Louise

Afuera está lloviendo. El salón está a oscuras. Es el momento ideal para echar una cabezadita. Al menos para cerrar los ojos y pensar. El sonido de la lluvia contra el suelo colabora en el proceso. La casa está muy limpia, huele al perfume de mandarinas que compra Sara cuando viene todas las semanas. Me he decidido a poner música. No muy alta. Algo de soul y un poco de jazz. Me gusta el jazz, me recuerda a mis años en Nueva York y a los buenos amigos que dejé en los clubes y en los bares de música en directo. En la soledad del momento, el piano y la trompeta se disfrutan si cabe un poco más. En Nueva York la vida tenía un ritmo frenético. Los coches, grandes y veloces, se movían de forma lógica. Puede parecer extraño, pero es así. Mirar al suelo de las aceras era mirar a los pies de los miles de personas que las abarrotaban a cualquier hora del día o de la noche. Grandes edificios acristalados, cafeterías muy elegantes, muchos restaurantes de comida rápida… Muchos dicen que Nueva York es una de las ciudades más importantes del mundo. Nueva York es la ciudad. Ni más menos. En una de aquellas cafeterías conocí a Tommy y en uno de esos clubes nocturnos, el Harpper’s, al que Tommy me llevó una noche, conocí a Louise. Louise era una mulata espectacular. Su nombre real era Luisa, pero en Nueva York llamarse Luisa no era gran cosa. Y menos en una mujer como ella. Por mucho que una viniera de Cuba. Louise era alta, muy alta. De piernas largas, caderas sensuales y pechos pequeños. Y muy guapa. Louise puede ser la mujer más guapa que haya visto nunca. De labios carnosos, casi siempre pintados de rojo intenso, nariz pequeña y puntiaguda. Tenía dos ojos grandes, negros, intensos. Eran una ventana al abismo. ¡Qué ojos los de Louise! Aquella noche, en el Harpper’s, llevaba un vestido negro corto y muy ajustado, a juego con las medias de cristal. Tommy nos introdujo y me apresuré a invitarla a un cóctel. Si no recuerdo mal, fue un margarita con tequila de importación. Recostados sobre la barra de cristal, acolchada en sus aristas, charlamos sobre España y sobre Cuba. Muchas cosas en común y mucha distancia en kilómetros y en evolución. Al menos es esa mi percepción. Creo que también era la de Louise, huida de La Habana seis meses antes. El local era uno de esos sitios vibrantes, que solo existen en Nueva York. Dos negros vestidos con traje y gafas de sol, subidos en un pequeño estrado, ejecutaban las mejores piezas de Wingy Manone, Jimmy Reese Europe y Duke Ellington.  De vez en cuando, una joven, también de color, les acompañaba con una voz electrizante. Muchos en el Harpper’s la comparaban con Aretha. Yo no creo que la alcanzara, pero eso no es importante ahora. Louise me comentó su afición a la literatura. Sobre todo a la literatura en castellano. Le gustaban mucho los novelistas latinoamericanos. La Rayuela de Cortázar era su libro favorito, pero también disfrutaba mucho de Rulfo, de Bryce, de Vargas Llosa y de un poeta brasileño del que ahora no recuerdo su nombre. Entonces yo le dije que era escritor. Aquello sirvió para que no me dejara escapar en toda la noche. Me preguntó por mi obra –escasa en aquellos momentos– por mi método, por la construcción de los personajes y de las tramas, por mis influencias literarias y por cosas así. Preguntas muy típicas que surgen en la vulgaridad de una entrevista pero que resultan muy halagadoras viniendo de una mulata como Louise. El club era un local oscuro, como los ojos de Louise, con algunos focos colgados del techo que proporcionaban una luz tenue a las mesas, repartidas por la sala con mucho criterio. Gran parte del público eran parejas que acudían al Harpper’s a disfrutar de la música en vivo. También había siempre un buen puñado de hombres solos, casi siempre vestidos con traje y gabardina, que tomaban copas donde fuera después del trabajo. Apurando yo la última, decidí invitarla al apartamento que había alquilado para mi estancia en Nueva York. Entonces ella me besó en los labios. Podría decir que fue uno de los mejores besos de mi vida, pero no. Diré que fue el beso. En uno de esos taxis que salen en las películas y que huelen tan mal como en las películas llegamos al apartamento. En el ascensor, Louise continuó besándome. Abrazado a ella disfruté del volumen de su cuerpo, del que solo había conocido a través de mis ojos. Algo miopes, por cierto. Entramos juntos y cuando me di cuenta Louise ya estaba desnuda. Y desnuda estaba sirviendo dos copas de whisky con mucho hielo. Enseguida se mojó los labios y se dispuso a seguir mojando los míos. No tengo que contar cómo pasamos la noche. Sí, diré que fue la noche. Jamás he vuelto a disfrutar de una piel como la de Louise. Ni de una boca como la de Louise. Ni de unas manos como las de Louise. Jamás he vuelto a disfrutar del sexo como lo hice con Louise. Amanecí abrazado a ella. Despierto sobre la cama, noté la lluvia sobre la persiana de aquel apartamento. Decidí que era un buen momento para seguir soñando. Al menos para pensar. Encendí el pequeño reproductor de música de la mesilla con el volumen muy bajo. Aretha. Ellington. Nueva York. Louise.

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2 pensamientos en “Louise

  1. Chechu:
    Cuando escribas no tengas prisas. Degusta como si comieras un manjar la repentina aparición de cada palabra. Grábalas o acuchíllalas, pero gusta su sabor. Tal vez ya lo haces y por ello tus relatos tienen sabor y huelen, huelen mucho mejor que los taxis de Nueva York. Hermoso, conciso, lírico. Aquí, junto a Louise, me has recordado, ¡maravilloso encuentro!, a Hemingway.
    Un placer leer tus relatos.
    Saludos,
    Cecilio

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