LA TELE

Durante aquella noche, el hombre llegaba a la Luna. O al menos así nos lo hacían creer los americanos y aquel señor de flequillo que cabeceaba dentro del televisor. Era un televisor muy nuevo, que papá acababa de comprar a plazos ante nuestra insistencia. “¡La televisión, la televisión…!”, decía, “hemos vivido toda la vida sin ella y ahora parece indispensable! ¡Cómo luego no la encendáis!” El caso es que allí estábamos todos, pendientes de aquel aparato por el que salían imágenes en blanco y negro  y en el que esperábamos la presencia de un astronauta haciendo no sé sabe muy bien qué.

En casa todas las noches eran iguales desde que teníamos tele. Cenábamos sobre las nueve, algo ligero siempre, porque mamá decía que de grandes cenas están las tumbas llenas, aunque yo achacaba aquello a que en casa éramos algo pobres o al menos lo suficiente como para no cometer excesos. El de la tele había sido el último y papá nos lo recordaba casi a diario. “¡Como no te comas esas patatas te comes la tele!”, decía enfadado cuando algo no nos gustaba. “¡Hambre de ochenta días tendríais que tener!” Tras los exabruptos de papá y la cena frugal corríamos al sofá y nos colocábamos frente al televisor. Papá solía ocupar el extremo derecho del sofá y mamá se sentaba en el opuesto. Yo me sentaba en el medio junto a mi hermana Silvia, ella junto a mamá y yo recostando la cabeza sobre el hombro de papá, donde daba la primera cabezada de la noche. Mi hermano Juan, que ya estudiaba el bachiller, se sentaba en un butacón con las dos piernas colgando de uno de los brazos de madera, y el abuelo se acomodaba en una mecedora en la que apenas duraba media hora. Aquello de la tele era incomprensible para él, y aunque cada noche intentaba sumarse al coro de comentarios sobre el programa, no lo conseguía. Así que un rato después de que encendiéramos la tele se levantaba, iba al baño y al momento salía recién afeitado y con su orinal bajo el brazo, dirigiéndose al cuarto que compartíamos y del que me quejaba por el fuerte olor a pis que inundaba todo cuando a mi abuelo le entraban ganas de mear por la noche.

Pero el resto de la familia permanecía siempre ante la pantalla. Una noche Bonanza, la otra El Fugitivo y si no el Un, Dos, Tres. ¡Y esta noche llega el hombre a la Luna! Aquello podría gustarnos mucho o ser un bodrio infumable, pero lo daban por la tele y solo aquella circunstancia ya nos fascinaba. Además, a nadie se le ocurría sugerir apagar la tele ante las amenazas de papá. Papá era un hombre muy escéptico. Todos aquellos avances tecnológicos –que hoy nos parecen de chiste– a él nunca le daban buena espina. Y menos aún le gustaban aquellos pequeños pasos que iban cambiando las formas de vida. No podía soportar a una mujer con minifalda saliendo sola de casa por la noche, o a un chico con el pelo largo y un pendiente en la oreja. En casa todos le conocíamos, por eso intentábamos adecuar nuestra conducta a la que él creía la correcta.

Y aquella noche, mi padre seguía siendo él. “¡La Luna, la Luna! ¡Sabrá nadie dónde está la Luna!”, dijo antes de la emisión, mientras todos esperábamos ilusionados entre comentarios sobre lo que la tele había ido contando días antes y sobre lo que mi hermano Juan había leído en los periódicos. “La Luna es un satélite de La Tierra, papá, y dicen que si los americanos la alcanzan pronto podremos viajar al espacio en vacaciones, como cuando la gente se va a Benidorm o al pueblo”, comentó Juan ante el asombro general de la familia y la primera pregunta de mamá, que siempre tenía a su hijo mayor como la mejor fuente de información del mundo. “¡Para eso va al instituto, ya veréis cuando vayáis vosotros!”, nos decía siempre cuando poníamos en duda los conocimientos de mi hermano el bachiller.

En esa charla andábamos cuando comenzó la emisión de la llegada del hombre a la Luna y apareció en la pantalla el hombre del flequillo que tanto cabeceaba. “¡Qué bien se explica este Hermida!”, dijo mamá, añadiendo un “¿verdad hijo?” dirigido a mi hermano mayor que asintió sin apartar la vista de la pantalla. “¡Pues este sabrá muchas cosas de aquí, pero de la Luna… ¿qué va a saber éste de la Luna?”, dijo papá en tono burlón. Para entonces, yo ya había cedido al sueño, como todas las noches. Siempre me perdía el final de cualquier programa, porque a eso de las diez y media el sueño me atrapaba y mamá me llevaba a la alcoba, donde el abuelo ya dormía con su orinal bajo la cama. Pero aquella noche fue distinta, me dejaron dormir en el sofá porque nadie quería perderse el momento de la llegada del hombre a la Luna. Todos seguían atentos las explicaciones de Hermida y contemplaban las imágenes grabadas del cohete saliendo de la estación espacial con un señor rubio poniéndose un casco antes de subir. Pero yo ya dormía como todas las noches, y ante lo lento que era aquel proceso de pisar la Luna, mi hermana Silvia, apenas un año mayor que yo, se dejó también abrazar por el sueño y se durmió recostada en mamá.

Mamá fue la siguiente en caer. La lentitud de aquella nave espacial en llegar a la Luna hizo que su cabeza cayera hacia atrás y que sus ojos se cerraran en una especie de duermevela que le hacía permanecer alerta de cualquier cosa que le dijeran.

–Angelines, que te estás durmiendo, vámonos a la cama – dijo papá.

–Ni hablar, si me estoy enterando de todo – dijo sin abrir los ojos.

Así las cosas papá salió del cuarto de estar y nos dejó a todos dormidos en el sofá. Solo Juan permanecía alerta, pero cambió el butacón por el rincón de papá, sobre el que tenía derecho sucesorio por ser el mayor de los tres hermanos. Y allí permaneció atento a la pantalla y al sueño de todos.

–¡Joder!

Una voz en la noche nos despertó a todos, que sobresaltados abrimos los ojos. De su cuarto salió papá corriendo, con su pijama de franela y sin zapatillas. Hasta el abuelo se levantó para ver qué pasaba. Mi madre, mi hermana y yo saltamos del sofá como con un muelle, mientras mi hermano seguía blasfemando.

–¡Joder, joder, joder…! ¿Pero es que nadie se ha dado cuenta?

–¿De qué? – preguntó mi padre enfadado.

–De que el hombre ha llegado a la Luna y no nos hemos enterado.

Todos miramos a la tele y ni resto del astronauta, del cohete, ni de la Luna. Ahí solo estaba ese conjunto de rayas y colores que era la carta de ajuste. La decepción fue monumental, sobre todo en mi hermano Juan, que no tendría tema de conversación a la mañana siguiente en el instituto. Mientras él seguía maldiciendo camino de su cuarto, el resto seguimos la rutina de cada noche.

Mamá fue a la cocina a por su vaso de leche, papá retornó a la cama malhumorado y Silvia cogió su estampita de la Virgen para rezar. Y yo, atolondrado aún por el sueño, pasé por el baño para mear y cepillarme los dientes. Delante del espejo pensé en mi padre refunfuñando, en mi madre preguntando a Juan, en Juan el sabelotodo, en el abuelo con su orinal y en mi hermana y en mí durmiendo como troncos. “¡A la Luna, a la Luna! Mejor nos vamos todos a la cama”.

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