VENGANZA

–Buenas tardes. ¿Usted sabe dónde puedo encontrar a este hombre?

Mientras le enseñaba la foto supo que aquel no era el lugar que pudiera frecuentar la persona que buscaba. De hecho notó como al propietario de aquella pequeña cantina le cambió el color de la cara, su rostro enrojecido por el vino se tornó en un pálido que lo hacía confundirse con las cortinas que aislaban al local de la calle. Ése era un lugar pensado para jugar y beber, pero un hombre como el que buscaba tuvo que dejar de ir por allí hacía mucho tiempo. Las deudas le perseguían, y le acechaban también todas las víctimas de sus engaños, estafas y, en ocasiones, robos a punta de navaja.

–Me temo que le será difícil encontrarle, aunque también le digo que no ha salido del pueblo desde hace dos años. Mucha gente como usted lo busca sin parar y todos se dirigen a las afueras de la aldea. Solo debe seguir esa callejuela empinada que sale de la plaza y subir y subir hasta salir del pueblo y enlazar con un camino de tierra y de piedras que sigue subiendo monte arriba. No lo deje nunca, porque al final del mismo puede encontrar noticias sobre el de la foto.

–Muchas gracias, de veras. Todo esto es muy importante para mí, usted no sabe…

–Sí, sí, ya sé, lo de todos –le interrumpió, pensando en cómo podía ponerse tan nervioso cuando le seguían preguntando por aquel tipo– pero le pido que no cuente a nadie a quién preguntó para llegar a él.

–Descuide. Feliz día.

Mientras empujaba aquel portón de madera que daba a la calle, abrió la cremallera del chaquetón de piel que le cubría del mal tiempo de la sierra y comprobó el frío metálico del revólver que guardaba en el bolsillo interno del lado derecho. Las armas las cargará el diablo, pensó temblando, pero son frías como un glaciar. Y enfiló hacia los arcos de la plaza para salir por la callejuela empinada por la que debía de subir y subir hasta salir del pueblo y enlazar con un camino de tierra y de piedras que sigue subiendo monte arriba y al final del que podría encontrar noticias sobre el de la foto.

Comenzó a subir aquella cuesta que poco a poco se hacía más intensa, tanto que apenas podía divisar el final de la calle que le llevaría al camino de tierra y piedras. La imagen de su mujer en aquel primer aniversario de boda, abriendo el paquetito de la medalla de oro que él la regaló le hizo fuerte para no desfallecer. Aunque poco a poco las piernas le flaqueaban, nunca pensó en parar ante la caída de la tarde y la puesta del sol.

–Oiga –dijo fatigado –¿sabe si queda mucho para el final de esta calle? –preguntó a una mujer que se asomaba al portalón de su casa y que cerró de golpe entre rezos y expresiones de escándalo.

Aquella reacción no le impidió seguir adelante. No podía olvidar que fue su esposa la que murió a manos de aquel canalla. Todo sucedió muy rápido, un domingo por la mañana, a la salida de misa. Apenas dobló la esquina de casa cuando se abalanzó sobre ella, y mientras con una mano la despojaba de aquella medalla de oro que le regaló en su primer año de casados, con la otra le clavó su estilete en el cuello.

La temperatura bajaba según subía la cuesta y el frío empezaba a calarse en los huesos. Caminaba con la dificultad del viento, que soplaba en su contra, pero el recuerdo de su esposa le animaba en su pelea. Cuando la encontró tirada en el suelo y rodeada de un charco inmenso de sangre no pudo evitar derrumbarse, pero tras el velatorio y el entierro, tras los pésames de rigor y los abrazos de compromiso, con la mente más despejada se fijó como objetivo vengar la muerte de su amor. Indirectamente, vengaría a todas esas víctimas de los engaños, estafas y, en ocasiones, robos a punta de navaja del hombre de la foto. En aquel momento hizo suyo aquel dicho que muestra a la venganza como un plato que se sirve frío. Y un chivatazo le había llevado hasta aquella aldea, que no permanecía ajena a las fechorías de aquel fulano.

Mientras pensaba en todo eso, mientras en su retina se clavaba la imagen de aquella medalla, se topó de golpe con el final de la calle, que seguía sin interrupción por el anunciado camino de tierra y de piedras. Solo les diferenciaba la constitución de la senda, que pasaba del empedrado del pueblo a lo agreste del campo, de estar rodeada de pequeñas edificaciones elegantes y señoriales a estarlo de chopos, arbustos y lindes de tierras de labor y de pastos para el ganado. Apenas cien metros andados, comenzó a nevar de forma ligera pero constante, con pequeños copos que hacían más molesto aún el camino.

El sudor por el esfuerzo le aumentaba la sensación de frío, que crecía cuando comprobó en el horizonte la silueta de la luna llena, que asomaba tras la cima de aquel monte, y cuando se dio cuenta de que en ese trayecto no se había cruzado con nadie. Solo le calentaba la sensación de la pistola en el pecho, que por otro lado tampoco había perdido ese frío metálico en la empuñadura. Pensó en refugiarse durante la noche en una de esas casas de labor que salpicaban los lados del camino aunque pensó que la oscuridad de la noche y la espesura de la nevada le ayudarían en su cometido.

Apenas sentía ya las piernas y había bajado mucho el ritmo de sus pasos. Sentía que le faltaba el aliento, que el corazón le latía muy rápido y que no podría llegar hasta su objetivo, que por otro lado no tenía muy claro. No sabía qué se encontraría ahí arriba, solo sabía que al final del camino podría encontrar noticias sobre el de la foto, que llevaba dos años sin salir del pueblo. Pensó en darse la vuelta, en emprender el camino cuesta abajo, en llegar al pueblo, en buscar un hospedaje en el que tomar un baño caliente y en el que dormir unas horas. Sin embargo, estas imágenes se mezclaban con la del cadáver de su amor tirada en el suelo y rodeada de un charco inmenso de sangre y la de su mujer durante aquel primer aniversario de boda, abriendo el paquetito de la medalla de oro que él la regaló, y siguió caminando sin ritmo y a duras penas.

Con la vista nublada por la nieve y con un temblor intenso causado por el frío y las sensaciones que le recorrían el cuerpo ante lo que se le venía encima, de pronto cruzó un arco de hierro, con una cruz en lo alto. Y a cincuenta metros de allí, cegado por la espesura de los copos, tropezó con un gran bloque de piedra. Cayó al suelo tras abrirse una herida en la cabeza y no le costó mucho adivinar dónde se encontraba. Con las pocas fuerzas que tenía pudo retirar la capa blanca de aquella plancha de piedra y allí se topó con el de la foto. De hecho, se topó con la misma foto que guardaba en el bolsillo derecho y comprobó que, efectivamente, nadie podía haber visto a aquel hombre desde hacía dos años. Así lo corroboraba la fecha inscrita en la lápida con la que acababa de chocar. De pronto se vino abajo, se sentó apoyado en la sepultura, con las piernas encogidas y abrazadas, cubriéndose avergonzado de un llanto intenso que, sin embargo, nadie podía ver. Y por su mente pasó la imagen de su mujer en aquel primer aniversario de boda, abriendo el paquetito de la medalla de oro que él la regaló y su cuerpo tirado en el suelo y rodeada de un charco inmenso de sangre. Y pensó en el frío del revólver que llevaba en el pecho y en lo fría que le resultaba aquella cena, tan cargada de venganza.

A la mañana siguiente alguien retiró su cuerpo de la zona, y lo trasladó a una fosa común. Antes le quitaron el revólver del bolsillo derecho del chaquetón de piel que le cubría del frío. En la cantina nadie preguntó por el regreso de aquel hombre, aunque el silencio se apoderó del local como era habitual durante muchas mañanas en los dos últimos años. Con sus mejillas coloradas, el cantinero abrió la primera botella de vino de la mañana y la comenzó a servir en los vasos de la parroquia. La vida sigue, se dijo, pensando en el próximo hombre que abriría la puerta con una foto en la mano.

–Buenas tardes. ¿Usted sabe dónde puedo encontrar a este hombre?

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