PURO TEATRO

¿Tú qué vas a tomar? ¿Café con leche? A mí me pones uno solo con una lagrimita de crema de whisky. Sí, esa misma. Chica, qué le voy a hacer, con este frío hay que mantener la garganta a tono. Nunca se sabe qué oportunidad puede esconderse detrás de cualquier butaca del teatro. Aunque, te digo la verdad, después de lo del otro día, la cosa cada vez se me va a poner más cuesta arriba. Y eso que todavía soy joven, y se me puede perdonar algún desliz, pero lo del otro día… ¿Qué? ¿Qué ya tenemos 53? Ya chica, ¿y tú te ves mayor? Porque yo estoy en la flor de la vida, si me quito los hombres a patadas… Y a ti te pasará igual, si estás divina…

Pero a lo que iba, te cuento lo del otro día. Teníamos función en aquella sala pequeña del centro, la que está entre el parque y la parroquia a la que vas cada domingo. Sí, en esa. Pues resulta que estaba yo en el camerino, que está pegado al escenario. Vamos, que no hay ni un pasillito entre medias, cuando sales lo haces abocada directamente al escenario. Pues eso, estaba yo dándome el último retoque a los labios después de apurarme el último whisky, ya sabes, para calentar la voz. Estaba yo en esas cuando advierto que el primer acto de la función no provoca más que silencio en la sala. Como si hubiera pasado un ángel. Malo, pienso. Nos ha tocado un público frío, a ver si se calienta cuando salga yo en el segundo acto. Sí, aunque era la actriz principal no aparecía hasta el segundo acto. Según el director, era una fórmula para impresionar al público en mitad del espectáculo, aunque alguna envidiosa ya me había dicho que lo único que intentaba el director es esconderme todo lo que puede para evitar el ridículo. ¡Ya ves qué mala es la envidia!

Pues nada, llega mi turno. Me coloco en escena y comienza el debut. Ahí estaba yo, con mi vestido de seda roja, mi boa de plumas a juego, y un cigarrillo entre los labios. Yo notaba algo raro al principio, porque el público comenzó a cuchichear. Es fundamental el humo del cigarro para que la escena tenga más frivolidad si cabe, me había dicho el director, pero ahí estaba yo, dándole unos chupetones de infarto a un cigarrillo rubio que había olvidado encender en el camerino.

Si habré deseado yo cantidad de veces una escena así, una primera dama de la escena como las de Hollywood, con cigarrillo y todo. Pero nada chica, que se me olvidó encenderlo. Cuando fui consciente del desliz dejé de fumar en falso, claro, e intenté seguir con la escena. Allí apareció Roberto, el galán del montaje, y comenzamos el diálogo. Y aunque no fue mal, la verdad es que he tenido días mejores. Las palabras me salían como a trompicones, sin fluidez, era como una escopeta sin pólvora, como un niño pequeño al que le pillan mintiendo. Todavía tenía en la mente lo del cigarrillo, está claro. Pero bueno, conseguimos terminarlo.

El siguiente paso era el del beso. Él me tendía la mano, me ayudaba a levantarme, me cogía por la cintura y me plantaba un beso de esos de aquí te espero. Y así lo hizo, pero con tan mala suerte que mientras estoy intentando incorporarme siento un enorme “cloc” que no era otra cosa que mi tacón de aguja rompiéndose por la mitad. Entonces resbalé de su mano y volví a caer en el sofá de una manera tan poco ortodoxa que el público no pudo más que soltar una carcajada tan sonora y cargada de maldad que ya me vine abajo. Porque además, una pareja sentada en la fila cuarta se levantó y se dirigió a la puerta. Vamos, que se largaban porque no aguantaban más tiempo la función. Yo creo que no era para tanto, pero de inmediato comenzaron a seguirles más y más personas, así que imagínate la cara que se me quedó. La cara y el cuerpo, porque tanto los nervios como los dos whiskys que llevaba encima me provocaron una bajada de azúcar que acabé inconsciente en ese maldito sofá. Lo último que escuché fue el bocinazo de un hombre soltando un insulto que no voy a reproducir por mi bien y por el tuyo. Yo creo que era del director, aunque una vez despierta y consciente en la ambulancia, allí ya no quedaba nadie de la compañía para certificarlo.

Cuando me dieron de alta en urgencias comprobé que tan solo quedaba un mensaje en mi móvil: “No quiero volver a verte por el teatro”. Imagínate, yo que lo había dado todo por ese montaje… y además, ¿qué van a hacer sin mí? Una compañía amateur tiene pocas ocasiones de encontrar una figura de la escena con mi prestancia y mi condición actoral, pero mira, allá ellos. Por cierto, ¿qué hora es? ¡Uy! ¿Tan tarde? Te tengo que dejar, que tengo un casting de cine. Creo que es para ser chica Almodóvar… sí, ya sabes, es mi sueño como actriz. ¡Oye! ¿Te importa pagar esto? Venga, ya nos vemos y te cuento, que puedo estar ante mi gran oportunidad.

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