Adicto a la soledad

A Paulino siempre le gustó estar solo. Nunca fue un hombre afecto a las multitudes. Ni siquiera a las reuniones familiares en día de cumpleaños o de fiesta de guardar. De niño, su madre le obligaba a salir a la calle con los otros chicos –“¡Este niño siempre solo!”, decía– y él proponía siempre jugar al escondite. Era la única manera de no tener que soportar el aliento cercano de los demás. En el instituto siempre se sentaba en el último pupitre, aprovechando que el número de alumnos era impar. También de adolescente cogió la extraña costumbre de cenar solo en su habitación, para desesperación de sus padres, que llegaron a pensar que Paulino había dejado de quererles y que pronto se marcharía de casa para siempre. Lo más curioso es que esperaba a que sus padres estuvieran dormidos para sacar el plato y los cubiertos a la cocina. En fin, que lo de Paulino era casi de psiquiatra.

Sin embargo, esta afición a estar solo no le impidió casarse y formar una familia, algo que en su casa dieron por descartado según se acrecentaba la manía del niño. Paulino y Julita se casaron en una ceremonia íntima –triste, la llamaron algunos– y celebraron el banquete en un restaurante muy pequeño, en el que apenas cupieron sus parientes más cercanos. Unos veinte comensales, arriba o abajo. Y no crea el lector, que a Paulino aquello le pareció una multitud. Tal es así que se pasó media boda entre el baño y la excusa de haber olvidado algo en el coche. Aquello no sorprendió a su flamante esposa, que con el paso del noviazgo fue conociendo la solitaria personalidad de Paulino, alertada también por sus suegros, que temieron porque Julita sufriera lo que sufrieron ellos cuando Paulino se encerraba a cenar solo y salía de su cuarto de madrugada.

Paulino era guarda jurado en un aparcamiento subterráneo de Madrid. Entraba a trabajar media hora más tarde que su mujer (maestra de Filosofía en una escuela pública), pero prefería madrugar más que ella para poder darse el lujo de desayunar solo. Ya en su trabajo disfrutaba como nadie del vacío de su garita. Esa sensación que le producía la soledad se multiplicó por infinito cuando instalaron en el aparcamiento esos cajeros automáticos tan modernos que le evitaban tener que tratar con los clientes. Si acaso, con algún torpe que no encontraba la ranura por donde meter las moneditas.

Paulino y Julita tuvieron tres hijos. Y eso que nunca dormían juntos. Solo compartían lecho para cumplir con el sacramento del matrimonio, pero poco más. Ni un abrazo, ni una caricia. Ni siquiera una pequeña charla antes de dormir. Tras el coito, Paulino corría al sofá cama que había instalado en el cuarto de la plancha. Prefería dormir solo. Cuando nacieron sus hijos, dos niñas y un niño, era la madre la encargada de atenderles cada noche. A Julita le llegó a correr la sensación de ser madre soltera o viuda o ya no sabía muy bien qué. Como sus suegros, llegó a pensar que Paulino ya no la quería y que tardaría muy poco en abandonarla con los tres niños. Pero nada más lejos de la realidad, Paulino quería a sus hijos a su manera. Con distancia, sin montoneras. Nunca les llevó al colegio –“somos muchos para un coche tan pequeño”– ni les acompañó al parque o a la feria. Menudo gentío para alguien como Paulino, hombre de pocas palabras, aislado y aislante, taciturno.

Tan era así Paulino, que pronto sus hijos perdieron el poco afecto que pudieron llegar a tenerle. Dicen que en el roce está el cariño, y Paulino apenas tuvo roce con sus hijos. Ni con nadie. Cuando hicieron la primera comunión, tan solo les acompañó a la iglesia. Ya en la puerta, dejó a su mujer sola ante el peligro. Tampoco acudió al banquete, aquejado de un dolor de cabeza muy recurrente. El mismo que adujo en cada Navidad, cuando llegó la hora de la graduación de los niños (una maestra y dos ingenieros de caminos) e incluso cuando llegó la hora de casarlos.

En la rutina de la soledad vivió Paulino durante años. Sus hijos se fueron de casa y Julita, acostumbrada ya a las rarezas de su marido, se decidió a vivir resignada durante los años que le quedaban. Tal fue el grado de aislamiento de Paulino que, poco a poco, su familia se fue olvidando de su existencia. Julita ya no le avisaba a la hora de la cena, ni siquiera lo hacía cuando sus hijos iban a comer los domingos y salían antes para tomar un aperitivo en el bar de abajo. Paulino tuvo siete nietos, a los que no llegó a conocer. Sus padres murieron, pero nadie acertó a encontrarlo para avisarle. Ni siquiera se acordaron de él a la hora de redactar el testamento.

Tanto se distanció Julita de Paulino que vivía ajena por completo a él, ya ni siquiera le escuchaba cuando entraba o salía o cuando tiraba de la cisterna tras vaciar la vejiga. Y tanto se distanció Paulino de Julita que ya había perdido hasta el cálculo de los metros que les separaban. Y en esa distancia vivieron el resto de sus días, hasta que sus hijos, en una de esas visitas dominicales, encontraron muerta a Julita sobre el suelo del salón. El olor y la temperatura del cadáver les advirtieron de que el cuerpo de su madre llevaba ya varios días sin vida. Fue entonces cuando se acordaron de Paulino, su padre, al que buscaron en su cuarto: “¡Dejadme solo!”, dijo él cuando abrieron la puerta. Y solo se quedó, más que la luna.

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