LA HISTORIA DE DON AURELIO

Entre rodamientos y garrafas de anticongelante apura sus días don Aurelio. Es joven para morir, apenas supera los sesenta, pero su adicción a la bebida le está pasando factura. Don Aurelio siempre guarda un par de cervezas frías en la nevera que tiene en la trastienda, aunque lo que más le gusta es la ginebra, que bebe a palo seco en una copita de cristal, que tiene junto a la botella, encima de la nevera. Los manchones en el guardapolvo azul le delatan ante sus clientes, que se arremolinan en torno al pequeño mostrador de madera para comprar un par de lámparas o unas escobillas nuevas para el limpiaparabrisas. Don Aurelio empezó a beber muy joven, recién nacido Javier, su primer y único hijo, y justo después de que su mujer se lo llevara para siempre. Han pasado ya treinta años de aquello, pero don Aurelio piensa en ellos –sobre todo en él– cada vez que se levanta y da un trago a su botella de ginebra. Aunque muy despacio, Don Aurelio se maneja con soltura por los estrechos pasillos de la tienda. Es lógico después de una vida entera allí dentro. Sabe dónde encontrar a la primera la bomba de agua que necesita Manolo para su berlina y dónde guarda las pastillas de freno de la furgoneta del frutero de al lado. El sonido de su tienda lo componen el tintineo de los fusibles cuando abre y cierra con fuerza los cajones donde los guarda, el clink clink de la vieja caja registradora, la campanita de la puerta que le alerta de la entrada de los clientes y el pequeño aparato de radio en el que don Aurelio escucha sus viejas cintas de flamenco, que canturrea sin parar: “Late y late/ el corazoncito/ que es un disparate./ Cuando bien se quiere/ el corazoncito/ pierde los papeles”. De vez en cuando, don Aurelio marca el ritmo de la música con las manos sobre la madera del mostrador.

Hoy, lunes por la mañana, hay poco jaleo en su comercio. Sentado en la mesita de la trastienda, don Aurelio apura la botella de ginebra pensando en sus cosas, que se resumen en una: su hijo Javier. “Ya debe rondar los treinta –piensa entre sollozos– si le viera no le conocería. Sería incapaz, después de tanto tiempo… No he borrado su rostro de mi mente, pero treinta años son muchos. Su madre lo llevaba en brazos, dormidito, cuando se marchó en mi viejo Chevrolet, recién pintado de rojo. Sobre el asfalto, se fue convirtiendo en una mancha roja, menguante, como absorbida por el horizonte. Hijo mío, si te viera te preguntaría si alguna vez alguien te habló de mí, si alguien te enseñó la foto de tu padre… Tal vez tu madre rehizo su vida con otro hombre y te contó que era él tu padre y no yo. Tal vez no…”

La campanilla de la puerta saca a don Aurelio de su ensimismamiento. Apura la copa, la enjuaga en una pequeña pila, y sale a atender. Al otro lado del mostrador se encuentra con un hombre joven, de pelo rizado y con pinta de deportista que pone sobre el mostrador un manojo de llaves.

–Buenos días, usted dirá. –Don Aurelio tira de su muletilla habitual para atender a los clientes.

–Buenos días. Verá, estoy buscando pintura para maquillar un arañazo que hice ayer al coche en el garaje. Ya sabe, las columnas, que las colocan siempre donde nadie las espera –contesta el joven sonriendo.

–Dígame el color –dice don Aurelio– y también la marca del coche, que no suelen tener los mismos tonos.

El joven le dice que el coche es rojo y que es un Chevrolet bastante antiguo. Enseguida, a don Aurelio, le invade la curiosidad. “¿Será mi coche?”, piensa. Los nervios le hacen tropezar con unas latas de aceite, que tiene apiladas por marcas y modelos. “¡Sería mucha casualidad, ¿no?”

–Será mejor que lo vea, ya no se fabrican sprays para esos coches antiguos. Veré si el color se adapta a alguno de los tonos que tengo en la tienda.

El joven y don Aurelio salen a la calle. El coche está aparcado dos esquinas más abajo. Al llegar a él, a don Aurelio se le empiezan a disipar las dudas. “¡No puede ser, es como mi viejo Chevrolet! ¡Es idéntico al mío! ¡El mismo rojo y los mismos tapacubos! ¡Si solo ha cambiado las fundas de la tapicería!”, piensa asombrado don Aurelio, que de inmediato coloca su mente junto a la botella de ginebra para intentar olvidarlo todo.

–Creo que podré ayudarle –dice–. Acompáñeme a la tienda.

Tras una última ojeada al capó del coche, de un rojo que hoy brilla de forma especial (esas cosas se notan), don Aurelio y el joven atlético de pelo rizado vuelven hacia la tienda. Por el camino, a don Aurelio la cabeza le da vueltas. “¿Será mi coche? ¿Y quién será el conductor? Imagino que a mi mujer no le sería fácil salir adelante. A lo mejor tuvo que venderlo y este chico lo compró. Es imposible si lo vendió cuando se fue, este chico sería un niño… A lo mejor lo ha vendido hace poco, quizás ya se ha cansado de conducir. ¿Y si este chico fuera mi hijo? ¿Y si fuera Javier?”

–Aquí tiene –dice don Aurelio regresando al otro lado del mostrador y colocando torpemente un bote de spray sobre el mismo–. Agítelo primero y luego extiéndalo sobre el arañazo a media distancia, como a dos palmos. Déjelo secar y repita la operación durante tres días al menos, aunque ya irá viendo usted mismo si necesita más o menos.

–Así lo haré, no se preocupe.

–¿Me permite una pregunta? –dice don Aurelio, al que se le nota atribulado–. ¿De dónde ha sacado una joya como esa?

–Lo heredé de mi madre, que murió hace dos años. Ella le tenía mucho cariño y no me he atrevido a venderlo. Es casi como de la familia, a mi hijo le encanta.

–Ha hecho usted muy bien –responde el tendero con voz temblorosa–. Nunca es bueno alejarse demasiado de la familia.

El joven coloca un billete de diez euros sobre la madera raída del mostrador. El clink clink de la caja rompe el compás que marca el aparato de radio. El cliente recoge el cambio, da las gracias y mira hacia arriba para comprobar qué es lo que suena cuando abre la puerta.

–¡Oiga! –grita don Aurelio antes de que el joven termine de salir.

Con un gesto el joven le insta a explicar qué le pasa. Don Aurelio duda, las manos le tiemblan y los ojos se le enrojecen.

–Espere un momento.

Tras unos segundos, Don Aurelio se vuelve y saca un paquetito de uno de los cajones. Extiende el brazo y se lo entrega al joven, que se acerca de nuevo al mostrador.

–Es un ambientador. Un detalle de la casa.

Ahora sí, el joven sale de la tienda con el spray y el ambientador dando las gracias de nuevo. Don Aurelio gira el cartel de la puerta, con el rótulo de “Cerrado” hacia la calle. Vuelve sobre sus pasos y cruza el pasillo que llega a la trastienda. Agarra la botella de ginebra y comprueba que está vacía. Con fuerza, la rompe contra el suelo y se echa a llorar. En la radio, sigue la música: “Late y late/ el corazoncito/ que es un disparate”.

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