RETRATO DE UN ESCRITOR

No dejas de ser un tipo corriente, si damos por hecho que todos tenemos nuestras rarezas, aquello que nos hace singulares. A ti, sin ir más lejos, te encantan la poesía y el whisky, dos cosas que yo no soporto. No es que no las soporte, es que la poesía no la entiendo y el whisky me da dolor de cabeza. Ni siquiera mezclado con cola, ya ves tú. Pero a ti te da igual, cada tarde, tu librito de poemas a un lado, al otro tú bloc de notas, y allá a tu frente un buen vaso de Johnny Walker con hielo. He de reconocer que con el paso de los años me divierte esa estampa, qué quieres que te diga.

Quizás sea esa afición a la poesía lo que te hace ser un poco más sensible que el resto de tus amigotes, que por otro lado, no son de los que se pasan las tardes bebiendo botellines y hablando de fútbol, como los de Juanma. Pese a todo, siempre andan haciéndote bromas sobre tu afición a los ripios y a las metáforas. ¿Recuerdas cuando te emborrachabas y te daba por decir que no podías resistirte a las caricias de Amanda con su mirada? Puede parecer cursi, pero si a mí un hombre me dice eso tiene mujer para toda la vida. Aunque Juanma no es de esos, ya te lo digo yo. Como mucho me llama “cariño” o “mi princesa” o cosas así, ya ves tú, ¡qué romántico!

Aunque tú siempre apuntaste maneras. Mamá siempre decía que nunca fuiste un niño muy normal, nunca te gustó jugar en la calle con los demás chicos. Siempre temías que te hicieran daño cuando organizaban aquellas guerras de piedras con los del barrio de al lado. “Mi hijo siempre ha sido muy responsable, desde bien pequeñito”, decía mamá. Nunca dejabas los deberes para última hora. Esa costumbre te acompañó durante los años del instituto y de la universidad, aunque cada vez te cuesta más mantenerla, cada vez pasas menos tiempo delante del escritorio, reconócelo. Prefieres darte a los placeres y no tanto a las obligaciones, y eso me saca un poco de quicio. Sí, ya sé que no tienes hijos, que te sobra el dinero y que no tienes más que la obligación de escribir el artículo semanal para el periódico y una novela cada dos años. También tienes la obligación de mimar un poco a tu hermana, que no se te olvide, y eso que sabes que conmigo estás cumplido. Demasiado bien te has portado siempre, aunque en el fondo sé que tú y Juanma nunca habéis terminado de congeniar.

Yo sé que Juanma tiene sus prontos y que a veces no son fáciles de digerir, pero es muy buena gente y me ha respetado siempre. Lo que pasa es que tú siempre has sido muy celoso de tu familia, demasiado sobreprotector. Nunca te hizo gracia que un mecánico con melenas se llevara a tu hermana de casa. Tú hubieras preferido un médico, un ingeniero… ¡qué sé yo! Bueno, aunque mucho me temo que lo que tú hubieras preferido hubiera sido que yo me quedara soltera para siempre, cuidando de papá y mamá, y después de ti. Pero ¿qué te pensabas? ¿Qué te iba a dejar abandonado?

Tú nunca lo hubieras hecho. Siempre has sido muy cariñoso con todos, no dejabas escapar la ocasión de demostrar tu afecto a cualquiera de los que te rodean. ¡Cariño solo! Tus sobrinos esperan como agua de mayo tus regalos de cumpleaños, saben que será siempre el primero que reciban. La niña siempre lo dice en la víspera, “seguro que cuando me levante tendré el regalo del tío junto al desayuno”. O acuérdate de lo que presumía mamá con esos pañuelos que le comprabas en tus viajes a Frankfurt o de los ramos de flores que le mandabas a Amanda cuando estabas de promoción. Bien que se pavoneaba entonces con las pijas de sus amigas. O de aquellas cenas que organizabas en el mejor restaurante de Madrid cuando publicabas una novela o cuando recibías algún premio importante. Si tus amigos valoraban aquellos detalles es porque preferías celebrarlo con ellos a hacerlo con los editores y con todos aquellos periodistas que solo buscaban en ti prebendas y alguna colaboración para sus periódicos. Todo lo demás les importaba un bledo, incluso a espaldas de ti ponían a caldo tus novelas. Envidia. Por cierto, a ver si me decido a leer alguna algún día. Dicen que te quedas sin uñas de emocionantes que son.

A lo que no acabo de acostumbrarme es a tener que estar pendiente de ti a estas alturas de la vida. Y no es porque no lo haga con gusto, cuidado. Es que no puedo entender que Amanda se marchara así, de esa manera. Al menos de la manera que tú cuentas. Sin avisar, sin decir nada. Con una simple nota sobre el mueble bar, junto a la botella de whisky. Mira que me extraña. Con lo que te quería, según tú. ¿Seguro que no os peleasteis? ¿Seguro que no le hiciste nada que le pudiera ofender? ¡Menuda desagradecida! Sí, ya sé que en un principio no quisiste casarte con ella, pero eso no puede haber sido una excusa, porque al final pasaste por el aro. ¡Nadie la habrá querido como tú! Fíjate que acababas de dedicarle tu última novela, que la titulaste con su nombre y todo. Si hasta acababas de incluirla en tu testamento… Perdona, no quería yo meterme en ese asunto. Ya sé que no estoy invitada a esa fiesta. Ya te digo que nunca podré tener queja de ti, ya te he dicho cómo te has portado siempre con los niños… ¡y hasta con Juanma!

Por cierto… me habías pedido otro whisky, ¿verdad? Ahora mismo te lo traigo.

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