Que no te siga nadie

Sus tacones gritan detrás de mí calle abajo. Sus jadeos salpican ya en mi cogote, abrigado por la bufanda gris que me regaló hace tres años. He de reconocer que me excitan este tipo de persecuciones con final feliz. Cuando acelero el paso, el suyo también aumenta el ritmo, hasta el punto de parecer un revólver sus zapatos, cuando chocan con la acera. Al pararme en seco ante un semáforo rojo, ella se detiene justo detrás, casi rozándome con sus pechos. Entonces me llega su aroma, intenso, adictivo. Su mano busca la mía justo en el instante en que la luz se pone verde y en que me mezclo en el gentío que cruza la calle, teñida de humos y de colores ocres. Cuando creo que la he perdido la pista, noto que pasa junto a mí. Se adelanta varios metros y se para a la altura de una boutique, para observarme en los reflejos de la luna del escaparate. Paso por su lado, la rozo con el codo, y ella vuelve a seguirme como al principio. Jadeante y acelerada. Toc, toc, toc. Sus tacones, contra el suelo. Su cabeza alta, su melena al viento. El móvil vibra en el bolsillo interior de mi americana. Es ella. Seguro. Pese al sobresalto, sigo caminando. Y ella detrás. Al cabo de veinte minutos alcanzo el bar donde nos conocimos. Entro. Pido una copa y compro tabaco. Cuando me doy cuenta, ella ya está al otro lado de la barra, apurando un café. El camarero me informa: “la señorita dice que paga usted”. La busco de nuevo en la barra, pero ya no está. Pago y salgo del bar. Parado en la puerta la busco con la mirada mientras me ajusto el sombrero. No puedo verla, pero decido seguir andando. Camino y camino. Al menos otros diez minutos. Y lo hago sin su aliento, sin la música de sus pasos y sin el roce de su piel. Al llegar al portal me giro y, de un último vistazo, intento buscarla. Es ahora cuando una mano desnuda me agarra la cabeza por detrás y me tapa la boca. Con un susurro me invita a entrar. “Rápido”, dice. Mientras baja el ascensor me besa. Su lengua es de café. Sospecho que la mía sabe a ron. Ya en el elevador, se quita los zapatos. Sujeta uno en cada mano mientras me abraza y busca mi cuello con sus labios. En su casa, hacemos el amor y después dormimos un rato. Me despierto temprano. Deben ser la seis, más o menos. Unos minutos en el baño y salgo vestido. Ella sigue sobre las sábanas. Desnuda y en penumbra. Me acerco a besarla por última vez. “Cuidado al salir”, me dice. “Que no te siga nadie”.

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