Mi infancia son recuerdos…

Los recuerdos de infancia de Machado se concentraban en un patio de Sevilla. Los míos, en el patio y en las aulas de una escuela pública con nombre de campesino… y encima santo. Su estampa se representa en un mural de azulejos que colocaron a la entrada cuando el colegio cumplió un cuarto de siglo, que no es moco de pavo. Por debajo del santo pasan a clase los chicos y chicas como lo hacíamos cada día nosotros a mediados de los ochenta. Era ver la puerta abierta y empezar a correr como el Séptimo de Caballería. La fila ordenada que debíamos formar, los niños a la derecha y las niñas a la izquierda, se convertía en una marabunta de seres menudos que subía las escaleras arrastrando las mochilas y las trencas, que nos colgábamos de la capucha imitando a Supermán. Después entrábamos a clase entre agitados y nerviosos, advirtiendo el semblante serio de don Carlos, la entrañable y redonda silueta de don Francisco, la mueca socarrona de don Luis o la figura espigada de la señorita Maribel. ¡Ah, la señorita Maribel! ¡Qué poca gracia le hacían las carreras por los pasillos! ¡No veis cómo venís!, exclamaba enfadada señalando a Lorenzo, un niño mofletudo que se secaba el sudor con un pañuelito de tela que guardaba en el bolsillo del chándal. Más de una vez nos obligó a subir y bajar escaleras durante toda una mañana. Para que sepáis comportaros, decía. Otras veces nos enseñaba a pelar la fruta con cuchillo y tenedor y otras a dibujar y a pintar sobre papel de lija. Pero la mayoría de las veces nos enseñaba poesías como la de Machado, al que nos enseñó a admirar y a respetar. Lo cierto es que en aquellas aulas, inmensas en proporción al tamaño de sus habitantes, aprendimos a leer y a escribir, a sumar y a restar, a rezar cogidos de la mano, a conocer el sistema respiratorio del ser humano, a que cuando uno se presenta en inglés dice “how do you do?”. También aprendimos a medir la métrica del olmo viejo hendido por el rayo, a reírnos del señor que se encontró con una mosca en la sopa y a que el Test de Cooper era una putada de tamaño considerable, que decimos ahora de mayores. Bueno, aunque alguna palabrota ya se nos escapaba en el recreo. Eso sí, procurábamos soltarla lejos de los oídos de don Juan, que paseaba por el patio haciendo un suave ejercicio de muñeca que le servía para enrollar su silbato en el dedo índice de su mano derecha. ¡Cualquiera se atrevía! El recreo sí que molaba. Menudos partidos de fútbol se formaban. Jugaba tanta gente que podías pasarte la media hora corriendo por la cancha y volver a clase sin haber tocado el balón. Como mucho, te habías llevado un pelotazo, que era muy distinto. O te rompías el chándal a la altura de la rodilla, lo que implicaba bronca en casa y rodillera al hueco. Una música cansina y pegadiza que sonaba por los altavoces del patio avisaba del final del recreo. Eso nos obligaba a colocarnos en fila, cada uno en la de su clase. Yo siempre iba en el grupo D. Primero D, segundo D… Así hasta octavo D. Siempre con la D. La D de Dámaso Alonso, la D de los decimales o la del diccionario. La D de diálogo, de democracia y del dios que nos visitaba una vez por semana para hacernos rezar en corro y de la mano. Menos mal que el “señor” –así lo llamaba la señorita de Religión– no venía a los exámenes. Solo nos faltaba estudiarnos de memoria lo de San Juan Bautista y lo de las plagas de Egipto. Porque eso, si te lo estudiabas, tenía que ser de memoria. Lógica tenía muy poca. En los exámenes entraban las cosas importantes. Las ecuaciones de primer grado, el análisis sintáctico o la Guerra de la Independencia. Pero lo mejor de los exámenes era la ceremonia que se organizaba. Sacaban a todos los grupos al pasillo, con mesas y sillas, y allí nos juntábamos setenta u ochenta chicos, vigilados por los tutores y eso. Fulanito detrás de menganito. Tú, niño, mueve la mesa a tu izquierda. Y así. Menuda odisea. Ni la de Homero. Eso era lo mejor de los exámenes. Eso era lo mejor, sí, y lo peor era llegar con las notas a casa y ver la cara que ponía tu padre. Eso ya molaba menos. Era una putada casi tan grande como el Test de Cooper. Pero así eran cosas del colegio. Cosas de aquel colegio con nombre de santo labrador, en cuyas aulas y pasillos, en cuyo patio, en cuyo espíritu se guardan los recuerdos de mi infancia.

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4 pensamientos en “Mi infancia son recuerdos…

  1. ¡Qué suerte la tuya, Chechu! Vaya colegio más fardón, niños y niñas juntos —aún te recuerdan—, como pasa en la vida, como pasa en la muerte. Los hombres y las mujeres —niños, jóvenes o ancianos— vivimos y hemos de vivir siempre juntos, por esencia de especie y por voluntad de ser y estar. Mi colegio no era así: los niños por aquí y las niñas por allí. Que las niñas son paja y los niños fuego, llega el domonio, sopla y ya está liada. ¡Qué suerte la tuya!

    A parte de la bromilla, querido amigo, o, más bien, respetado autor, es la excelencia del texto lo que me ha gustado. Ya sabes que te sigo y que leo tus trabajos. Hay personalidad y estilo. Sí, estilo pulcro y elegante, sin paja ni aditamentos artificiales, de cocina muy limpia.

    Seguiré leyendo tus relatos y acumulando detalles sobre tu narrativa.

    ¡Felicitaciones!

    Un abrazo, Cecilio

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