Te cuento algo

Asomada ya al abismo que la separaba de la muerte, doña Emilia recobró su habitual lucidez – aquella que perdió hace siete años para terminar postrada en un colchón – y llamó a su hija. Carmencita se acercó a la cama, que perdía vida por momentos, agarró fuerte la mano de su madre y ésta empezó a hablar.

–Verás hija –le dijo–. Son ya muchos los años que llevo en esta cama. Al principio, cuando todavía comía sólidos y sonreía a los niños, pensé que sería temporal, pero nada más lejos de la realidad. Han sido siete años aquí, tumbada, como mucho recostada cuando alguno de vosotros venía y me levantaba con la manivela intentando que viera y comprendiera cualquier programa de la televisión.

Carmencita no podía creer lo que estaba viendo y escuchando. Su madre llevaba encamada siete años, sí, y cerca de cuatro sin tener constancia del mundo, reducido a una ecuación de cuatro paredes y una enfermera por turnos.

–Cada vez me costaba más comprenderlos. Y sin venir a cuento os contaba cosas sin sentido, una y otra vez. ¿Recuerdas? Hubo una tarde que la cogí con un vestido que me regaló el abuelo, cuando era pequeña, para ir a la feria. Me puse aquel vestido como diez o doce veces, hasta que tu padre me pidió que me callara de un bocinazo. Entonces yo me puse a llorar y él se sintió mal. En esas ocasiones intentaba dormirme y descansar de los esfuerzos que me pedíais y a los que mi cabeza era incapaz de alcanzar.

–Mamá, entiende que yo… y papá…

–Calla y no digas nada. Si teníais razón. Papá debió morir, ¿no? –Carmencita asentía con la cabeza, embotada de recuerdos–. Creo recordar que me llevasteis al sepelio en una sillita de ruedas. Fue un buen marido, un buen padre y, sobre todo, un gran compañero de vida. Gracias a él viví más o menos cómoda en aquellos últimos años de la casita de campo. Él se encargaba de la cocina y de la compra, de preparar mis medicinas y de que bebiera mucha agua cuando, en verano, salíamos de la mano a pasear a última hora de la tarde. A los niños los quería mucho. Yo también, solo que a mi manera. Sí, ya sabes, últimamente no reaccionaba a sus estímulos. Pero sí que los sentía, por mucho que os esforzarais en decirles lo contrario. Me gustaban sus besos y el miedo que sentían al principio, cuando eran tan pequeños y se quedaban asustados ante un ser inerte, al que solo movían las enfermeras en el cambio de turno.

>De tu padre recuerdo sobre todo su exultante juventud. Era un hombre rudo, viril. Cuando novios, sus labios urgentes me buscaban a todas horas. No le importaba la gente ni el qué dirán. Eran otros tiempos, ¿sabes? La primera vez que entró en casa, papá le estaba esperando con el cuchillo entre los dientes. A ver quién era el guapo que se atrevía a arrebatarle a su niña. Pero lo soltó enseguida. El cuchillo, digo. Tu padre terminó por parecerle el mejor recambio en la custodia de su hija. Era formal y trabajador, como él, y de muy buena familia. Cuando terminó la mili nos casamos y después llegasteis vosotras.

Sin soltar la mano de su madre, huesuda pero suave, Carmencita se giró un momento para sacar un pañuelo del bolso que había dejado en el butacón en el que solía sentarse a pasar las tardes con su madre. Con su madre y con los libros sobre el Alzheimer que le recomendaba el neurólogo de la residencia. Se secó las lágrimas, se limpió la nariz y volvió a mirar los ojos de su madre, más vivos y despiertos que nunca.

–De la que no recuerdo nada es de tu hermana. Sé que dejó de visitarme cuando el alemán (así lo llamaba tu padre, ¿recuerdas) se instaló en mi cabeza. “¡No hay dios que te soporte!”, me decía. La muy descarada. Siempre se dedicó a velar por su interés. Ella, ella y siempre ella. Ella por delante, ella la primera, ella, ella, ella. Siempre ella. No me riñas. Jamás pensé que una hija pudiera dar de lado a una madre de esa manera tan sucia y malcarada.

–Mamá, por favor, no es el momento…– dijo Carmencita muy aturdida.

–¿Dónde está escrito eso? ¿Eh? ¡Dímelo! ¿Dónde pone que no pueda una decir la verdad en su lecho de muerte? –dijo excitada doña Emilia, agarrando la mano de su hija con una fuerza inusual–. Ahora tráeme un poco de agua.

Carmencita le acercó un vaso de la mesilla y la madre bebió despacio.

–Con cuidado, mamá.

–Gracias hija. Por cierto, ¿habéis preparado ya todo?

–No sé a qué te refieres– dijo la hija pensando en que su madre volvía a perder el juicio.

–No te hagas la tonta, que para tonta ya estoy yo. ¿Habéis hablado con el seguro? ¿Habéis llamado al cura del pueblo? Porque me enterraréis en el pueblo, ¿no?, junto a tu padre. ¿Y la mortaja? ¿Habéis pensado en la mortaja o pensáis exhibirme con estas batas y con los pañales que me ponen aquí?

–¿Por qué dices eso ahora mamá? – A Carmencita ya no le salían las palabras. Ni las lágrimas.

–Porque me muero, hija. Me voy. Pero antes tenía que contarte algo.

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