SIETE CRISANTEMOS

Aquí, a estas horas, todos duermen la siesta. Yo, según el día, prefiero leer el periódico o ponerme a escribir. Me siento en la butaca, bien arrimado a la mesa que está bajo la ventana, por la que ahora entra un sol radiante, y me pongo a escribir.  Es curioso que después de tanto tiempo siga acordándome de ti cuando escribo. Será porque lo hago mientras suena nuestra canción o será porque te sigo echando de menos. ¡Cómo no hacerlo entre estas cuatro paredes!

“Si alguna vez he dado más de lo que tengo

me han dado algunas veces más de lo que doy,

se me ha olvidado ya el lugar de dónde vengo

y puede que no exista el sitio a donde voy.”

Esta tarde vendrán mis padres y mi hermana a visitarme, y me volverán a preguntar por ti. Y lo cierto es que ya ni les contesto. Prefiero ofrecerles el silencio que me deja el cartero a vuelta de correo. Mi hermana me volverá a decir que estás con otro, pero yo sigo sin creerlo, y casi cada día, me siento a escribirte. Por mi mente pasa siempre, de forma impenitente, la última vez que estuve contigo. Tú me cogías la mano mientras corrías junto a la camilla, molestando a los médicos con tu brazo, en el que se enganchaban los cables y tubos que me mantenían vivo. A pesar de todo, aún me quedaban fuerzas para sentirte al lado.

Dicen mis padres y los médicos que fue soltar tu mano, pasar al quirófano, y entrar en coma. Quizás por eso rebota dentro mi cabeza, a cada momento, tu última frase de aliento. Quizás por eso, cuando nadie me ve, me acerco la mano izquierda a la boca y la beso, pensando que aún guarda la esencia de tu piel, que hoy no me provoca más que una sed insana.

Aquella tarde nos habíamos reído mucho. ¿Recuerdas lo divertido que fue comer en el restaurante tailandés? ¿Y las bromas que hacías por mi torpeza con los palillos? Tu risa aumentaba de volumen a medida que menguaba el licor de cangrejo de la botella que nos sirvieron a los postres, y que yo ni siquiera probé. Puedo adivinar tu sonrisa al leer esto, pero yo sigo pensando que aquel bicho tan raro encerrado en la botella era un cangrejo.

Al montarnos en el coche, encendí la radio. Quería escuchar los partidos del domingo. Tú te negaste, y me disuadiste entre mil carantoñas. Y pusiste ese disco de Sabina que tanto te gustaba, y que terminé por aprenderme a fuerza de oirlo. “¡Escucha las letras! ¿No te dicen nada?”, me decías. Y te ponías a cantar en voz alta, mientras me acariciabas la cara con una mano y sacabas la otra por la ventanilla.

“En tiempos tan oscuros nacen falsos profetas

y muchas golondrinas huyen de la ciudad,

el asesino sabe más de amor que el poeta

y el cielo cada vez está más lejos del mar”

Era 17 de mayo. Un domingo espléndido. El sol inundaba la luna del coche, y tú llevabas puestas las gafas oscuras. Creo que te las había regalado por tu último cumpleaños. Yo bajé la visera del techo, pero aún así me costaba ver con claridad la carretera. “¡Joder, no veo nada!”, murmuré. Tú me reprochaste que me quejara tanto, ¿recuerdas? “Eres un gruñón, disfruta del día, cariño”, me dijiste. De inmediato sacaste de la guantera mis gafas de sol, las limpiaste bien con el pañito que guardaba en la funda, e intentaste ponérmelas. Yo te pedí que tuvieras cuidado, pero seguiste con el empeño de colocarme las gafas. “¡Coño, déjame que nos la pegamos!”, te dije de forma airada.

En esos momentos, yo solo intentaba conducir con seguridad. Sabes que procuro ser muy responsable ante según qué cosas. Si recuerdas bien, yo no probé el licor de cangrejo. “Tengo que conducir”, te dije cuando comenzaste a servir los chupitos. A veces te costaba entender que me comportara siempre de manera tan correcta. Siempre me pedías que cometiera alguna locura, aunque solo consintiera en tomarme una copa antes de conducir o en irnos sin pagar de alguna de las discotecas donde te gustaba tanto ir. “Eres un aburrido, muy mono pero muy aburrido – me decías entre risas – el día menos pensado te cambio por otro más divertido”.

Mi reacción airada fue seguida del silencio, solo roto por la música.

“Lo bueno de los años es que curan heridas,

lo malo de los besos es que crean adicción;

ayer quiso matarme la mujer de mi vida,

apretaba el gatillo… cuando se despertó”

Yo agradecí aquel momento de tranquilidad, pero fue solo un espejismo. De pronto te abalanzaste sobre mí y empezaste a besarme. A cada beso tuyo y a cada intento mío de zafarme de tus brazos, notaba como perdía el control del coche. De aquello al final que tú y yo sabemos solo hubo un frenazo. El coche debió derrapar hasta ponerse de costado en el carril contrario. El camión que venía de frente se empotró contra mi puerta, y nos arrastró durante unos metros. Los que necesitó el conductor para frenar del todo. Me dicen mis padres que tú pudiste salir por tu propio pie, pero a mí tuvieron que sacarme los bomberos.

De aquel momento solo recuerdo el ruido de las sirenas y tus gritos de dolor. También sonaba – no sé si en el coche o solo en mi cabeza – aquella canción que tanto te gustaba.

“Con siete espinas de la flor del adulterio,

siete carreteras delante de mí,

siete crisantemos en el cementerio,

siete veces no… siete veces sí.”

Tengo que parar. Está apunto de llegar mi familia y no quiero que me vean escribiéndote. Hace tiempo que se niegan a dejar mis cartas en el buzón de abajo. Dicen que solo me producen más dolor, y que ya tengo suficiente con el que me provocan las secuelas del accidente. Lo hace una enfermera muy simpática que atiende mi habitación. No tienes de qué preocuparte, ronda los 60 años, es mucho mayor que mi madre. Hasta pronto, porque sé que pronto vendrás a verme.

 “Siete crisantemos en el cementerio,

siete despedidas en una estación,

siete crisantemos en el cementerio,

siete cardenales… en el corazón.”

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