LOLA

Por fin estaba en casa tras una jornada agotadora de trabajo. Esta tarde es mía, pensé, mientras cogía un libro y sacaba de la nevera unos cubitos de hielo que mezclaría con mi whisky favorito. Había devorado apenas tres páginas de esa novela que me tiene absorto desde hace unos días, cuando un mensaje en el móvil interrumpía mi lectura. “Hola, estoy por aquí, sácame de paseo”. Aunque no conservaba su número de móvil, el “sácame de paseo” me condujo sin dudarlo a Lola, que debía estar de vuelta en España. De golpe olvidé mi libro, mi whisky y mi maldito día de trabajo.

Lola vivía en París desde hacía tres años. Su marcha me dejó algo descolocado, porque aunque nos conocíamos casi desde niños, nuestra amistad se había afianzado justo antes de que decidiera mudarse a vivir a Francia. Durante su primer verano fuera aproveché mis vacaciones para visitarla y nada le había cambiado. Andaba con un chico francés, más joven que ella, y seguía siendo esa líder silenciosa que consigue hacerse con la complicidad de todo el mundo. Salimos juntos por París, comimos, reímos y nos emborrachamos juntos, y volví a Madrid con la tranquilidad de saberla en buenas manos.

Pero desde entonces no habíamos vuelto a vernos. Por eso su presencia en Madrid me generaba inquietud.

¿Cómo estará? ¿Por qué habrá vuelto? ¿Volverá para quedarse? ¿Seguirá tan guapa y tan segura? ¿Qué querrá hacer estos días? ¿Habrá cambiado sus gustos, sus costumbres, sus formas de juzgar a los demás?

Todas estas dudas se disiparon rápido, porque al abrir la puerta del bar donde habíamos quedado pude ver a la misma Lola que tres años antes había decidido emigrar. Vaqueros ajustados, camiseta y el mismo pelo largo y negro cubriendo los hombros arropados con una chaqueta fina me ayudaron a entender que, pese al paso del tiempo, Lola había cambiado poco. Me contó que había aterrizado hacía dos horas, que volvía de visita, que para el sábado ya había organizado una cena con todos los amigos comunes y que una vez regresada a París se mudaría a Lyon, donde trabajaba aquel chico más joven que ella al que yo había conocido en aquel verano que pasamos juntos por los Campos Elíseos y en las terrazas del entorno del Louvre.

–Ahora tengo que buscar trabajo, por eso me he tomado unos días de vacaciones. Ya tengo casa en Lyon y ya he llevado allí mis cosas. El piso no es muy grande, pero está muy bien para una pareja. Además es muy céntrico. Mis compañeras de piso en París ya tienen sustituta, pero las voy a echar mucho de menos, no creas. Y aunque no estaremos tan lejos, ya sabes, la distancia hace el olvido, como decía el bolero, aunque esa sensación no la tengo ahora que he vuelto a España después de tanto tiempo. Debe ser que siempre quedan resquicios para recordar tantos años aquí, a mi familia, a vosotros… No sé, creo que es distinto. Con ellas he estado solo tres años y son cada una de su padre y de su madre. Una polaca y la otra turca, y aunque les tengo mucho cariño, creo que será difícil mantenernos unidas en la distancia. En fin, cosas de ser una nómada, como esos marineros que van dejando un novio en cada puerto. Fíjate, igual cuando vuelva a París a lo que sea ellas ya no están, una se ha vuelto a Cracovia y la otra pues también se ha ido.

–¿Y aquí cómo va todo? Cuéntame cosas –me dijo.

Pedimos unas cervezas y apenas abrí la boca pude comprobar que conocía mejor que yo la realidad de nuestro entorno común. Seguía siendo esa mujer preocupada por los demás, atenta a cuanto nos sucedía y generadora de esa confianza tan difícil de encontrar en la mayoría de las personas, incluidos aquellos amigos de los que estábamos tan orgullosos. No tardamos en empezar a cortar trajes y patrones, a hablar de mi trabajo, del que ella acababa de dejar en aquel restaurante parisino tan pijo, de aquellos amigos que no lo estaban pasando demasiado bien y también de aquéllos que seguían triunfando en lo suyo y a los que siempre sacábamos aquel defecto (o no) que tanta risa nos provocaba. Y seguimos bebiendo cervezas y el camarero tuvo que anunciarnos que iban a cerrar. Y cerramos la puerta por fuera y abrimos la del bar del al lado, y seguimos bebiendo y riendo como lo habíamos hecho en otras barras hacía tres años, cuando decidió mudarse a vivir a Francia. El calendario, que había contado dos años sin vernos, había cambiado de día pero no había conseguido cambiarnos a nosotros. La dejé en casa y yo me fui a la mía. Y me fui tranquilo, sonriendo y con aquel refrán afianzado en mi decálogo de vida: quien tiene un amigo tiene un tesoro.

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