SAN FERNANDO REY

El director de mi periódico viene diciendo últimamente que más grave que la crisis económica es la crisis de valores en la que vive la sociedad actual. Ya desde el gran portalón de madera, y de frente al altar, pude divisar al menos a una docena de agentes de la Guardia Civil que, ataviados con guantes de látex, buscaban huellas dactilares con unas brochitas muy finas que manejaban con destreza. Levantando la vista comprobé que la hornacina de San Fernando estaba vacía, tal y como me habían soplado mis fuentes.

Caminé por el pasillo central, hasta alcanzar el pie del altar, donde la Guardia Civil hacía su trabajo. Me acerqué muy despacio, respirando el aire que siempre huele de forma especial en las iglesias, mezclado con el aroma del incienso y de la cera quemada de los cirios. Los periodistas siempre corremos en busca de la información, ya estemos cubriendo el atraco a un banco o un suceso macabro de esos que manchan de sangre las páginas impares. Siempre nos hacemos notar allá por donde vamos, con comentarios y bromas malsonantes que no reparan en la proximidad de las víctimas de la noticia. Sin embargo, por aquel pasillo rodeado de bancos de madera caminé muy despacio. Aquí la víctima era Dios y no era cuestión de bromas. Y menos en su casa. Saqué del macuto una pequeña cámara digital que siempre llevo conmigo para intentar hacer una foto, pero la mano ágil de un agente no tardó en tapar el objetivo. Inmediatamente después me arrebató la cámara indicándome la obligación de no entorpecer la labor policial. En la otra mano, el guardia llevaba la brochita.

El agente me devolvió la cámara y me pidió que esperara a que concluyeran su trabajo. Además, si quería hacer fotos tendría que pedir permiso al párroco. Recorrí el templo con la mirada y no vi a nadie que pudiera asemejarse a un cura, así que di una pequeña vuelta por la iglesia, repasando y apuntando todos y cada uno de los santos y mártires que poblaban los pequeños ábsides y capillas laterales del templo. Todas aquellas figuras representaban a santos comunes, en su día ciudadanos de a pie, a quienes su fe y devoción y algún que otro milagrillo habían elevado a los altares. Allí estaban San Isidro y su esposa Santa María de la Cabeza, San Antonio de Padua o Santa Marta. No era el caso del santo que presidía la ermita, San Fernando Rey, patrón de ciudades señoriales como Sevilla y de reales sitios como Aranjuez, a quien la Iglesia beatificó y santificó por su destacado papel en la Reconquista mientras reinó en España como Fernando III. Mientras unos subían al cielo por rezar al Señor implorando la lluvia para sus campos, otros lo hacían por matar herejes a cuchilladas. Mientras en el templo unos lucían humildes hábitos y aperos de labranza, el sustraído coronaba de oro su cabeza y vestía los ricos ropajes que son dignos de un rey, que además es santo.

Era mediodía, más o menos, cuando decidí sentarme a esperar en uno de los bancos de la ermita. Estaba entretenido repasando mis apuntes y hojeando el periódico del día, buscando el reportaje que había elaborado durante la tarde anterior. En esas andaba cuando se abrió una portezuela que debía dar a la sacristía, por la que salió un señor de mediana estatura, algo grueso para su tamaño y vestido con sotana y alzacuellos, que se sentó a mi lado. Blanco y en vasija: el cura.

–¿Es usted periodista? –preguntó.

–Sí, precisamente le esperaba. Me dijeron que necesito de su permiso para hacer fotografías.

–Sí, tome las fotos que quiera, va a encontrar poca cosa –dijo el cura cruzándose de brazos, como si el gesto le abrigara del frío instalado entre los gruesos muros de la iglesia.

El cura guardó silencio durante unos minutos. Solo abrió la boca para toser.

–¿Era muy cara la imagen desaparecida? –le pregunté, casi susurrando.

–Todo lo cara que puede ser la imagen principal de una parroquia tan pequeña como ésta. Si en vez de ser sábado hoy hubiera sido lunes, nadie se hubiera enterado de su ausencia. Pero claro, mañana es domingo, y son muchos los feligreses del pueblo de al lado que vienen a escuchar misa y a comer en ese asador que hay al otro lado de la plaza. Pero sí, sí que era la imagen más cara de la ermita. Era la más grande y además la corona era de oro. ¿Quién iba a fijarse en un San Antonio de Padua con un San Fernando tan imponente en el altar principal? Una situación como esta hubiera sido impensable cuando yo me incorporé al seminario, hace ya 43 años. Pero hoy ya todo nos da igual. No respetamos ni a Jesús. Nos metemos en su casa y caemos en tentaciones que solo se explican en una sociedad tan viciada como ésta. Como ve, aún quedan muchos mercaderes por expulsar del templo de la creación.

Tras un breve suspiro, el cura siguió con su discurso sin darme opción a preguntar, casi como un político en campaña electoral.

–Aunque le confieso una cosa, a mí este santo no me gustaba demasiado. Todos somos hijos de Dios, y más los santos, pero este no hizo más que aprovecharse de su condición de rey para ascender a los altares. Quizás aquella sociedad estaba tan corrupta como ésta, quién sabe. En todas las épocas han existido pícaros, reyes o no, que han sabido colocarse en el sitio oportuno en el momento preciso. Fíjese que hasta para ser Santo hay que tener un punto de suerte. El azar lo mueve todo hijo mío, alcanza a todo y a todos. Ninguno escapa a la fortuna, y quien diga que no la tienta de vez en cuando estará incumpliendo el octavo mandamiento.

El cura se volvió a callar durante unos segundos, para ponerse a rezar después. Con las manos cruzadas sobre el regazo, musitaba un Padre Nuestro casi imperceptible que solo fue interrumpido por un agente de la Guardia Civil, con pinta de sargento, que se acercó para comunicarle que ya habían terminado su trabajo. El guardia le ofreció un bolígrafo para que firmara la denuncia.

–Si quiere leerla, padre…

–No hace falta hijo, si no podemos fiarnos de la autoridad, ¿qué nos queda?

El agente guardó las hojas en una carpeta y estrechó la mano del cura. Se despidió de mí con un somero “buenos días”, que acompañó con un ligero arqueo de cejas. Después, el párroco me instó a hacer las fotos que necesitara y me pidió por favor que apagara las velas que iluminaban el altar. Yo le obedecí sin más. Crucé de nuevo el pasillo central y fotografié la hornacina vacía desde diversos ángulos. Pero nada me llamó la atención. Ni un rasguño en la escayola. Ni una mancha en las piedras del suelo. Ni una sola pista olvidada sobre la mesa del altar. Las pesquisas daban para un breve en página par. Poco más. “Obra de profesionales”, pensé. Soplé sobre la llama de las ocho velas y regresé hasta la posición del cura, que se levantó y se ofreció a acompañarme.

–Así me acerco al cepillo y recojo lo poco que haya –dijo.

A falta de unos veinte metros para alcanzar la puerta nuestros caminos se separaron. El cura, ajeno ya a mi presencia en la ermita, sacó una llavecita del bolsillo y abrió el cepillo, un cajón de chapa con una ranura en el centro empotrado en la pared. Poniéndose de puntillas, metió las dos manos en el receptáculo. Cuando alcancé la puerta, noté que algo cayó al suelo. Fue un golpe seco, que rompió el silencio que compone la banda sonora de cualquier templo. Giré la cabeza. A los pies del cura había un fajo de billetes sujetos con una goma. Desde mi posición, parecían de 50 euros. No me había repuesto del hallazgo cuando desde el cepillo cayó también una pequeña caja de madera que se abrió al chocar contra el suelo, esparciendo su contenido: una baraja francesa y un puñado de fichas de colores.

Ya en el coche, camino de la redacción, recordé esa frase que a menudo dice mi jefe y recordé también las palabras del cura: “El azar lo mueve todo hijo mío, alcanza a todo y a todos”.

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