LA GESTORÍA

Don José Santamaría paró a desayunar en el Café Comercial, como todas las mañanas. Y como todas las mañanas tomó café con leche y una ración de churros, rematando el desayuno con una copa de anís seco. Lo cierto es que a don José Santamaría le gustaba beber. Cuando a las dos de la tarde salía de la gestoría de la Glorieta de Bilbao para comer, bajaba de nuevo al Comercial y solía tomar tres o cuatro vasos de vino tinto, que se repetían durante el almuerzo. Y por la noche, cuando terminaba la jornada de trabajo, solía tomar unas cervezas que acababan siendo whiskeys según iban pasando las horas. A esas raciones sumaba la botellita de anís que guardaba en el cajón de su mesa de trabajo.

Don José Santamaría era un tipo solitario. Nunca nadie le había visto acompañado en una barra. Hombre de costumbres, don José gustaba de sentarse siempre en la misma banqueta y de juguetear con la verruga que tenía en el cuello mientras bebía. Solía vestir traje de paño con camisa blanca y corbata roja y lucía un bigotito diminuto que, por su aspecto, debía de cuidar con mimo. Cuando alguien, en alguno de los bares que frecuentaba, intentaba darle conversación, se limitaba a resoplar.

Nunca dio una voz más alta que otra, don José. Se moría de ganas de mandar a paseo a Gutiérrez, su jefe en la gestoría. “José, ¿tiene usted cuadrados los balances de Viuda e Hijos de Lorenzo Torres?”. Y don José resoplaba. “¡Y no resople usted tanto, que parece que le ha dado un aire, leñe!”. Y volvía a resoplar, mientras maldecía su carácter pusilánime y soso, difícil de cambiar a sus 53 años.

Don José se casó a los 24, pero su mujer le abandonó dos años después por soso. Si le mandaba a la compra, marchaba con su resoplido a cuestas. Si una noche quería salir, don José Santamaría resoplaba mientras su mujer se acicalaba en el baño. Y si un día le preguntaba por lo que le apetecía para comer al día siguiente, un suspirito era lo único que salía de sus labios. Hasta que Rita –tal era el nombre de su esposa– se marchó de casa dejando una nota: “Cariño, yo pensaba que me casaba con un hombre y no con un ventilador que ni siquiera refresca en verano. Hasta nunca.”

Don José Santamaría abonó las 270 pesetas de su calórico desayuno, cogió su carterita de piel y se dirigió a la gestoría de la glorieta de Bilbao. En el ascensor coincidió con Teresa, la secretaria de Gutiérrez, y se dieron los buenos días. Bueno, don José respondió con un soplidito.

–Hoy toca cerrar el trimestre, don José. Vendrá usted preparado.

–Sí, no queda otra. ¡Buff!

A llegar a la sexta planta, ambos salieron del ascensor y se dirigieron a sus mesas. Don José abrió su carterita de piel y sacó un taco de cuartillas cogidas con un clip. Agarró su calculadora, y empezó a hacer cuentas. Sumó las copas que tomaba cada día e hizo la media semanal de los sopliditos resignados que podían salir de su boca. Multiplicó las humillaciones diarias que soportaba de Gutiérrez por 365, y luego por los años que llevaba en la empresa. Restó los dos años de vida con su mujer. Después levantó la cabeza y miró hacia el frente: “Gerencia”. Era el cartelito que lucía en la puerta de Gutiérrez, que sorprendió a don José saliendo de su despacho.

–¿Qué mira usted? Póngase a trabajar de una vez, que vence el trimestre y mire cómo estamos. ¡Venga, un soplidito y a trabajar!

Y así fue. Don José soltó su soplidito resignado. Abrió el cajón de su mesa y sacó la botellita rellena de anís, a la que dio un trago largo. Agachó la cabeza, resopló, y volvió a los balances de Viuda e Hijos de Lorenzo Torres.

Pero si a don José le importunaba la mala baba de Gutiérrez, más lo hacían las bromas pesadas de  Jeremías Alonso, el bedel de la oficina. Era un tipo inculto, bastante rudo, que a lo más que alcanzaba era a leer el correo para distribuirlo por las mesas cada mañana. Con todo y con eso, había veces en las que se atascaba y lo solucionaba dejando todas las cartas sobre la mesa de don José Santamaría, al grito de “¡venga, el soso, que reparta las cartas hoy!”, para mofa del resto del compañeros, que aplaudían mientras Santamaría distribuía el correo entre soplidos. En esos casos, tan solo Teresa torcía el gesto en señal de desapruebo. A don José aquello no le pasaba desapercibido, aunque su falta de ánimo siempre le había impedido agradecérselo. El poco valor que le quedaba lo empleaba en abrir la puerta de Gutiérrez para darle sus cartas.

Cuando a la tarde salió de trabajar, don José se volvió a topar con Teresa en el ascensor. La secretaria de Gutiérrez era algo mayor que él, apenas dos años. Era viuda y sin hijos. Las malas lenguas de la oficina dicen que fue ella la que se cargó al marido por no haber sabido darle un hijo en sus años de casada. Todos decían que le había envenenado, que fue ese y no otro el método que utilizó para matar a su esposo.

–¿Qué? Ya hemos echado la semana don José, por fin es viernes. ¿Tiene usted planes para el fin de semana?

–¡Buff! –resopló él.

–¡Venga hombre! ¡No me creo que un hombre de su edad y de su posición se vaya a meter en casa durante todo el fin de semana! ¡Oiga! Se me está ocurriendo que… ¿por qué no me invita a cenar mañana?

Otro suspiro salió de la boca de don José Santamaría. El aliento de anís invadió por un momento el pequeño habitáculo del ascensor.

–Bueno, no sé qué decir… ¡Buff!

–No se hable más, mañana a las diez nos vemos en Casa Lucio, ¿le gustan los huevos rotos?

–Está bien. Además, el domingo es mi cumpleaños, y desde que mi mujer me dejó no he vuelto a celebrarlo con nadie –dijo Santamaría entre temblores–. Perdone, pero estoy un poco nervioso.

El bedel les despidió con sus habituales chistes sin gracia cuando salieron del edificio y quedaron en verse al día siguiente. Don José Santamaría se marchó para el bar al que iba cuando salía de trabajar y con solo un gesto el camarero le sirvió la primera cerveza. Con lo sucedido minutos antes, aquella cerveza cobraba más sentido que nunca. ¿Cómo una mujer como Teresa se había fijado en un tipo como él para salir un sábado por la noche? A pesar de su carácter apocado y pusilánime, a don José le gustaban mucho las mujeres. Faltaría más. Y Teresa no estaba nada mal para su edad. Era una mujer resolutiva y segura –plantaba cara a Gutiérrez sin ningún temor– y siempre vestía muy elegante, con unas faldas de tubo que le estilizaban la figura y con unos zapatos de tacón que reafirmaban su presencia allí donde estuviera, marcando bien los pasos que anunciaban siempre su llegada. “¿Por qué yo? ¡Buff!”, se decía una y otra vez acodado en la barra, con la mirada fija en la cafetera del bar, tan ruidosa por la mañana y tan callada a esa hora de la noche. “¿Por qué yo?” Aquella noche terminó como todas, don José tardó poco en pasar de las cervezas al whisky, pero no pudo dejar de darle vueltas a su cita del sábado por la noche.

Don José solía madrugar los sábados por la mañana, aunque no tuviera que trabajar. Ni siquiera las resacas le ataban a la cama. Se levantaba sobre las ocho, y tras una ducha rápida, caminaba hasta el Café Comercial para desayunar su café con churros y su copita de anís. Parecía como si su vida no saliera del entorno de la Glorieta de Bilbao. Después compraba el Ya en el quiosco y se sentaba en un banco cercano a la gestoría para leerlo. Don José pasaba las páginas con cuidado y según iba leyendo los titulares iba soltando sopliditos más o menos intensos en función del interés de la noticia. Cuando terminaba de diseccionar la actualidad, volvía al Café Comercial y comenzaba la ronda diaria de vasos de vino tinto. Los sábados, después de comer, volvía a buscar una barra de bar en la que tomar unas copas. Sobre las siete de la tarde, don José se marchó a casa para descansar un poco antes de su cita. Lo cierto es que se durmió recostado en el sillón y llegó tarde a la cita.

Don José apareció sobre las diez y media en Casa Lucio. A pesar del retraso, Teresa le esperaba en una mesa situada al fondo del local, algo separada del resto. Al acercarse comprobó que ya había empezado una botella de vino, lo que le hizo suponer que debería llevar ya un rato esperando.

–Disculpe Teresa, pero… ¡buff!

–No se preocupe, ya imagino que le habrá surgido un imprevisto –dijo ella.

Fue Teresa quien llevó el peso de la conversación, consiguiendo poco a poco que don José se fuera abriendo, fuera perdiendo esa timidez innata que le caracterizaba y hablara de su vida. Don José le habló de su mujer y de su adicción al alcohol. De hecho, durante la cena apenas probó bocado y se centró en el vino que había encargado ella antes de su llegada. “Es lo único que me mantiene despierto en el mundo”, le dijo. Hablaron de la oficina y, entre suspiros, don José confesó que no soportaba las mofas del bedel Jeremías ni las humillaciones de Gutiérrez. Llevaba muchos años intentando que aquello terminara, pero su carácter apocado se lo impedía. Cuando dieron las doce, ambos brindaron por el cumpleaños de él, y después de pagar la cuenta, se marcharon del restaurante. Compartieron un taxi que dejó a cada uno en su casa.

Don José pasó solo el día de su cumpleaños, aunque la sensación de soledad menguaba a medida que le venían a la mente los recuerdos de la cena con Teresa. Cuando el lunes por la mañana se despertó pensó que algo sería distinto en la oficina. La diferencia estaría en contar, por primera vez en su vida, con un compañero de verdad en la gestoría, y no con un ejército de personas que justificaban sus vidas en las burlas hacia su persona. Tras desayunar en el Comercial, se dirigió a su puesto de trabajo con más seguridad que nunca.

Al llegar se encontró con una algarabía general en la oficina. De hecho, cuando el resto de sus compañeros notaron su presencia en la sala empezaron a aplaudir y a cantar el Cumpleaños Feliz. Lo hacían mientras degustaban una gran bolsa de churros y varios termos de café que Teresa había llevado en su nombre. Con un soplidito previo, don José dio las gracias y rechazó el vaso de café que le ofrecieron sus compañeros. Se dirigió a su mesa, dio un trago a su botellita de anís y comenzó a trabajar. Don José abrió su carterita de piel y sacó el taco de cuartillas cogidas con un clip. Agarró su calculadora, y empezó a hacer cuentas. Sumó las copas que tomaba cada día e hizo la media semanal de los sopliditos resignados que podían salir de su boca. Multiplicó las humillaciones diarias que soportaba de Gutiérrez por 365, y luego por los años que llevaba en la empresa. Restó los dos años de vida con su mujer. Y con una simple regla de tres redujo todo a cero, encontrando en Teresa la incógnita de su ecuación.

Poco a poco, la gestoría volvió a la normalidad. Jeremías Alonso volvió a su puesto de Bedel, Teresa a su mesa y Gutiérrez se encerró en su despacho. Sobre las doce del mediodía, la sirena de una ambulancia rompió la monotonía de una mañana de lunes en la gestoría. Alarmados por la situación, todos vieron como salían en camilla Gutiérrez y Jeremías Alonso. A la mañana siguiente les notificaron su muerte. La noticia cayó como un rayo en la oficina y Teresa se dispuso a hacer una colecta para encargar dos coronas que llevar al funeral. Al acercarse a la mesa de don José Santamaría, Teresa le guiñó un ojo.

–Qué, don José, usted también aporta para las coronas, ¿no?

Un suspiro salió de la boca de don José, que de inmediato sacó 500 pesetas de su cartera.

–¡Cómo no! Ahí va mi aportación Teresa. Faltaría más.

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