MAÑANA DE MAYO

Carmen pudo abrir la puerta sin ningún problema. La cerradura giró enseguida impulsada por la llave, que se deslizó rápido por la ranura, muy holgada. A su izquierda encontró el interruptor. Lo pulsó y la luz, emanada desde una triste bombilla colgada del techo, inundó la salita. Los cuatro chismes, en perfecto equilibrio con el espacio, proyectaban sus sombras por las paredes, sucias y desconchadas. El techo amarilleaba, a causa del humo del tabaco, y la ventana, cerrada a cal y canto, impedía una correcta ventilación. Carmen la abrió enseguida y subió la persiana, dejando entrar la luz tibia del sol propia de mayo a las ocho y media de la mañana. Respiró fuerte y se quitó la chaqueta, colgándola en el respaldo de la sillita de madera. El silencio era atronador. Era como si el sonido tuviera miedo a entrar en un cuarto como aquel. Los pasos de Carmen por la sala, medidos y estudiados, estaban llenos de musicalidad. Eran como la música de esas películas de miedo que ves en casa, agarrado a una manta y a la mano más cercana que encuentras. Fueron esos pasos los que la llevaron hasta el cuarto contiguo, que abrió con mucho sigilo. El aire caliente y húmedo que salía de aquella estancia provocó en Carmen un pequeño vómito, que le manchó los zapatos y el bajo del pantalón. Enseguida se rehizo y buscó con la mano el interruptor de la luz. La escena se repitió. Vio de nuevo como los pocos muebles, alineados con criterio, inundaban de sombras perfectas las paredes. Una de esas sombras era la de Alfonso. Su silueta, acostada, tapaba parte de la pared y de un póster de Venecia arrugado en sus extremos, junto al que había un viejo espejo con los bordes de madera. Ella dio un respingo y buscó con la vista el cuerpo de él sobre la cama. Se extendía justo debajo de la bombilla, desnudo, con un brazo doblado haciendo de almohada y empapado en orín. Por el suelo, desperdigados, varios cigarrillos, un mechero, una botella de whisky vacía y un par de prendas de ropa interior.

–Así que estabas aquí –dijo Carmen en un susurro, como pensando en voz alta –. ¡Alfonso! –gritó.

Pero Alfonso no varió su postura. Carmen se acercó despacio hasta él y, aguantando la respiración, lo agarró por la muñeca para comprobar que seguía vivo. Tenía pocas dudas, porque no era la primera vez que se lo encontraba en aquellas circunstancias. Midiendo mucho sus movimientos, Carmen abrió también la ventana y subió la persiana. Apagó la luz y recogió una a una las prendas esparcidas por el suelo. Las guardó en una bolsa de plástico que sacó del bolso y luego recogió el cenicero, los cigarrillos, el mechero y la botella vacía. Los llevó hasta la pequeña cocina de aquel viejo apartamento en el que Alfonso vivió sus últimos años de soltero. Allí rebuscó entre los armarios, donde encontró un poco de café que preparó después de calentar agua en un puchero de latón. Cuando estuvo listo, puso dos tazas y se sentó con ellas en la mesita del comedor. Por aquella pequeña ventana vio el horizonte más claro que nunca. Los amaneceres de mayo son así, transparentes. Casi esclarecedores. Pensó en sus dos hijos, a los que acababa de dejar en la escuela, y en que hoy también llegaría tarde al trabajo. Y pensó en su madre, que incluso antes de morir le advirtió de los peligros de las relaciones que se viven al límite. Cegada por el sol, Carmen derramó un poco de café sobre su blusa blanca, dejando una mancha deforme, de esas que son imposibles de limpiar. No obstante, intentó hacerlo ayudada por un trapo en la cocina. Al restregarlo fuerte sobre su costado notó un dolor intenso, similar al que le produjo la última patada de Alfonso por la noche, antes de marcharse de casa. Era un dolor muy fuerte, casi insoportable, que a ratos le impedía respirar. Se quitó la blusa y la guardó en la misma bolsa en que había metido la ropa interior de Alfonso. Después volvió a la salita y se puso la chaqueta que había dejado en el respaldo de la silla. Una suave brisa entraba por la ventana y Carmen se cruzó de brazos. Después cogió uno de los cigarrillos que había recogido del suelo, lo acarició despacio con las yemas de sus dedos y lo encendió. El humo se arremolinaba en pequeñas volutas negras, que se disolvían al chocar contra el techo. Sin haberlo consumido, lo apagó fuerte contra el cenicero y se dirigió de nuevo a la habitación en la que Alfonso dormitaba la borrachera. Había cambiado de postura. Carmen se miró al espejo. Sus pechos desnudos asomaban tras su chaqueta, que también dejaba ver uno de esos moratones que manchaban su piel y a los que nunca terminaba de acostumbrarse. Entretanto, Alfonso se iba desperezando al olor del café y del tabaco y a la intensidad de los rayos del sol en plena mañana de mayo. Carmen se quitó los zapatos y volvió descalza a la salita, donde agarró la botella de whisky que Alfonso había vaciado la noche antes, tras vaciar su ira sobre el cuerpo de su mujer. Cuando regresó al cuarto, Alfonso estaba ya sentado en la cama, con las manos en los ojos, cegados por el sol. Estaba desnudo, pero no sentía frío. Con la mano izquierda rebuscó sobre la mesilla, intentando rescatar el último cigarrillo. “Deja de buscar”, pensó Carmen, arrodillándose sobre el colchón por el otro lado de la cama. En vano, aturdido, Alfonso intentó girarse, pero nunca llegó a ver a quien tenía detrás. El impacto de la botella vacía sobre su nuca le cegó para siempre. Carmen arrojó contra él la boca de la botella que conservaba en su mano derecha. Después se puso los zapatos y repitiendo a la inversa los movimientos de principio bajó la persiana y cerró la ventana. Cerró la puerta del cuarto y regresó a la salita, donde se puso la blusa, que tapó de nuevo las manchas en su carne. Para no quedarse a oscuras encendió la luz, bajó la persiana y cerró la ventana. Se paró para encender otro cigarrillo y se fue hacia la puerta marcando bien sus pasos. Sus zapatos sonaban a alivio, a suspiro. Antes de salir arrojó las llaves al suelo y se marchó dando un portazo.

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