Way of life

El siglo de la crisis ha relevado en la historia al siglo de las guerras. Las crisis son como las guerras. También matan. A su manera, pero matan. Esta guerra ya no es entre países ni entre bloques. Esta guerra es otra cosa. Esta guerra la promueven los poderosos contra los comunes. No divide entre países ni entre bloques. El enemigo a liquidar es el común de los mortales, podríamos decir. Esto es así y es muy difícil de rebatir, aunque en lo contrario se empeñen las televisiones que nos amenazan en cada noticiero. Agencias de calificación, multinacionales, bancos centrales, europeos, los hermanos de Lehman y los muñecos de cachiporra que gobiernan los países conforman el bando de los malos. Los que nos atacan y nos echan de casa, los que dejan a nuestros abuelos más pobres que hace diez o veinte años, los que intentan dejarnos la beneficencia como único way of life. Si así mola más, es todo más americano. Eso deben pensar. ¿Qué hace un tipo como tú con un sueldo como ése? De eso nada. Tú mileurista, y date con un cantito en los dientes. Que tienes ¿qué? ¿Carrera? ¿Dos master? ¿Un currículo brillante? Pues esto se va a acabar. La universidad, para el que pueda pagarla. Tú habrás estudiado, sí, pero tus hijos que se olviden. Y no te quejes, que al final me lo vas a agradecer.

Ante este abuso ideológico y especulativo, camuflado en la crisis, no cabe la resignación. La resignación es el primer paso hacia la muerte de todo lo que hemos conocido. Es el camino hacia la sepultura de todos nosotros. Y es que las crisis también matan. Gente sin empleo y sin cobijo, enfermos de desesperación. Gente que dejará de tener rostro, nombre y apellidos. Gente anónima apilada en las cunetas del crack económico y financiero, de los ajustes de producción, del control del gasto presupuestario, de la prima de riesgo y de la ponderación de los impuestos, tasas y aranceles… Gente enterrada, al fin y al cabo, en la fosa de la especulación y la avaricia. Los francotiradores de esta crisis llevan gel en el pelo y trajes muy caros con corbatas de seda, gemelos de oro y relojes carísimos.

Son esos relojes quienes marcan el tiempo que falta para que detone la próxima bomba. El próximo desahucio, el próximo expolio de lo que hasta ahora era de todos, el próximo tirón y el próximo asalto a la banca. Eso sí, sin media en la cabeza y sin pistola. Siempre con una sonrisa. La tercera guerra mundial está aquí. Hasta aquí llega el olor de la metralla y el ruido ensordecedor de los morteros.

La guerra que se acerca estallará/ mañana lunes por la tarde/ y tú en el cine sin saber/ quien es el malo mientras la ciudad/ se llena de árboles que arden/ y el cielo aprende a envejecer.

Y sal ahí/ a defender el pan y la alegría./ Y sal ahí/ para que sepan que esta boca es mía.[1]


[1] Joaquín Sabina. Esta boca es mía.

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