SIETE CRUCES

No guardo ningún recuerdo de mi madre. Mi padre siempre dice que murió feliz, pero nunca quiso explicarme cómo ni por qué. Nunca quiso decirme al menos dónde estaba enterrada. Ni siquiera cuando cumplí los trece y me planté delante de él en la cocina, mientras preparábamos la tarta, para decirle que ya era mayorcito y que tenía derecho a saber qué le pasó a mamá. Ni siquiera cuando alcancé los dieciocho y le solté el típico discurso del adolescente ofendido que se cree con derecho a todo por ser mayor de edad. “¡Vete a paseo, chaval!”, me dijo.

Mi padre y yo nunca nos llevamos del todo bien. Siempre supe que mamá estaba muerta, pero mi padre siempre intentó que la olvidara y que asumiera que el papel de madre lo ejercerían otras mujeres en mi vida, que no eran otras que todas aquellas novias que se echaba y que entraban y salían de su vida –y de la mía– como lo hacen esos amigos fugaces que uno encuentra alguna vez en el trabajo y que se extinguen como se extinguen sus contratos. Lo que pasa es que yo nunca he querido que esas mujeres fueran mi madre. Mi madre era mi madre. Y punto. Por las noches, cuando me metía en la cama, cerraba muy fuerte los ojos e intentaba verla. La madre que imaginaba era más guapa que ninguna. Tenía una mirada brillante y una sonrisa que desbordaba la fotografía que yo recreaba en mi mente. Sin embargo, aquel ejercicio nunca terminaba de salir bien. Cuando más radiaba en mi imaginación el rostro de mamá, un hilo de sangre roja caía por la comisura de sus labios. Entonces yo me despertaba sudando, respirando de forma agitada y tirando fuerte de las sábanas.

En todo ese proceso onírico siempre hubo algo que me llamó la atención. Cuando despertaba asustado por la imagen de mi madre sangrando por la boca, me daba cuenta de que, en la habitación de al lado, mi padre y cualquiera de sus novias gemían y chillaban de placer. Sus mejores polvos coincidían siempre con las peores de mis pesadillas. Yo, que no tenía a quien abrazarme, silbaba bajito y mi perro Wiki venía corriendo para dormir a los pies de mi cama.

Cuando por la mañana me levantaba, la habitación de mi padre tenía la puerta abierta. Era apenas una rendija, lo justo para que yo pudiera asomarme y ver a mi padre solo, despanzurrado en la cama. Ellas ya se habían ido. La habitación de mi padre era algo más grande que la mía y tenía en el medio una gran cama redonda. En el techo había un gran espejo, también redondo, con el mismo diámetro que la cama, más o menos. Las tulipas de las pantallas de las mesillas eran de color rojo, y en la parte izquierda, según entrabas al cuarto, tenía una pequeña cómoda de diseño con un candadito que impedía abrir el cajón de en medio. Si conozco al detalle la habitación de mi padre no es porque pasara dentro las horas muertas. No. Es que la estudié con detalle el día en que pude entrar por primera vez, porque mi padre me lo tenía prohibido. Algún bofetón me soltó cuando me sorprendía intentando abrir la puerta. Nunca me dejaba solo en casa. De hecho, cuando era un niño y volvía de clase, él ya me estaba esperando. El caso es que no hace mucho, cuando yo tenía unos veintidós años, logré colarme en la habitación. Mi padre bajó al portal a despedir a uno de sus ligues y yo me metí en el cuarto con el oído alerta, por si volvía. Tardó un rato en volver y a mí me dio tiempo a comprobar todo lo que guardaba en el armario y en las mesillas (muchos condones y calzoncillos de colores). No me resultó difícil abrir incluso el cajón de la cómoda que tenía cerrado con un candado. Después de aquello pensé que el candado no era más que una advertencia, una señal de lo peligroso que sería intentar abrirlo. Digo que no fue difícil porque encontré la llave en un pequeño joyero que había encima de la misma cómoda, y en el que guardaba la alianza de su boda con mi madre.

El hallazgo en esa cómoda me decidió a buscar a mi madre. Sí, ya os dije que estaba muerta y que no guardaba ningún recuerdo de ella, pero aquella tarjeta me guió hasta el lugar en el que descansaban sus restos. La tarjeta no era otra cosa que uno de esos recordatorios que elaboran las aseguradoras cuando uno estira la pata. En papel mate, una cruz negra con un grosor considerable se erigía sobre el nombre de mi madre. Debajo de él, y con un tipo de letra más pequeño, una de esas frases que te hielan el alma cuando el difunto ha marcado tu vida: “Tu esposo y tu hijo no te olvidan”. Al anverso de la tarjeta estaban impresos la fecha y la hora del entierro, así como el lugar del mismo. Era en su pueblo natal, un pueblo muy pequeño en plena sierra. Para mí era un sitio desconocido. No pude visitarlo con mi madre y mi padre me habló muy poco de él. Sé que ambos eran naturales de allí, que se vinieron a Madrid a estudiar y que aquí se hicieron novios. Poco más. Creo que crecí acostumbrado a no saber donde estaba mi madre, y eso me impidió pensar con claridad que podría estar enterrada en su pueblo.

Cuando mi padre subió del portal yo ya estaba en el sofá, mirando la tele. Se sentó a mi lado. Faltaba poco para Semana Santa y le dije que en esos días aprovecharía para salir de viaje con un par de amigos. Le expliqué que íbamos de acampada y que me llevaría a Wiki conmigo.

–¡Estupendo! –dijo él–. Aprovecharé para sacar por ahí a Mariví, que dice que nunca salimos del cuarto.

Como decía, a los pocos días el calendario se tiñó de rojo: ya era Jueves Santo. Metí algo de ropa en una mochila, saqué algo de dinero de la cartilla y preparé el trasportín para llevar a Wiki. A media mañana ya estaba montado en el autobús de línea que me llevaba a la sierra. Por el camino me dio por pensar si estaba haciendo lo adecuado. Que yo no tuviera una buena relación con mi padre no quería decir que él no quisiera lo mejor para mí. Y si nunca me había contado nada de la muerte de mamá, sería por algo. Quizás debería haber meditado mejor ese arrebato adolescente, pero ya no había marcha atrás.

Llegué al pueblo como a las tres de la tarde. Saqué a Wiki del trasportín para que pudiera mear y corretear un poco. Después volvía a guardarlo y entré en un bar para comer un bocadillo. Saqué el recordatorio de la muerte de mamá del bolsillo de los vaqueros y volví a detenerme en su lectura. Era una forma de disipar las dudas aparecidas en el viaje: mi madre estaba muerta y yo necesitaba saber dónde. Tras pagar el bocata y la cerveza, pregunté al camarero por el cementerio. Era un tipo gordo pero amable, que arrastraba su socarronería por la barra. Me hizo un par de anotaciones sobre una servilleta, que guardé junto a la tarjeta en el bolsillo.

La tarde estaba oscura en el pueblo, a pesar de estar ya en abril. El cielo estaba cubierto de nubarrones negros, que se movían de izquierda a derecha por entre los picos de la serranía. No se puede decir que amenazaran lluvia, pero tampoco eran presagio de nada bueno. Volví a sacar a Wiki de su caja y siguiendo los apuntes del camarero me dirigí al cementerio, situado a las afueras del pueblo. Creo que es algo común a todos los pueblos, deslindan muy bien la vida de la muerte.

Según dejaba atrás las últimas viviendas, el cielo se me antojaba cada vez más negro. Saqué una cazadora de la mochila y me la puse. No puedo decir que tuviera frío, pero me dio seguridad. Un fuerte trueno sobresaltó a Wiki, que corrió a mi lado buscando protección. El empedrado de las calles se iba difuminando en el suelo, por el que se abría un caminito de tierra en dirección al camposanto. A las siete en punto de la tarde sonaron las campanas de la iglesia. En aquel páramo, su tañido perdía sonoridad y sonaba como el viento a los oídos. Después, sonaron los tambores y cornetas propios de alguna procesión. La música provocó los ladridos de Wiki, que comenzó a corretear y a jugar alrededor de mí. Intentando abstraerme del ambiente, decidí jugar con él. Saqué una pelotita de goma que guardaba en su trasportín y la lancé lejos para que fuera a recogerla. Así estuvimos durante un rato, hasta que una de las veces, Wiki no volvió.

Wiki siempre había sido un perro listo. Pensé que no tardaría en encontrarme en un paraje como aquél, árido y seco, en cuyo horizonte solo se interponían los grandes picos de la sierra. En cosa de media hora di con el cementerio. Un gran arco de piedra encalada, con una cruz en lo alto, conformaba el acceso al recinto, rematado con una puerta de reja que estaba cerrada. Giré la aldaba sin dificultad y pasé al cementerio. Sujeté la puerta con una piedra para que quedara abierta. Ahora tenía que buscar la tumba de mi madre. Consciente de la dificultad y de que la noche se echaba encima, me paré a analizar la composición del cementerio. Primero miraría en los nichos, eran apenas un par de muros que se revisarían rápido. Después, miraría una por una las tumbas de la mitad, más o menos, del cementerio. Las tumbas más nuevas estaban al final y las más viejas las tenía delante, en la misma entrada. Si habían pasado ya 22 años de la muerte de mi madre, su sepultura estaría por la mitad, ya digo.

En el recinto no había nadie. Al menos yo no era consciente de ello. Miré el reloj. Eran las siete y media. En punto. Caminé por la calle principal del cementerio, cercada por dos filas de rotundos cipreses. Entonces, unos ladridos me sobresaltaron. Enseguida comprendí que eran los de Wiki, un perro listo que había llegado al destino antes que yo. Silbé con fuerza, pero el perro no apareció. Minutos después, un golpe seco hizo que me girara rápidamente. En la distancia, pude comprobar que la reja se había cerrado de golpe. Me armé de valor para seguir caminando, en dirección a los nichos. Estaba ya revisando todas las lápidas cuando escuché otro ladrido, esta vez muy cercano. Lo siguiente fue un aullido sobrecogedor, que se ahogó con el viento. Me abroché la cazadora y saqué la linterna para seguir leyendo las inscripciones de las lápidas: Familia Martín Morales, Eulogio Gómez Asenjo, Matilde Hinojosa Lozano, viuda de Manuel Castro López… Ni rastro de mi madre. Al alcanzar el final del primer muro enfoqué al suelo. Había caído la noche y veía con mucha dificultad. Un destello me cegó de pronto. Volví a alumbrar con la linterna. Era un cuchillo grande, de carnicero, manchado de sangre en la punta. Al volver la esquina, tropecé con algo. La cabeza de Wiki estaba tirada en el suelo, rodeada de un charco de sangre. Al macabro hallazgo le siguieron unos ruidos próximos. Era como si alguien estuviera escarbando en la tierra. Como si alguien quisiera hacer una fosa. Según me acercaba, el sonido era más preciso. Una pala sacando tierra de un agujero y una respiración jadeante. Pegué la espalda al muro y asomé un poco la cabeza. Efectivamente. Bajo la luna, la silueta de un hombre se afanaba en hacer un agujero en la tierra. Junto a él había una pequeña carretilla con un cuerpo encima, cubierto por unos sacos. Con mucho cuidado, me acerqué un poco más. La mala suerte me llevó a golpearme en la cabeza con un jarrón adosado a un nicho. El hombre de la zanja se volvió de inmediato y los dos chillamos a la vez.

–¡Papá!

Con un dedo en los labios, me pidió silencio.

–¿Qué estás haciendo? –le pregunté–. ¿Para qué es ese agujero? ¿Y qué es ese bulto de la carretilla? ¡Estás loco, papá! ¡Estás loco!

Mi padre me agarró por el cuello y me tapó la boca con la mano.

–El único loco que hay aquí eres tú. ¿Qué coño haces aquí? –me dijo–. Pensaba que tenías claro que no debías pisar este sitio. Pues sí, ya lo has descubierto –la boca pegada a mi oído –aquí está enterrada tu madre. ¿Ves esa fila de cruces? ¡Alumbra bien, coño! ¿La ves? Pues la quinta es la de tu madre. ¿Y ésta? ¿Quieres saber quién es ésta de la carretilla? Sí, eso es. Es Mariví. Y como tú eres mi hijo y no vas a dejar a tu padre solo, me vas a ayudar a enterrarla.

Y así lo hice. Entre los dos terminamos la fosa y entre los dos echamos el cuerpo de Mariví dentro. La tapamos bien con los sacos y la cubrimos bien de tierra. Mientras yo alisaba ya la tumba improvisada de la última novia de mi padre, él buscó dos palos con los que hacer una cruz, que clavó en el cabecero del túmulo. Después me cogió del hombro y comenzamos a caminar hacia la salida.

–Muy bien, hijo mío. Así me gusta, que seas obediente. Por cierto, ¿has visto a Wiki? –Preguntó.

Yo asentí con la cabeza.

–Pues guarda silencio, si no quieres ser tú la séptima cruz.

Caminamos abrazados hasta el pueblo. Allí cogimos el coche de mi padre y en un rato nos plantamos en Madrid. Papá encendió la tele, donde solo daban procesiones y películas de romanos. Yo me fui a la cama. Mi padre no tuvo sexo aquella noche, pero yo volvía soñar con la sonrisa de mi madre teñida de sangre. Me desperté sudado y agitado, silbé bajito, pero Wiki ya no estaba allí.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s