SESIÓN DE INVESTIDURA

Habían pasado y las doce y cuarto de la noche cuando, tras participar en la primera sesión de la investidura del nuevo presidente del Gobierno, el flamante diputado por Almería salió ufano del Congreso de los Diputados. Pese a haber pasado todo el día sentado en su escaño, colocado cinco filas por encima que el del presidente, mantenía el tipo como si tal cosa. Ni una arruga en el traje, el nudo de la corbata bien ajustado al cuello y el pelo brillante aún, gracias al fijador. Con el maletín de piel en la mano izquierda y el móvil en la derecha, el diputado por Almería enfiló la Carrera de San Jerónimo en dirección a la Puerta del Sol en busca de su hotel, aunque nunca alcanzó su meta.

No lo hizo por su carácter extrovertido, ése que le llevaba a entablar conversación y disputa con cualquiera, ése que le llevó a ser el diputado más votado del partido del gobierno. Al alcanzar el Teatro Reina Victoria, nuestro hombre advirtió del reciente final de la función. Un hombre con chaqueta y pantalón azul marino barría con esmero la alfombra roja de la entrada. Sobre ella, estaba apagada ya la cartelera y se habían cerrado los ventanucos de las taquillas. Aquellos pequeños detalles de la vida de Madrid asombraban mucho al diputado, cuando aún no habían pasado dos semanas desde que tomara posesión de su escaño y se instalara en la habitación del hotel de forma provisional. Apostado frente al teatro comprobó que por una pequeña puerta lateral salían varias personas, a las que identificó con los actores de la obra. El pequeño grupo, de unas cinco o seis personas, se paró sobre la acera durante un par de minutos para despedirse. Después, el grupo se desintegró como lo hace un plato al romperse contra el suelo. Uno de los trocitos fue a parar junto al diputado, que no dudó en pulir su sonrisa de almidón y en encarar al actor.

–Porque usted es actor, ¿verdad? –preguntó.

El actor, de pelo cano y abrigado hasta el cuello por una recia cazadora de cuero, asintió con la cabeza, queriendo conocer también quién era aquel tipo enchaquetado y engominado que no parecía un admirador al uso. Nuestro protagonista se identificó enseguida y al actor debió parecerle tan exótico un diputado por Almería que le invitó a tomar una copa.

Tras callejear durante unos diez minutos, el actor y el diputado entraron en un bar coronado con letras de neón y custodiado por dos hombres grandes y rudos, vestidos de negro y con guantes a juego, que saludaron con una leve sonrisa a los dos clientes. La extraña pareja, una más de esas que surgen en la noche de Madrid, tomó posición junto a la barra de madera, gobernada por una chica joven y exuberante, que mascaba chicle sin parar. El actor tiró de garganta para ordenar dos whiskeys con hielo.

–Porque a usted le gusta el whisky, ¿verdad? –dijo.

El diputado acató la enmienda sin saber muy bien por qué, absorto por las escenas que se abrían en torno a ellos y que eran impensables en los bares de una capital de provincia tan pequeña como la de su circunscripción. Sentadas en un tresillo, tres mujeres entradas en carnes y embutidas en unos vestidos muy cortos y todos iguales dejaban deslizar por la comisura de sus labios gordos y bermellones el líquido de sus copas. Tres hombres desaliñados y borrachos, merodeaban en torno a ellas, buscando algo más que compañía, mientras otro, bajito y rechoncho, introducía monedas en una máquina de discos de la que solo salían boleros. Después, corría a bailar con una de las gordas a un altillo de madera, en el que también bailaban agarradas otras parejas.

Tras otear el cutre panorama del local, el diputado por Almería se giró hacia la barra para dejar su maletín de piel y para dar un trago a su vaso de whisky, que al principio le quemó la garganta, conformando un surco por el que la bebida siguió circulando durante varias horas.

–¿Y por qué la política? –preguntó el actor–. Ya, ya lo sé, no me lo diga. Por ambición, por ego, por el sueldo o por el coche oficial. Ustedes deben ganar una pasta ¿eh? Ese traje que lleva no debe ser barato. Es de marca, ¿verdad? A lo mejor es usted político porque no sabe hacer otra cosa. Quizás es el hombre de paja de algún empresario ladrillero o el amante secreto de algún jerifalte de su partido… Sí, sí, ya sabe, uno de esos que se ponen de rodillas ante un buen mozo cuando no les ven ni su mujer ni el cura que les da la comunión los domingos. ¡Tómese otra copa, hombre! ¡Acompáñeme!

El actor pidió otras dos copas y siguió con su monólogo. Según iban bebiendo, sus palabras resultaban más incómodas a los oídos del diputado, quien por otro lado no podía evitar encontrar ejemplos cercanos a cada una de las malas prácticas que iba enumerando el actor entre trago y trago.

–Lo que de veras resulta difícil es encontrar a un político que tenga al ciudadano en el eje de su actividad. Imposible. A lo mejor no es su caso y usted solo busca el bienestar de sus conciudadanos, pero mira que me extraña.

En ese instante, el actor metió la mano en el bolsillo derecho de su pantalón, del que salió un ratón diminuto, tan pequeño que apenas sobresalía de la palma de su mano.

–¿Sabe una cosa? –dijo–. Ustedes, los políticos, tratan a los ciudadanos como si fueran ratoncitos como éste. ¿Lo ve? Es un animal inofensivo. Eso sí, siempre que esté solo. A ustedes, los ciudadanos les importan uno por uno, nunca en colectivo. Por eso promueven este modelo de sociedad, en el que priman el individualismo y el ego de cada uno. Y lo consiguen, vaya si lo consiguen.

El animalito jugueteaba en la mano del actor, que de vez en cuando le acercaba el hocico al vaso de whisky.

–Nos tratan como a estos pequeños ratoncitos, nos encierran en nuestras jaulas y nos ponen sobre una ruedita en la que nos marean a base de dar vueltas… ¡Oye guapa, ponnos la espuela! El problema para ustedes llegará cuando cada uno de los ratones que les sustentan en el poder escape de sus jaulas y de sus norias y quieran probar nuevas fórmulas de vida. Le doy un consejo, amigo: piensen en ese momento y tengan preparada la solución, porque lo van a pasar mal.

Las palabras del actor retumbaban en la cabeza de nuestro hombre, que se iba desanudando la corbata a medida que iba escuchando todas y cada una de las reflexiones de su partenaire. Le sudaban las manos y la frente y las gordas del sofá empezaron a parecerle atractivas. Empezó a ver ratoncitos en los hombres que baboseaban boleros en el estrado, pequeños ratoncitos girando en las ruedas de sus jaulas. Pidiendo disculpas al actor, el diputado por Almería se dirigió al lavabo. Se lavó la cara con agua fría, mojándose también la nuca. Aliviado en parte, regresó a la sala, pero ya no quedaba rastro del actor ni del ratón. “Será mejor que me vaya”, se dijo. Al llegar a la puerta giró la cabeza. Antes de marcharse, necesitaba reencontrarse con la realidad de la noche en Madrid. Allí seguían las tres rollizas con vestidos cortos y las parejas seguían bailando en el altillo, aunque cada vez más desacompasadas.

Con las manos en los bolsillos, deambuló durante un par de horas. Era incapaz de encontrar el hotel. A esas horas, todas las calles le parecían iguales. Ya había dejado de sudar y el frío le había congelado la sonrisa. Durante el tiempo que pasó callejeando por Madrid no se cruzó con nadie. Tan solo tuvo que apartarse ante el camión de la basura, que paró a su lado para recoger un contenedor, del que salió corriendo un ratoncito alertado por el rugido del camión. Una de aquellas callejuelas que recorrió varias veces acabó desembocando en la Carrera de San Jerónimo y el diputado se orientó de nuevo. Y se encontró también con la vida de Madrid, que a esas horas ya se desperezaba. Miró el reloj: las siete de la mañana. Apenas tenía tiempo para una ducha antes de volver al Congreso.

Al llegar al hotel, se percató de la última desgracia de aquella noche: había olvidado el maletín de piel sobre la barra del bar. Con mucha dificultad, regresó al antro en el que había pasado la noche. La puerta estaba cerrada, pero la golpeó con fuerza. Al poco, abrió la puerta la camarera, que seguía mascando chicle, y que llevaba una escoba en la mano. Al ver al diputado, la chica sonrió:

–Esto debe ser suyo –dijo, acercándose a la barra para recoger el maletín.

El diputado dio las gracias. Antes de marcharse tuvo que pagar la cuenta, que ni él ni el actor habían abonado la noche antes. Abochornado y cansado, decidió coger un taxi que le llevara al Congreso. A las 8 en punto comenzaba la segunda jornada de la sesión de investidura y no podía llegar tarde. Un retraso en un momento como ese podría suponerle el ostracismo. Ni la presidencia de la comisión de Obras, ni una secretaría de Estado. Nuestro hombre llegó puntual a la cita. El resto de señorías hacían hueco en los pasillos al diputado por Almería, que llegó corriendo, desaliñado y apestando a alcohol y a sudor. Los del partido de la oposición sonreían y hacían comentarios en voz baja. Sus compañeros de siglas corrían a chivarse al jefe. El caso es que cuando sonó el timbre, nuestro hombre ya estaba en su escaño.

El presidente de la cámara comenzó a dar lectura al orden del día, mientras los diputados abrían sus portafolios y carteras, y ponían sus documentos sobre sus pupitres. Lo que no esperaban era que de la quinta fila comenzaran a salir decenas y decenas de ratones minúsculos, que escapaban del maletín de piel del diputado del Almería. Nuestro hombre hizo el vano intento de recoger cuantos pudo, pero cuando vio que era imposible huyó por las escalinatas del hemiciclo. El nuevo presidente del Gobierno, con fobia a los ratones, cayó desmayado y tuvo que ser evacuado en ambulancia. Los diputados de la oposición aplaudían y pataleaban y los compañeros de siglas del diputado por Almería empezaron a perseguirle. Entre tanto, los ratoncitos se iban haciendo con el control del parlamento.

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