El titular perfecto

En la facultad había un viejo catedrático que terminaba sus clases diciendo que el buen periodista demuestra serlo cuando es capaz de sintetizar una noticia en un titular que no supere las diez palabras. A fuerza de escuchar esa frase todos los martes y jueves, a eso de las cinco, la premisa del catedrático fue calando en la mente de Ramírez, hasta el punto de convertirse en una parte fundamental de su ideario. Lo intentó aplicar en su profesión desde muy joven, cuando empezó a hacer sus primeras prácticas de verano en el Diario Provincial. Digo que lo intentó porque los menos duchos en esto del periodismo no sabrán que en un periódico, más o menos importante, hay una figura importante que es la del Jefe de Titulares. Es él quien acaba elaborando el titular en base al número de caracteres que le entran en la caja de texto. Al final, para el jefe de titulares, lo de menos es la esencia de la noticia y que esta se ciña a las diez palabras de las que hablaba el catedrático.

Aquel primer verano de prácticas, enviaron a Ramírez a Villafranca, un pequeño pueblo de la zona, en el que se celebraban las fiestas patronales, muy famosas por sus encierros y capeas. Era la primera vez que le encargaban un reportaje para la contraportada, sin duda una de las páginas más leídas del diario. Las fiestas trascurrían sin sobresaltos. Durante las capeas, los mozos más valientes lidiaron con unas vaquillas que más parecían gatos y que apenas embestían. Eso sí, lo hicieron entre el regocijo y la algarabía del público entregado y apretujado en las gradas, con sus cuerpos fermentando a causa de la zurra y la solana. El drama llegó después, justo cuando la última vaca fue arrastrada por las mulillas y soltaron a los cinco novillos del encierro. Una de las talanqueras que ceñía el recorrido del ganado no quedó bien cerrada, con tan mala fortuna que uno de los novillos consiguió romperla. El animal deambuló por el pueblo durante cinco horas interminables, en las que tuvo tiempo de dar un fuerte revolcón a dos feriantes despistados y de herir de muerte a la mujer del alcalde, que en un golpe de locura, intentó frenar al toro ella sola.

En cuanto Ramírez supo del alcance del suceso, corrió al bar del pueblo para llamar a la redacción y dictarles la crónica. Lo primero de todo, el titular: “Novillo suelto mata a la mujer del alcalde de Villafranca”, dijo con orgullo. Diez palabras. Justas. Ni ocho, ni nueve, ni once. Diez. Como los diez mandamientos, pero aplicados al periodismo.

Al día siguiente, madrugó y corrió al quiosco para comprar el periódico y ver la información que había preparado. Agarró el diario y le dio la vuelta para ver la contraportada, pero el chasco fue morrocotudo. Con lo primero que se topó fue con que la pieza estaba firmada por la “Redacción”. Así, tal cual. Ni rastro de su nombre. Pero lo que más le dolió fue ver que alguien había decidido que su titular no valía. Aquello supuso algo más que una humillación, no solo hacia él, sino hacia a aquel viejo catedrático que le enseñó a titular con diez palabras. En el Diario Provincial, alguien había decidido titular con doce: “Una fiesta, un novillo y una alcaldesa consorte muerta por su locura”. ¡A tomar por saco la norma! ¡Viva el sensacionalismo!, pensó. Ya en la redacción, nadie atendió a sus quejas. La mayoría de los compañeros no se detuvieron siquiera a escucharlo, pensando que aquel chico no era más que el listo que llegaba de la facultad para dar lecciones a gente que tenía la nariz tan pegada a la realidad de la calle que apenas podían ya separarla.

¡Gente de provincias! Esto en Madrid seguro que no pasa. Así que cuando acabó la carrera, probó suerte en la capital. Alquiló una habitación en Vallecas y buscó trabajo durante un par de meses, hasta que le contrataron en El Imparcial. Por fin, un diario de tirada nacional, serio, riguroso, que respetaría las más mínimas reglas de la ética periodística. Al menos, las reglas del titular. Diez palabras, ni más ni menos.

Aquel primer contrato no era gran cosa, pero le permitía empezar a publicar algunos textos que no requieren de mucho conocimiento y que no obligan al análisis al lector, pero que suelen ser de lo más leído: el pronóstico del tiempo. Bastaba con resumir bien los mapas y gráficos que les enviaban desde el Instituto Nacional de Meteorología a última hora de la tarde. Si en el Diario Provincial se llevó un chasco importante con su primera crónica, en El Imparcial la decepción no fue menor. Aquella redacción estaba repleta de modernos ordenadores, que incluían un programa avanzado de redacción de textos que permitían seleccionar la temática del artículo, la sección en la que iba incluida y que contenía una caja de texto de la que nadie podía salirse. Lo que no contenía aquel programa era la caja de texto del titular, de lo que se encargaban los de Cierre. Así que le daba un poco igual. Lo mismo daba que lloviera, nevara o hiciera calor: el titular lo ponía otro según su capricho. “Este lunes lloverá en casi todo el país, menos en los archipiélagos”. “Buenas previsiones meteorológicas para el fin de semana, suben las temperaturas”. “Una ola de calor inunda la Península”. En fin, un desastre. Ninguna de las informaciones de Ramírez ciñeron sus titulares a las diez palabras de que hablaba aquel viejo catedrático.

Por lo demás, a Ramírez no le iba mal en El Imparcial. Sus superiores le tenían en estima y poco a poco fue ascendiendo dentro de la redacción, con un objetivo siempre en la mente: hacerse con el puesto de Jefe de Titulares. Entre tanto, escribí de política (“Mariano Yavoy se convierte en el sexto presidente de la democracia española”), de economía (“Endiosa y Unión Famosa pactan subir la tarifa de la luz y del gas”), de deportes (“Mauritho celebra la Copa de Europa dando collejas a los del banquillo rival”) y hasta hizo necrológicas (“Sandrita Pontiel muere de aburrimiento al cumplir 140 años”). Muchas noticias, cientos de crónicas, tribunas, análisis… miles de textos con un denominador común: ningún titular alcanzó la perfección de las diez palabras.

Una mañana, el director le llamó a su despacho.

–Bueno Ramírez –le dijo–. Lleva usted 20 años en este periódico y hemos decidido premiarle con un puesto de responsabilidad.

–Muchas gracias, jefe. Yo…

–No diga nada. ¿Qué le parece la corresponsalía en Washington?

–Hombre, yo… pues verá…

–¡No me dirá que no es un caramelito! –le espetó el jefe.

–¡Sí, sí! Pero… mi sueño es ser algún día Jefe de Titulares –le dijo entre avergonzado e ilusionado (ningún periodista en su sano juicio hubiera cambiado una corresponsalía en Estados Unidos por un puesto irrelevante y sin proyección social).

El jefe le dijo que se dejara de rollos, que el puesto que pedía estaba ocupado por Fernández, al que le quedaban dos años para la jubilación.

–Quizás para entonces… ¡Así que, a Estados Unidos!

En Estados Unidos trabajó durante los dos años que le quedaban a Fernández y otros siete más, en que el puesto de Jefe de Titulares fue ocupado por Lucila Barroso, que a fuerza de enemistarse con el partido del gobierno por sus crónicas, acabó vejada por el director, que la mandó a freír titulares. Ramírez hizo grandes crónicas en Estados Unidos, algunas de ellas premiadas por reputadísimos jurados, pero ninguna ajustada a las diez palabras mágicas que deben encabezar una noticia: “Ohmama es el primer negro que preside America”, “Janet Jonhson se desnuda en la Superbowl”, “Un tifón arrasa Missouri” y “Las carnicerías venden 12 millones de pavos para la cena de Acción de Gracias”.

Ramírez se casó y formó una familia en Washington. Tuvo a dos  niñas preciosas, a las que tuvo tiempo de ver casadas. Una de ellas le regaló un nieto rubio y pecoso, casi salido de una película de Hollywood. El niño creció de la mano de su abuelo, que llegó a jubilarse sin escribir un titular. Cuando el niño cumplió los 18 y decidió enrolarse en el ejército, celebraron una fiesta por todo lo alto. Abstemio de origen, Ramírez se pasó con el vino aquella tarde. Lo siguiente fue un ataque al corazón y la muerte instantánea. Tenía 77 años y la noticia quedó plasmada en el obituario de El Imparcial: “Ramírez, periodista de raza, murió sin escribir el titular perfecto”.

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