SAN FERNANDO

Aquel día podría haber pasado sin pena ni gloria en el calendario de efemérides de mi vida, pero no fue así. Jamás podré olvidar aquel 30 de mayo de 1808. España estaba asediada ya por las tropas francesas de Napoleón y en Madrid aún resoplaban los estertores de la revuelta popular. En mi corazón aún latía la breve agonía de mi padre, muerto a manos invasoras en la noche del 3 al 4 de mayo. Ya había pasado casi un mes, pero ni el hambre ni el instinto de supervivencia que recorrían Madrid como un relámpago lograron que olvidara el vil asesinato de mi padre. El disparo de un fusil francés le atravesó el pecho. Su único delito fue meter la mano en el bolsillo y agarrar, por si acaso, aquella vieja navaja que guardaba para la vendimia de cada año en Yepes y en Noblejas. No tuvo tiempo para abalanzarse sobre ese uniforme del ejército francés, tras el que se escondía un hombre rubio, joven, los 20 apenas cumplido, y una llamativa mancha en la cara en forma guadaña. O al menos así la recuerdo yo, porque padre murió en el acto ante la atenta mirada de mi hermano Gregorio y la mía, que acabábamos de despedirle en la puerta de casa. Él, camino de la tahona donde fabricaba pan y nosotros, camino de la Puerta del Sol, donde buscábamos a algún patrón sin escrúpulos que nos ofreciera una peonada con la que sacar adelante la casa.

En la Puerta del Sol estábamos aquel 30 de mayo, a eso de las seis de la mañana, cuando se nos acercó un hombre bien vestido, con casaca y buenas botas, que dijo ser el lacayo de un importante noble que, lejos de ver mermadas sus posesiones con la entrada de Napoleón en España, había visto crecer por tres su patrimonio en apenas un mes. Aquel lacayo nos subió a una carreta en la que viajaban otros 15 mozos, camino de los campos de fresas que en Aranjuez poseía el noble. La soldada no daba para mucho, pero al mediodía tendríamos comida y vino. El día estaba echado y paneando esas pocas monedas podríamos tirar al menos dos días más.

Alcanzamos el Puente Largo bajo el sol tempranero de mayo, y en apenas diez minutos ya estábamos en un inmenso campo de fresas, rodeado de unos árboles grandísimos en todo su esplendor. Así se muestra la primavera en Aranjuez, pensé, hermosa y excitante. Excitante en aquel 30 de mayo, día de San Fernando, la fiesta del patrón. Desde las tierras de labor, tan cercanas a la villa, se escuchaban la música y el jaleo de la fiesta. Hasta allí llegaban el aroma de los churros y las fritangas de los puestos instalados en la Plaza de las Parejas y en los arcos de San Antonio. Tras la intensa jornada de trabajo,  y apesadumbrado aún por la muerte de mi padre, propuse a Gregorio olvidarnos de todo un poco, acercarnos hasta la villa y disfrutar de la fiesta. Él no terminó de verlo bien, no le parecía serio que gastáramos el jornal del día en vino y en aguardientes, pero se dejó llevar por el instinto de su hermano mayor.

En la Plaza de las Parejas nos plantamos enseguida, obviando que el carro salía para Madrid para no volver hasta el día siguiente. La villa estaba preciosa aquel día, aunque allí también quedaban elementos que recordaban que el país estaba en guerra. Las riñas entre los afrancesados y los defensores del orden establecido eran habituales por las esquinas. La tensión que se respiraba en todo el país y el vino de garrafa eran una mezcla explosiva aquella noche en Aranjuez. Nos adentramos en una de las tabernas y pedimos una jarra de vino, que nos sirvieron sin demora. Mi hermano me dijo que aquel vino podría ser vino de Noblejas y que era en esa aldea del norte de Toledo, tan próxima a Aranjuez, a donde padre iba a vendimiar todos los meses de septiembre desde que teníamos memoria.

–Hemos venido a olvidar la muerte de padre, así que bebe –le dije a mi hermano.

–Yo nunca me olvidaré de él, porque es mi padre y porque como tal lo quise. Además, no creo que el vino baste para olvidar a nadie, y menos a un padre.

–No te pongas digno, que no están los tiempos para pensar en muertos y sí para pensar en cómo sobrevivir, Gregorio. Y si eso supone cargarse a un gabacho, mejor que mejor. Matas un bicho y encima vengas la muerte de padre. Eso es lo que él querría, y no que nos lamentáramos tanto.

Apenas pronuncié esta frase cuando me tocaron en el hombro. Al volverme comprobé que el que me llamaba llevaba uniforme francés y que no me había dado con la mano, sino con la culata del fusil que llevaba al hombro. De pronto me vi como padre, atravesado por un fogonazo certero, pero no tuvo tiempo. El instinto de supervivencia que no tuvo mi padre me llevó a meter la mano en el bolsillo y a abrir la navaja que heredé para clavársela en el pecho a aquel francés de unos 20 años con una mancha en la cara, que seguía pareciendo una guadaña. Pero esta vez la muerte se iba con él.

Tras la revuelta y los tumultos, siguió la fiesta en Aranjuez. Un muerto en guerra no era obstáculo para suspender nada. La muerte de padre no suspendió nuestras fatigas para sobrevivir como lo hacíamos cuando padre vivía. Y nada iba a suspender la celebración de San Fernando en Aranjuez. Salimos de la villa camino del campo, donde dormir al raso no resultaría muy duro. Abrazados, Gregorio y yo no hablamos durante el camino. Pero ambos pensábamos en que esa era la mejor forma de honrar la memoria de padre. “No están los tiempos para pensar en muertos y sí para pensar en cómo sobrevivir”, pensé.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s