cuidado en la mesilla. La guardaba en su maletín y salía a la calle. Un día más, el Ángel adulto se moría de ganas de arrojar la maldita caja al contenedor de su portal. Cada día se paraba ante él sin ninguna determinación, aunque él pensara lo contrario. Se moría por deshacerse del candado que le ataba a aquella flor, pero podían más las ganas de acariciarla. Al fin y al cabo, aquella había sido la flor que más brillaba en su jardín bajo el sol de mayo. Una flor dura y dolorosa al tacto.

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