POR UN VASO DE AGUA

Sentada a la mesa, mi hermana da un buen trago de agua a su copa.

–Mamá ha entrado a quirófano pensando en un buen vaso de agua –dice dejando la copa con cuidado.

Mi padre suspira ante el comentario y vuelve a mirar el reloj, ajustándolo sobre su muñeca y acercándoselo a los ojos, aquejados de vista cansada y del polvo que levanta el tractor en el campo. Le recuerdo que el cirujano nos ha dicho que la operación durará entre siete u ocho horas y que tenemos tiempo de sobra para comer. Ordenamos el menú del día, que en este restaurante es bastante asequible y además está rico. Aunque hoy el escalope parece más tierno que en otras ocasiones. Puede ser casualidad, pero a mí me gusta más achacarlo a que, en esta ocasión, comemos aquí con la esperanza de que mamá se recupere de una vez por todas y no lo hacemos con la preocupación de saber si su cuerpo soportará una nueva sesión de diálisis.

–¿Van a tomar postre? –pregunta el camarero tras retirar el último plato vacío.

–Yo solo tomaré un café con hielo –dice mi padre mientras juguetea nervioso con las migas del mantel.

–Yo también, pero que sea doble, que la tarde puede ser larga y me da que estaremos despiertos hasta bien entrada la noche –añado.

Mi hermana pide un pastel de manzana. Es más joven que yo, apenas ha cumplido los 18 años, pero siempre ha mostrado ser una chica muy responsable. La enfermedad de mamá le ha obligado a estar muy pendiente de las cosas de la casa. Este año ha empezado a ir a la universidad –quiere ser maestra, dice que le encantan los niños– pero no descuida las tareas del hogar. Llega a casa como a las cuatro de la tarde y después de comer algo rápido se afana en barrer y fregar los suelos, en poner y quitar lavadoras y en planchar la ropa de papá. A última hora prepara la cena y después se mete en su cuarto a estudiar. Yo a veces pienso que no aguantará mucho así, pero se la ve fuerte y se nota que lo hace con cariño y con mucho orgullo.

–No se lleve el agua, por favor.

A mi hermana le gusta dar un último trago tras el postre. Después, saca un chicle del bolsillo de su abrigo y se lo mete a la boca. Ella también mira el reloj cada poco tiempo.

El camarero se dispone a invitarnos a una copa. Mi hermana insiste en que debemos irnos, pero mi padre acepta la invitación guiñándome un ojo. Le gusta hacerle rabiar. A lo que no termino de acostumbrarte es al sentido del humor que papá exhibe en situaciones como ésta, aunque estoy seguro de que lleva la procesión por dentro. Eso dice mi madre cuando se viene abajo por su enfermedad y él intenta animarla con sus chistes y sus lisonjas. Una vez se puso el paño de ganchillo en la cabeza y empezó a cantar por Sara Montiel. ¡Qué risa pasamos aquel día! Sin embargo, sé que mi padre llora a escondidas, cuando piensa que no le vemos ni le oímos. Lo que dice mamá, que la procesión va por dentro.

Mi padre saborea cada trago como si fuera el último. No es bebedor habitual, pero cuando sale con mamá gusta de tomarse una copa. En esta ocasión le acompaño, aunque no me gusta beber delante de mi familia. Con la esperanza de que todo va a salir bien, hoy bebo a modo de celebración, aunque procuro disimularlo.

–Terminad que son las cinco, vámonos –dice mi hermana levantándose y poniéndose el abrigo.

Con un gesto que comienza a ser ya mecánico esta tarde, mi padre vuelve a mirar el reloj. Apura la copa y sale del bar encendiendo un cigarrillo. Hace dos años dejó de fumar, pero las constantes crisis de mamá le hicieron recaer.

Hasta llegar al hospital tenemos que cruzar una autovía. Lo hacemos a través de esas pasarelas de hormigón que atraviesan por el cielo la carretera. Vistas desde abajo, los viandantes parecen personajes de un mundo paralelo que se mueven ajenos al vértigo del mundo real en el que todos nos movemos. Vistos desde arriba, los coches me recuerdan a las camillas que corrían por los pasillos del hospital cuando mamá ingresó esta mañana para la operación de transplante.

Entrando en la clínica noto como a mi padre comienzan a invadirle los nervios, aunque intenta disimularlos. El hall del hospital está repleto de gente, que entra y sale generando un murmullo que mi padre no parece escuchar. Está como en el aire, perdido. Incluso choca varias veces con algunos de los que vienen en dirección contraria. Mi hermana se percata de la situación y enseguida le agarra del brazo para conducirle: “Es por aquí, papá”. Esperando al ascensor, que apenas tarda un minuto en bajar y abrir la puerta, papá mira tres veces su reloj. Ya dentro, noto como respira muy fuerte, agarrado a la barra de hierro que cruza las paredes del cubículo, que por otro lado se eleva sin que te des cuenta.

Al llegar a la sala de espera preguntamos a una de las auxiliares del control.

–No se preocupen, la intervención sigue su curso. Cuando haya noticias saldrán los médicos para avisarles.

Los tres nos quitamos los abrigos y nos dirigimos de forma coordinada a los asientos de la sala de espera. Mi padre se queda en el centro. Mi hermana queda a su derecha y yo a su izquierda. Al cabo de cinco minutos, mi padre cae dormido. El cansancio le puede. Llevamos aquí desde bien temprano y él nunca perdona sus veinte minutos de siesta. Mi hermana saca un libro del bolso y yo me pongo los auriculares para escuchar los partidos del domingo. Concentrados cada uno en nuestra actividad intentamos dar sensación de tranquilidad, aunque estoy seguro de que ninguno logramos sacar a mamá de nuestros pensamientos. Tal es así que, cuando mi padre despierta, soy incapaz de decirle el resultado del Atlético de Madrid.

–¿Pero no lo estabas escuchando? –me dice.

–Sí papá, pero al final he puesto música –me excuso.

Ya son las ocho de la tarde, pero nadie sale a decirnos nada del transplante de mamá. Mi hermana se ha levantado ya un par de veces a preguntar, pero la respuesta es siempre la misma. “Estén tranquilos, que les avisarán cuando llegue la hora”.

Se abren las puertas del ascensor y por ella salen mis tíos. Nos levantamos a recibirles y les contamos todo lo que sabemos, esto es, nada. Que entró a la una en el quirófano, que nos bajamos a comer, y que son las ocho y que aún no sabemos nada. Mi tía, hermana de mi madre, suelta una lágrima que la sonroja y huye al servicio pensando en que no nos hemos dado cuenta. Mi tío, muy tranquilo en este momento, se dirige a la máquina expendedora de bebidas y nos trae una botellita de agua a cada uno. Mi hermana repite la frase que nos silenció durante la comida:

–Mamá ha entrado a quirófano pensando en un buen vaso de agua.

En esta ocasión no hay lugar al silencio, porque una enfermera sale del control para decirnos que la acompañemos. Entramos en una sala de recuperación, a la que enseguida entra mamá en una camilla, empujada por un doctor que viene sonriendo. Eso nos alivia.

–Todo ha salido a pedir de boca –dice el médico–. Ha sido una operación larga, pero el riñón es muy joven y la paciente también. Si todo evoluciona favorablemente, en una semana podrá volver a casa.

Mi padre llora de alegría, agarrado a la mano de mi madre. Cuando el médico se aleja, mi madre levanta la voz para llamarle.

–Doctor, ¿puedo tomarme ya un vaso de agua?

–Todavía no, antes tendremos que darle un par de sesiones de diálisis para ver cómo marcha el riñón, pero muy pronto podrá beber lo que quiera.

Mi hermana, atenta al deseo de mamá, le acerca un paño húmedo a la boca. Yo, la beso en la frente.

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